2.11.08

27.

El décimo y último piso del hospital San Jorge de Atanes no estaba dedicado a ninguna rama de la medicina en particular. Era el espacio reservado para el reposo de los enfermos terminales, siempre y cuando no tuvieran nada potencialmente contagioso ni que requiriera una movilización médica de extrema urgencia. Las oficinas y los consultorios al final de los pasillos pertenecían a anestesiólogos y algólogos. Los pacientes internados en este piso estaban sedados la mayor parte del tiempo, y sólo con las cada vez más esporádicas visitas de sus familiares se les daba la posibilidad de estar despiertos.

En la habitación número treinta, reposaba un hombre que había sido trasladado ahí la tarde anterior después de pasar la noche en una sala de cuidados intensivos en el primer piso de urgencias. Había llegado completamente inconsciente y sin respuesta ni reflejos a estímulos externos, su frecuencia cardiaca era débil y en general sus signos vitales estaban disminuidos. Hubo un momento crítico en el que cualquier cosa pudo haber pasado, pero el doctor Horacio Sacbé Laarv, su médico de cabecera, auxiliado por el personal de urgencias y la doctora Laura Velasco Del Río que se encontraba esa noche de guardia en el hospital, habían logrado estabilizarlo; a pesar de que todo indicaba que había sufrido una isquemia cerebral, las tomografías no mostraban secuelas de daño grave.

Pedro Ortiz Darmand había vuelto al hospital menos de doce horas después de haber salido por su propio pie luego de encontrarse con Laura. Aunque estable, su pronóstico era reservado, los especialistas no podían descartar que un nuevo episodio vascular se presentara de nuevo. El riesgo de derrame era enorme, el tumor había crecido y presionaba ambos lóbulos frontales hacia el cráneo. El paciente se mantenía bajo anestesia en un sueño profundo, cuando llegó tenía la cara totalmente roja, síntoma inequívoco de un exceso de sangre en la cabeza a causa del derrame y por el momento, consideraban que el drenar la hemorragia era un riesgo innecesario, debían esperar a que el estado de shock que había provocado en el resto del cuerpo desapareciera. Pedro permanecía conectado a un monitor de ritmo cardiaco y a un modulador de ventilación que le permitía al cerebro continuar oxigenándose. Parecía haber envejecido diez años en pocas horas, sus párpados cerrados estaban teñidos de púrpura y las mejillas se notaban decaídas dentro de los pronunciados pómulos.

Haciendo guardia, sentada en una incómoda banca afuera de la habitación privada estaba su esposa, Marisol Villarreal Gilés. Su semblante era el de una mujer devastada que intentaba aparentar fortaleza en los momentos en los que estaba acompañada, pero no bien se quedaba sola y rompía en un llanto silencioso, las lágrimas le brotaban copiosamente y su nariz enrojecía. Su suegra, Helena Darmand Fontanet se había marchado por la tarde a descansar, y aunque la doctora Leticia Garcés Padró se ofreció a quedarse a esperar cualquier novedad, Marisol había decidido no separarse ni un minuto del lado de su esposo, aunque no había conseguido que en el hospital le dieran permiso de permanecer junto a la cama dentro de la habitación. De ahora en adelante y por todo el tiempo que durara la convalecencia de Pedro, esa banca en el pasillo seria su trinchera.

- Marisol, deberías ir a casa y descansar. No hay nada que puedas hacer por ahora. Tienes mi palabra de que te llamaré de inmediato si es que pasa cualquier cosa. - El doctor Horacio Sacbé, demacrado y encorvado se acercó a ella y con una voz condescendiente le habló.

- No doctor, gracias, quiero quedarme junto a él. Quiero estar aquí cuando despierte.

- No va a despertar Marisol. No está dormido, está anestesiado y es mejor así, de otra manera la pesadez de la consciencia y la complejidad de que el cerebro realice por sí mismo todas las funciones vitales será letal para él. Debemos esperar a que cese la hemorragia para drenar los residuos y entonces poder evaluar el daño que pudo haberse causado.

- Todo esto es mi culpa.

- No digas esas cosas, nadie es culpable de esto. Hay millones de casos en la ciencia médica en que los pacientes desarrollan enfermedades reales a partir de supuestas dolencias. Hace días aún dudaba si el tumor había surgido a causa de las fallas eléctricas en el cerebro de Pedro que afectaban su comportamiento, o al revés, el tumor nació sin razón, como suele aparecer ese tipo de cánceres, y esa fue el evento que desencadenó en el cierto grado de esquizofrenia que sufrió en los últimos meses. Hoy ya no tengo más dudas, aunque es cierto, no puedo darte una explicación convincente de lo que le ha pasado a Pedro ni las razones de ello, sólo resta esperar. Por formación no creo en los milagros sino en la ciencia, pero en este caso tengo que creer en contra de mis más profundas convicciones. Tengo que hacerlo.

- Si tan sólo hubiera permanecido a su lado yo ...

- Tú no eres responsable de nada y te lo repito Marisol, si alguien habrá de cargar la culpa completa ese soy yo. Mis miedos y traumas que la muerte de mi amigo, de don Pedro me dejó pudieron más que el cariño por mi ahijado y el deseo de su bienestar, yo jamás quise todo esto que ...

Un repentino cambio en el ritmo del monitor cardiaco de Pedro hizo que al doctor Horacio Sacbé se le helara la sangre. Sin terminar su frase, se levantó y en tres largas zancadas alcanzó la puerta de la habitación cerrándola tras de sí e impidiendo que Marisol entrara. Ella permaneció afuera mirando aprehensivamente y de forma alternada a su esposo y a su padrino.

Pedro había despertado y la frecuencia de sus latidos aumentaba de manera considerable. - No es posible, la anestesia debería haber sido suficiente. - Se dijo a sí mismo el doctor. Con desesperación tomó el intercomunicador y gritó:

- ¡Necesito morfina, ahora! ¡Habitación treinta del décimo piso!

Un enfermero llegaba sin tardar ni siquiera medio minuto con la jeringa preparada. Horacio Sacbé no vaciló y la insertó en el catéter que entraba directamente al torrente sanguíneo de Pedro. El doctor no respiró aliviado sino hasta que el ritmo cardiaco se había estabilizado. Miró a Marisol que reprimía con gran esfuerzo las lágrimas.

- Puedes pasar. A partir de ahora Pedro estará consciente, simplemente no puede sentir dolor, pero puede escucharte y hablarte, si quieres platicar con él éste es el momento. Quizá no haya otro después.

2 comentarios:

la chida de la historia dijo...

Agggghhhhhhhh!!!!!

(comeuna)

Chale... ya nomás nos queda UNO...

=(

Anónimo dijo...

Ha porqueeee porque pobre pedrooooo
ya esta aultimo capitulo:(
diablote
besos