<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790</id><updated>2012-02-16T18:58:48.524-06:00</updated><title type='text'>... Treinta de noviembre ... (Fragmentos)</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>29</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-5528117207976370755</id><published>2008-11-29T04:27:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:53:26.392-05:00</updated><title type='text'>Prefacio.</title><content type='html'>- ¿Está usted completamente seguro, doctor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Mira, Pedro, la doctora Leticia Garcés Padró es la mejor para tratar tu caso, yo te lo aseguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No es que dude es su palabra doc, pero es que el problema es ese precisamente. Es una doctora, y eso seguramente agravará mi delicada condición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Precisamente por eso. Yo estoy convencido de que un golpe fuerte de feromonas, así como tú lo llamas, te haría bien. Además, el mantenerte en contacto con una mujer como ella por periodos prolongados de tiempo va a provocar que te acostumbres a la sensación que te agobia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ahora estoy dudando de la capacidad médica de esa doctora, sus palabras me suenan a que es solamente un experimento suyo. No me convencen sus palabras doc. Siento que se burla de las feromonas; y es un error el menospreciarlas, usted lo sabe, le he contado ya algunas cosas, llevamos veinte años en esta relación de médico - paciente y no me parece ético de su parte que no crea que mi problema es real.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ahí es donde te estás equivocando Pedro, lo que yo crea o no sobre todo ese asunto de las feromonas no tiene la menor importancia. Si existe o no, ya es irrelevante. El asunto principal y el que tiene toda mi atención es el hecho de que te está afectando, de que ya te afectó, aún no tengo un diagnóstico preciso de si la obsesión fue la causa del tumor o viceversa, si esa obsesión repentina por las feromonas es causada por el creciente tumor, que es lo más probable y lo que yo pienso es la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Son reales! Las he sentido, el tumor no tiene nada que ver con esto, el tumor no importa, por Dios doc, lo hemos hablado muchísimo ya. Las feromonas son la causa, usted bien sabe que empeoro cada vez que estoy cerca de alguna mujer atractiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo sé Pedro. Y tú tienes que tener plena conciencia de que ese tumor no va a desaparecer, va a matarte más temprano que después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estoy consciente de eso. Pero aun así no puedo morirme sin saber la verdad. Esa doctora Leticia, ¿de verdad cree que puede ayudarme?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te lo he dicho, es la mejor psicóloga del país. Estamos de acuerdo en que no tiene caso ya enviarte con un psiquiatra ¿verdad? No necesitas fármacos, si lo que dices es real, debes permanecer alerta todo el tiempo, no hay razón para limitar tu mente con medicamentos, lo que requieres es una excelente terapia para lograr descubrir lo que te ocupa. Ella puede hacerlo, sé que lo hará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Mi pregunta doc, es: ¿Cómo puede estar seguro que las feromonas de la doctora no me atacarán?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No lo estoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Entonces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Digamos que confío en que no suceda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Es fea? ¿La doctora Leticia es fea?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eso no puedo decírtelo, la belleza femenina es un asunto muy subjetivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bah, es fea. Si no lo fuera, de inmediato me habría dicho que es hermosa o simpática al menos. Pero es mejor así, si no me atrae no puede dañarme, ¿cierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es tu teoría. Bastará una visita con la doctora para que lo comprobemos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cuánto tiempo tengo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Nos quedan diez minutos de la consulta de hoy, pero no importa podemos seguir hablando cuanto quieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No, quiero decir, el tumor. ¿Cuánto tiempo me queda antes de ... usted sabe?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En este momento me es imposible saberlo con seguridad, yo calculo que en un mes o dos tus capacidades motoras y mentales se verán afectadas, y estarás en cama ya únicamente esperando el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Un mes entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Dos meses máximo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Necesito un mes. Deme ese tiempo para descubrirlo. Hablaré con la doctora y haré algunas visitas, las que me sea posible, quisiera que fueran todas pero también soy realista. En treinta días regresaré aquí, al consultorio, y entonces estaré listo para que usted me inyecte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cómo dices?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eutanasia doc, quiero morir antes de quedar desvalido. Solo necesito ese tiempo para descubrir qué ha pasado. Quiero la eutanasia. O si usted lo prefiere puede ser en mi casa o en casa de mis abuelos o en la montaña o en un terreno baldío, de cualquier manera ya no importará, dejaré este cuerpo fallido y usted puede hacer con él lo que le plazca. Enterrarme o quemarme o donar mi cerebro canceroso a la ciencia, estoy seguro de que podría investigarlo ¿no es así? Quizá se llevaría una sorpresa si comprueba que mis teorías son correctas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me dejas simplemente sorprendido. En todos mis años, que no son pocos, en la medicina, jamás un paciente me había pedido que lo ayudara a morir, y ten en cuenta que he tratado a gente presa de dolores humanamente insoportables. El cáncer es terrible en su etapa avanzada, y cánceres como el tuyo, además de inexplicables y desgastantes para el enfermo y para su familia, serían perfectos candidatos para la muerte asistida. Pero nadie nunca me había pedido la eutanasia, al menos no con tanto desparpajo y decisión como tú lo has hecho ahora; es común que en medio de un ataque de dolor agudo los pacientes griten y supliquen a la muerte que lo acabe de una vez por todas, pero siempre les había vuelto el deseo de vivir una vez que el dolor se apaciguaba. En verdad Pedro, eres un caso excepcional. Me alegra el haberte conocido y tratado durante estos más de veinte años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Lo hará entonces doc?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No puedo prometértelo en este momento hijo, y esa es la realidad. La muerte asistida o eutanasia como se le conoce de manera coloquial no ha sido completamente regulada ni en la ciudad, mucho menos en el país, Pedro ¿me pides que arriesgue mi carrera y mi reputación por ti?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me atrevo a pedírselo doc, por la confianza que hemos desarrollado a través de todo este tiempo. No me costaría nada darme un tiro en la cabeza o lanzarme desde un puente peatonal o ahorcarme con mi sábana azul. Pero ¿sabe una cosa? Creo que mi padre jamás lo aprobaría, usted lo conoció quizá mejor que yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Esas palabras quería escuchar de ti Pedro. Eres hijo de tu padre en verdad, con todo lo bueno y lo malo que eso implica para ti. Dejando de lado lo que, bueno, ya sabes lo que opino sobre tu fobia / obsesión con las feromonas ... Lo sé, lo sé, no lo discutiremos de nuevo, ya tendrás tiempo de hablar largo de ello con la doctora Leticia. Lo que yo quiero decirte es que no había conocido a un tipo de esta edad que fuera tan brillante como lo eres tú. Es una lástima, una verdadera lástima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Curioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué es lo que te parece curioso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me siento vivo, poderoso, con la confianza de que puedo lograr lo que me proponga. Iré con la doctora Leticia y no importa que sea atractiva. Mi objetivo está claro. Antes de morir prometo contárselo todo doc, hasta ahora sólo conoce una parte del problema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Conozco tus teorías, Pedro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, pero usted conoce sólo el planteamiento, sé que no está de acuerdo y a lo mejor nunca lo esté, pero prometo explicarle todo, a detalle. Usted sabe solamente el problema, no conoce prácticamente nada del trasfondo de todo esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me has contado de las mujeres, de tus conquistas, pero aún hay puntos que no logro unir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Doc, las mujeres tienen todo que ver. Usted entiende, mujeres, feromonas, todo es pura química. El cerebro es pura química, ¿quién mejor que usted para decirlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tienes un punto. Pero, ¿qué es lo que pretendes demostrar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eso, doctor, lo sabrá muy pronto, un mes pasará rapidísimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tengo que admitir, Pedro, que me intriga demasiado. ¿No me darías un adelanto? Por los viejos, buenos tiempos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Debo creer entonces que usted no tendrá comunicación con la doctora Leticia? Usted mismo me está canalizando con ella, eso significa que su opinión profesional influirá en el diagnóstico completo que usted haga, al final de todo me refiero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si lo prefieres puedo estar presente durante tus sesiones con ella. ¿Tal vez dentro de la Cámara de Gessel?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Usted lo recomendaría? Usted es el doc, doc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Esas referencias a los años ochenta Pedro, indican que tu memoria está intacta. Y sobre eso, me parece que si necesitas treinta días para comprobar tus teorías con la doctora, también sería menester que contaras con otros tantos para informarme a mí, recuerda que lo has prometido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo he prometido y lo cumpliré. Si todo sale como lo pretendo, el resultado final será tan sencillo que será posible contarlo en una tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y cuál sería ese resultado final?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La razón por la que mi vida se fue al carajo. No mi vida física, no mi vida corpórea por supuesto; de esa será usted el encargado de ponerle un fin digno. Hablo de la existencia, de la trascendencia. Si alguna huella he dejado en el mundo, yo la desconozco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si de algo sirve, tu tratamiento, tu historia y sobre todo la charla de este día está dejando una importante huella en mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No sirve doc, pero se lo agradezco, además no hay nada que me ayude hoy. Mañana, con la doctora Leticia comenzará la ayuda, si es que existe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Estaré presente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es su decisión. Pero le pido discreción conmigo. Si estará usted o no en la Cámara de Gessel, no lo quiero saber, al menos hasta el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eso significa que no nos veremos hasta dentro de treinta días. Justamente el treinta de noviembre próximo será la siguiente vez que hablaremos, y la última.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Ha decidido entonces sobre mi eutanasia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Esa es tu decisión. Yo estaré aquí listo para deshacerme de tu vida física, de tu vida corpórea, como la llamaste hace un minuto, si eso es lo que llegaras a desear en ese momento. Pero no sin antes conocer el gran secreto que, te repito, has prometido contarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No es que lo dudara, ni que yo lo sintiera por mi propia convicción, pero ya sé porqué mi padre lo tenía en tan alta estima. Doctor Horacio Sacbé Laarv, neurocirujano. Más que eso, debería decir: ‘amigo’.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pedro, te recuerdo que tu siguiente cita es el treinta de noviembre, dejaré el horario abierto. No es necesario que confirmes veinticuatro horas antes, sé que no faltarás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hasta entonces, doc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hasta el treinta …&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-5528117207976370755?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/5528117207976370755/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=5528117207976370755' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/5528117207976370755'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/5528117207976370755'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/prefacio.html' title='Prefacio.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-3790353932740434037</id><published>2008-11-28T05:20:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:50:50.184-05:00</updated><title type='text'>1.</title><content type='html'>&lt;span style="font-style: italic;"&gt;“¡Despierta! Aunque suene como una frase hecha y más trillado que nada, éste es el primer día del resto de tu vida, no puedes darte el lujo de quedarte dormido, en cualquier momento serán las cinco de la mañana ¿qué esperas? No me digas que no lo habías pensado. Te embarcaste en esta aventura, que Dios sabe que consecuencias tendrá para ti, sin pensar siquiera en el cómo habrías de comenzar, lo sé, siempre lo he sabido. Te conozco como a mí. Si no lo comienzas ahora, ya no lo harás jamás. Tampoco es que te quede mucho tiempo, treinta días no son nada para la locura que has estado pensando. El doctor Sacbé creyó que ya tenías un plan ¿verdad? No pensé que fuera tan ingenuo, si dice conocerte debería estar al tanto de que la gran mayoría de tus planes son frustrados por tu propia desidia. No veo la manera en que esta última empresa inalcanzable que te has propuesto vaya a ser diferente, eh Pedro. ¡Despierta! Si lo que quieres es conocer la verdad sobre mi existencia, este es el momento de comenzar, si habré de matarte en poco tiempo, al menos quiero divertirme viéndote fallar otra vez, como tantas otras en que ya lo has hecho. Sencillamente es imposible que las puedas encontrar a todas, no en treinta días, eso te lo aseguro. Mucho menos si vas a tener esas interminables sesiones de terapia con la doctora Leticia. No voy a irme a ningún lado, al contrario, cada día me hago más y más grande, más y más poderoso y me adueño de tu mente un poco más cada vez. ¿En realidad crees que todo lo que sabes ya sobre las feromonas se debe a tu brillantez? Estás mal, Pedro. Todo te lo he dado yo. Yo mejor que nadie sé que has pensado tanto en las razones de mi aparición, y eso, en vez de darte la fortaleza necesaria para luchar contra mí, lo único que hace es darme más armas para atacarte. Anda, ve, investiga, busca a esas mujeres, recorre el continente si es necesario, sólo tienes treinta días y si no comienzas ahora, mañana será demasiado tarde. ¡Despierta! No tienes tiempo que perder. Tus horas comienzan a correr ... Ahora ...”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro despertó con un sobresalto y se sentó a la orilla de la cama, tardó en darse cuenta de que todo era un sueño porque le había parecido tan real que casi lo podía sentir. Claramente se había visto a sí mismo acostado en la cama, pero él estaba de pie rodeándola y hablando con su otro yo que en apariencia seguía dormido, y aunque sentía moverse sus labios, la voz parecía venir desde detrás de su cabeza, en vez de desde lo más profundo de la garganta. Pasó un poco más de tiempo, cinco minutos tal vez, sentado como estaba y masajeándose las sienes con las yemas de los dedos. Recordaba cada palabra del sueño, no era verdad, todo este asunto de las feromonas lo había descubierto por sus propios métodos, era la investigación de su vida, ¿cómo podría dejarla en manos de alguien más? Por otra parte, quien hablaba era él, o alguien más personificándolo. Pensó que quizá el doctor Sacbé tendría algo de razón cuando afirmaba que no se trataba más que de una obsesión, y eso se estaba manifestando en su subconsciente como una reticencia a aceptar la verdad de sus teorías. Pero no, no podía permitirse a estas alturas fallar en algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inmerso en esos pensamientos estaba Pedro cuando un fuerte ruido lo hizo brincar. Era el despertador. En efecto, tal y como en el sueño lo había escuchado, eran las cinco de la mañana y el último mes de su vida estaba comenzando. Aún un poco aturdido por el fuerte y repentino despertar, tardó un par de minutos más en decidirse a abandonar la cama. Cuando por fin pudo hacerlo entró en el cuarto de baño y la imagen que lo recibió en el espejo no era para nada la imagen de un hombre moribundo. Por el contrario, su barba a medio crecer enmarcando sus pronunciados pómulos, en perfecta sincronía con su rebelde cabello corto, arremolinado a los lados y parado arriba, hacían un contraste más que adecuado con sus ojos de un verde acuoso. En ellos se reflejaba el deseo, no la desesperanza; el ansia por la verdad, no el desánimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tomaba una ducha con agua tibia, pensaba en lo cómodo que se sentía con su situación actual. Hacía seis meses ya que no se encontraba con la compañía de una mujer extraña o conocida en su cama. El mismo día que hizo el amor con Cristina por última vez, de hecho la última vez que hizo el amor, fue el día de su primer desmayo. En esa ocasión había experimentado y caído en la cuenta del poder enorme de atracción que esa mujer ejercía sobre él. Ella, Cristina, la siempre leal Cristina. La que le enseñó desde sus años de escolar la diferencia entre fidelidad y lealtad. A pesar de que habían pasado ya más de trece años desde su primer encuentro, cuando fueron novios por siete meses durante el último año de preparatoria, no habían dejado de verse esporádicamente. Pedro sabía que podía contar con ella en cualquier momento y a cualquier hora y en cualquier lugar con tan sólo una llamada. Cristina sabía que el sexo más maravilloso de su vida estaba a tan sólo un telefonazo de distancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cristina volvió a su vida y volvió a su cama de forma por demás predestinada. Ese día, Pedro había vuelto a su viejo departamento de soltero, que seguía manteniendo en impecables condiciones, aún sin estar rentado; herencia de su padre, lo único que su madre pudo rescatar de las garras de los hermanos de don Pedro Ortiz del Prado, que al momento mismo en que él murió ya tenían a sus abogados repartiéndose el jugoso pastel que quedaría si lograban dejar fuera del testamento a la ex esposa y a los hijos. Y lo hicieron, pero aceptaron dejarle el departamento más modesto y más pequeño con la condición de jamás volver a cruzarse en sus vidas. Helena, la madre de Pedro no necesitaba de ninguna manera el dinero, así que hizo poner el departamento a nombre de su hijo mayor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde la secundaria fue el lugar de reunión con sus amigos, así como, poco tiempo después, fue el marco indicado para los primeros escarceos eróticos de Pedro, y los que le siguieron. Ese día fatídico había vuelto presa de un dolor de cabeza que le había durado toda la mañana, había despertado con pulsaciones intensas en las sienes y Marisol tenía ya dos semanas de no llegar a dormir a la casa. No quiso llamar a su madre y se dirigió a su pequeño departamento. Al abrir la puerta, una nota cayó del marco de la puerta. Leyó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Me enteré que tu esposa te dejó y pensé que te encontraría aquí. Llámame, el teléfono de mi casa sigue siendo el mismo que estoy segura que aún te sabes de memoria. Besos, Cristina.”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro sintió de inmediato ese irrefrenable deseo por llamarla, por poseerla una vez más, deseo que había reprimido exitosamente durante los tres años que llevaba casado con Marisol; así lo hizo, llamó y en menos de una hora Cristina tocaba a la puerta. El tiempo se detuvo pero el dolor no cedió. Sin hablar, sus ojos se encontraron, sus manos se juntaron y sus labios se buscaron. Parecía que habían esperado este momento por años, y acaso era así en realidad. Desde un mes antes de su boda, Pedro le había dicho a Cristina que no iban a verse más, ella no pudo estar más de acuerdo, no podían ser amigos ni tampoco era la opción ser amantes, les ganaba el deseo de tocarse, de ser uno y estar juntos, desnudos. Eso era lealtad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el encanto duró poco, con la cabeza a punto de explotar, Pedro arremetió con fuerza contra el cuerpo de Cristina, prácticamente le arrancaba la ropa con violentos jalones, y aunque a ella le encantaba, lo sabía, le había encantado siempre ese lado salvaje, en su rostro tan lleno de gestos de placer podía adivinarse una sutil preocupación, algo no andaba bien y ella parecía saberlo. Y pasó, al momento justo en que Pedro la penetró como un semental en brama, un latigazo de un olor parecido al cloro le inundó la nariz, un grito de dolor rompió la cadenciosa sinfonía de gemidos, él se llevó las manos a la cabeza y ya no supo más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió los ojos, estaba aquí, ahora, en la ducha con el agua ya fría y se encontró a sí mismo temblando, extrañando a Marisol y pensando en Cristina. Había eyaculado aunque no recordaba  haber tenido un orgasmo ni haberse masturbado ahí, de pie, aunque su pene ya flácido por la acción del agua helada aún escurría los residuos de ese recuerdo tan vívido que había tenido. Se regañó a sí mismo. No tenía tiempo que perder. No era momento de pensar en ellas, este día todas sus fuerzas debían concentrarse en un solo nombre, en una sola persona, en una sola mujer, Ruth. La primera con la que tuvo sexo en su vida, y ahora debía tener ya más de treinta y tres años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque había otra mujer que ocupaba sus pensamientos. La doctora Leticia Garcés Padró. En realidad, aunque estaba decidido a plantearle seriamente sus teorías referentes a las feromonas y a recibir su ayuda de la manera más profesional posible, la duda que el doctor Sacbé le había implantado sobre su aspecto lo estimulaba, y tenía una cita con ella a las nueve de la mañana y ya eran más de las seis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¿Qué diría la doctora si supiera que me vine sin darme cuenta mientras me bañaba con agua fría y pensaba en mi primer desmayo?&lt;/span&gt; - se preguntó a sí mismo en voz alta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como respuesta, el reflejo de su rostro en el espejo empañado se limitó a sonreírle con burla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-3790353932740434037?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/3790353932740434037/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=3790353932740434037' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/3790353932740434037'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/3790353932740434037'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/1.html' title='1.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8765225383986317062</id><published>2008-11-27T23:32:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:00:48.174-05:00</updated><title type='text'>2.</title><content type='html'>Pedro terminó de arreglarse tranquilo. Tenía tiempo aún antes de la cita con la doctora Leticia, además, conocía muy bien el rumbo en donde se encontraba el consultorio. De hecho conocía prácticamente todos los rumbos de la ciudad, pensó que podría haber sido taxista, y un taxista muy exitoso, veloz y eficiente, sabía infinidad de atajos por las intrincadas calles de la capital; y no era precisamente por un afán didáctico ni porque le gustara pasearse por caminos desconocidos, la verdadera razón de esos peculiares conocimientos suyos era que muchas veces, durante sus años de preparatoria y también los posteriores a la universidad y la maestría, debió andarse con mucho cuidado por la calle. No era raro que recibiera amenazas de novios celosos o ex novios ardidos o amigos sobre protectores de sus conquistas, de sus mujeres. Podía haber sido un muy buen taxista, de no ser porque desde que su madre le enseñó a manejar, cuando él tenía once años, lo odiaba. No soportaba estar encerrado en una pequeña cabina ventilada únicamente con aire artificial, y el abrir las ventanas era peor, todo el mal ambiente de la calle y el calor y el ruido lo aturdía sobremanera. Era una derivación de su claustrofobia que tres años de terapia psicológica no remediaron, al contrario. Ante sus conocidos más cercanos, Pedro se jactaba de haber retirado de la profesión a tres loqueros: una psicóloga, un especialista en Gestalt y una psiquiatra, la primera de ellos había decidido dedicarse a la docencia en la Universidad Nacional y dejar su práctica privada, con el tiempo dejó a su vez la enseñanza pública y se adentró tanto en el sindicato que ya no pudo salir de ahí, Pedro fue su último paciente y el único que dejó con el tratamiento inconcluso. El gestaltista simplemente se retiró porque su avanzada edad no le permitía ya ir de su casa al consultorio, en los últimos meses de su práctica profesional, tres asistentes debían levantarlo de la cama, bañarlo y vestirlo para después trasladarlo en una gran camioneta hasta su consultorio, donde permanecía sentado en la misma silla, en la misma posición durante toda su consulta, al final de la jornada, la tarea era la misma, la paga era poca y un buen día se quedó sin asistentes y la familia decidió mantenerlo en cama hasta su muerte, curiosamente, Pedro fue el paciente de la última cita del último día y también dejó su tratamiento sin terminar. La psiquiatra fue noticia por unos días en los diarios sensacionalistas; durante una consulta, un individuo armado de una Glock nueve milímetros semiautomática había irrumpido en su consultorio amenazante, asesinado a la recepcionista y quitado su propia vida frente a la psiquiatra y su paciente, ella perdió el conocimiento, cuando despertara habría perdido la razón y un adolescente claustrofóbico, salpicado de sangre, se quedaba con agujas en las sienes y en los pulgares de los pies y conectado a una fuente de electricidad; despacio se quitaría los electrodos, se pondría los calcetines y los tenis y saldría corriendo y no se detendría hasta ver la puerta de su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, Pedro odiaba manejar, una gran parte de la responsabilidad tendría que atribuírsele al hecho de jamás haber terminado sus tratamientos psicológicos, pero era evidente, después del episodio de película que había vivido en su última cita con la psiquiatra no era para menos. La claustrofobia aún se hacía presente en su vida cotidiana en su temor a las puertas cerradas. Dormía con la puerta de su cuarto abierta desde que tenía memoria, y desde entonces su madre siempre se había levantado de madrugada a cerrarla; si Pedro despertaba sentía una gran ansiedad y no le era posible volver a dormir. Con el tiempo y la compañía femenina, comenzó a olvidar esa manía de no cerrar la puerta, pero aún ahora, prefería hacer el amor manteniendo la puerta abierta, cuando estaban solos en algún sitio, claro. Otro de sus problemas fue la timidez que a veces se traducía en un pudor exacerbado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se vistió rápidamente pues no soportaba la idea de estar desnudo en soledad, se puso una camisa blanca y un pantalón de mezclilla azul deslavado, el que era el favorito de Marisol porque decía que le marcaba las nalgas como ningún otro. Él no lo creía así, pero el recuerdo de esas palabras en la dulce voz de su ex esposa le dolió, aunque al instante se forzó a  reprimir esa memoria. Salió del departamento con calma, eran apenas las siete con cincuenta minutos. Tenía tiempo suficiente y decidió caminar hasta el consultorio de la doctora Leticia. Pensó en si debía advertirle de su mal karma con los profesionales de la mente, pero sintió vergüenza; esas cosas de su pasado no deberían salir tan fácil, al menos no de primera intención. Los objetivos que buscaba con la doctora eran muy específicos, debía remitirse únicamente a los hechos que lo llevaron casi de la mano a la concepción de sus teorías sobre las feromonas. De pronto se sintió intimidado por lo que la doctora pensara de él, de sus ideas, de sus teorías, de su historia, de su vida. Se sintió poca cosa, un loco más en la apretada agenda de una profesional, como llegó a sentirse en su adolescencia, tímido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa timidez que lo hacía no participar en discusiones o debates en la escuela ni asistir de manera cotidiana a fiestas ni gustar mucho del ambiente discotequero, curiosamente no le impedía hablarle a las mujeres. Siempre se creyó un privilegiado ya que sus pocos amigos morían de desesperación al no poder acercarse a la chica que les atraía y de la que pensaban estar profundamente enamorados, con el tiempo descubrirían que el amor de colegial era una bicoca en comparación a lo que podían llegar a sentir cuando sintieran de verdad. Pero Pedro no tenía ese problema, era perfectamente capaz de establecer contacto con el sexo opuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro que esto no sucedió hasta que conoció a Ruth. La primera mujer de quien tuvo una certeza completa de que estaba enamorada de él. La primera mujer que le escribió una carta perfumada. La primera mujer que lo sedujo. La primera mujer con quien tuvo sexo. La primera en muchos sentidos, aunque haya sido una sola vez, aunque no haya tenido idea de lo que pasaba, aunque se haya venido en treinta segundos, aunque ella haya sido tres años mayor que él, aunque ella ya tenía credencial para votar con fotografía y él sólo tenía quince años. Aunque había tenido pequeños encuentros sensuales con sus novias desde la secundaria, Ruth se había encargado de mostrarle por primera vez un cuerpo femenino totalmente desnudo. Pedro estaba excitado prácticamente hasta la saciedad, no porque ella le hubiera parecido especialmente atractiva, porque lo era, en cierto modo, pero el simple hecho de estar frente a una mujer en cueros y completamente dispuesta a lo que sus años de masturbaciones viendo pornografía hardcore pudieran hacerlo desear. Resulta evidente, a la distancia, que Pedro sabía lo que pasaría, técnicamente, aunque la realidad haya sido bastante más distinta a lo que siempre había imaginado como su primera vez. Todo comenzó con la carta perfumada:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: left; font-style: italic;"&gt;“No nos conocemos, pero te he visto llegando por la mañana con tu mochila negra y tu cabeza agachada. Me gustas, y me gustaría verte de cerca, pero me da un poco de pena que me rechaces porque no sabes quien soy, bueno, sí lo sabes pero jamás me has hablado. Y yo te he escuchado, las veces en que los maestros te hacen hablar, lo haces con una claridad que me deja viéndote por todo el tiempo que dure tu discurso, no sé porqué no lo haces más, eres muy bueno. Estás en mi mente siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella”&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Era la primera admiradora secreta que tenía. Pedro se sentía emocionado, tanto que su novia de entonces no pudo soportarlo y terminó con él, pero no le importó demasiado, tenía una admiradora y eso lo llenaba, aunque le costaba trabajo el aceptarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la llegada de la carta siguió un viaje escolar a una playa cercana. Dos horas y media de camino en un autobús destartalado y lleno de adolescentes preparatorianos. Pedro se sentía cohibido, aunque le gustaba mucho el ambiente porteño, amaba la brisa del mar y el contacto de la arena en sus pies, no se sentía seguro entre sus propios compañeros de clase. La timidez le pesaba, acaso ese día más que antes que no se encontraba en la comodidad de su cuarto, con sus libros y con la televisión. Durante el trayecto, le llovieron bolitas de papel y se acurrucó en su asiento pensando en que de nuevo sus compañeros más gañanes lo molestaban, como aquella vez en que desde un auto en marcha le lanzaron buscapiés encendidos quemándole la pantorrilla y su uniforme de deportes. Pero no era eso, se atrevió a abrir una de las bolitas de papel que le había quedado cerca cerca y enseguida reconoció esa caligrafía tan distintiva que lo había emocionado por días, leyó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Me gustas”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y otra:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Te quiero besar”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y otra:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Hoy sabrás quien soy”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro no pudo ocultar su excitación, lo cual hizo que se acurrucara más en el asiento, ya que su erección era muy notoria aún y cuando vestía el uniforme de deportes de la escuela. Lo único que hizo es tomar todas las bolitas de papel y lanzarlas hacia arriba, lo hizo sin pensar, lo que provocó es que todas le cayeran encima a él de nuevo. Muchos de sus compañeros se carcajearon pero no le importó. Sólo esperaba que ella hubiera entendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que supiera que él también estaba dispuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro no sabía que es lo que debía hacer ahora. Tenía la idea de que su admiradora secreta se revelaría ante él apenas descendieran del autobús para instalarse en la playa, pero no. De pronto se vio de pie entre la multitud en traje de baño. No tenía con quien estar, todos sus compañeros habían hecho grupitos en los que él claramente no había sido invitado. Intentó adjuntarse a alguno de ellos, preferentemente a uno en el que no conociera muy bien a sus integrantes, pero falló. El grupo parecía muy animado, charlaban y reían, había parejas que se abrazaban y Pedro tuvo ganas de ser en ese momento un tipo divertido, que contara anécdotas reales o inventadas pero que hicieran a reir a carcajadas a sus acompañantes. Cuando en medio de una gran risa, dos de los muchachos abrieron un poco el círculo y él aprovechó para introducirse sonriéndoles ampliamente a todos. Al instante el ambiente cambió, todos en el grupo se habían quedado callados y Pedro jamás había sentido una incomodidad más grande. Pero apareció su salvadora. Ruth, una chica de su clase le había tomado el brazo izquierdo sacándolo del círculo silencioso. Caminaron de la mano por una hora, recorriendo la playa de un lado a otro tres veces casi sin hablar. No mucho se dijeron, entre esas pocas cosas la confirmación de que ella  había sido la remitente de la carta perfumada, también que le había pedido a una amiga le lanzara todas las bolitas de papel en el autobús. Ruth parecía preocupada de la diferencia de edad, ella estaba a una semana de cumplir los dieciocho años y no hacía ni siquiera seis meses de que Pedro había cumplido los quince. Él no sabía que contestarle, se sentía tan lleno y tan orgulloso de tener una admiradora que hubiera accedido a lo que ella le pidiera en ese momento. Los compañeros de ambos los notaron y los chiflidos no se hacían esperar pero no los escuchaban, caminaban mirándose y escuchándose. Entraron al mar y sucedió. Lentamente se acercaban con un poco de pudor y de timidez y los labios de Ruth buscaban los de él, y finalmente se juntaron, ahí fue cuando Pedro sintió por primera vez el golpe de feromonas, no lo supo en ese instante pero jamás olvidaría los colores de ese encuentro, y el calor que parecía hacer efervecer las incipientes olas alrededor de ellos. El beso les pareció eterno y únicamente se separaron con la promesa de volverse a ver en la escuela.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8765225383986317062?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8765225383986317062/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8765225383986317062' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8765225383986317062'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8765225383986317062'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/2.html' title='2.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8143639689413696302</id><published>2008-11-26T23:33:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:01:26.047-05:00</updated><title type='text'>3.</title><content type='html'>&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y eso ¿cómo te hace sentir?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ¿de qué está hablando? - Pensó Pedro - No tiene sentido, es una línea, una frase hecha que dicen los psicólogos. ¡Lo único que le dije al momento de entrar es “Perdón por el retraso, me desvié en una calle y no me di cuenta”! Odio que quieran analizarme con cada palabra que digo. Ese desalmado doctor Horacio Sacbé me las pagará, seguramente está ahora muerto de la risa de mi cara de asombro y repudio, ahí del otro lado de la Cámara de Gessel. Lo conozco, no dudaría un instante que todo esto fuera solamente un teatro para burlarse de mí, o de la doctora, no, seguro que es para hacer mofa de mi estado. Ya, debo de tranquilizarme, sea lo que sea estoy aquí con un objetivo en la mira. ¡Vaya! La doctora Leticia es mucho más joven de lo que pensé, y no es fea, de hecho nada fea, es sólo que los lentes no me dejan ver por completo sus ojos, pero también logran en ella un efecto muy sexy. ¡Y tiene pequitas! Tiene pecas en las mejillas y en la nariz, el cabello castaño con destellos rubios enmarca perfecto su rostro. Y el vestido que lleva puesto muestra sus perfectas y torneadas pantorrillas y sus brazos, aaah sus brazos, se notan tan suaves y delicados para tomarlos entre los míos y ... ¡Ya lo he decidido! Es guapa, me gusta, pero no. ¡No debo! Las feromonas, están aquí. ¡Tengo que permanecer lo más alerta posible!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Pedro? Te he preguntado algo, ¿estás bien?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Disculpe doctora, salí de casa con tiempo y vine caminando, la verdad es que pensaba, bueno, más bien estaba recordando un episodio de mi adolescencia-&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Quieres que hablemos sobre eso?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Doctora Leticia ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Puedes llamarme simplemente Leticia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Leticia? ¿Lety? ¿Habrá la suficiente confianza doctora? En verdad me gustaría. El doc Horacio me la ha recomendado mucho por su experiencia y capacidad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Horacio es un buen amigo, Pedro, puedes llamarme Lety si lo prefieres. No pongamos barreras que no quedan. ¿Lo notas? Somos casi de la misma edad, y estoy aquí para ayudarte en lo que necesites para lograr tu objetivo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Le habló el doc de mi condición?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Conozco todo lo que hay que saber sobre tu problema, yo ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Condición! Doctora, Lety, por favor, si vamos a tenernos toda la confianza posible te ruego no utilices ese sustantivo, no tengo un problema. Estoy enfermo, un tumor crece dentro de mi cabeza y va a matarme en treinta días. Te pido me disculpes si soy grosero pero créeme que no tengo tiempo que perder. Si vas a ayudarme, será bajo mis condiciones.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, yo ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sólo, sólo dime que vas a ayudarme.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- De acuerdo, lo haré.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Perdóname.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No digas eso Pedro, es perfectamente entendible. Dime, háblame, siéntate y trata de relajarte. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro obedeció, el dulce y melodioso tono de voz de Leticia lo hipnotizaba, tenía ese poder que solamente con una mujer en su vida había sentido. También con Marisol se sentía en tanta paz, en tanta tranquilidad que a veces lo asustaba, por eso se había enamorado de ella, por eso quería que fuera la mujer de su vida. ¿Sería ese el secreto del porqué la doctora Leticia Garcés era tan buena terapeuta? - Pensó - Quizá el doctor Sacbé lo habría sabido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- De camino para acá estaba pensando en Ruth, es una muy larga historia Lety. Nos conocimos en un viaje de la escuela, aunque íbamos en el mismo salón jamás habíamos cruzado palabra, hasta ese día. Lo pasamos juntos y nos besamos y fue lindo, en ese entonces, ahora lo recuerdo y no sé si me da risa o pena.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué pasó después de los besos?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Aaaaaah nos besamos en el mar, fue la primera vez que hice eso doctora, besar a alguien dentro del agua, no sé porqué lo digo pero me parece adecuado, las feromonas se potencian en contacto con los líquidos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Debo entender que desde entonces tenías estos pensamientos sobre las feromonas?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, no Lety, no es tan sencillo, de haberlo sabido mi vida hubiera sido mucho más aburrida, aunque más fácil también.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Perfecto, entonces, ¿se besaron en el mar?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Así es, y después en el camino de regreso, nos sentamos juntos y nos besamos todo el camino. Me da un poco de vergüenza confesar que mojé mi ropa interior.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No es raro Pedro, eras un adolescente sometido por vez primera a una excitación de ese tamaño.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Exactamente, tanta excitación provocada por una continua y prolongada exposición a las feromonas que ella despedía. Tanto me afectaron que, lo descubrí mucho tiempo después, no me importó pelearme a gritos con el que era mi mejor amigo en ese entonces, ya que obviamente él tendría que sentarse con la amiga de Ruth y eso, créame doctora, no es algo por lo que los muchachos de mi clase murieran por hacer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué pasó después? A después de ese día, me refiero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo la evitaba en la escuela, ya sé que no es algo agradable pero no sabía cómo reaccionar, a veces me topaba en el descanso y no me quedaba más remedio que pasar el tiempo con ella. No me malinterpretes Lety, pero ten en cuenta que no tenía la menor idea de nada en ese entonces. También solía esperarme a la salida y entonces quería acompañarme a mi casa, nunca lo permití, no sé, pero no me gustaba la idea de que ella supiera donde vivía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Entiendo ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y llegó el día en que ella cumplía años. No pude negarme ya que insistió tanto en que me quería ver en su casa, en su fiesta, y no sé si muchos de nuestros compañeros mentían, pero todos hablaban del gran acontecimiento que sería la fiesta del cumpleaños número dieciocho de Ruth. Y lo fue, para mí. Llegué a su casa sin regalo, su insistencia me había hecho crecer el ego de manera desmedida, tanto que pensé que mi presencia en su casa iba a ser suficiente regalo y que no merecía la pena el gastar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué pasó entonces?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No había nadie. No había fiesta. Solamente estaba ella, con una falda pequeña que de inmediato hizo mi mente volar, una blusa blanca y sin sostén. Ya antes había conocido unos senos de mujer, pero el mirarla así, tan dispuesta, tan abierta y tan sensual. ¿Sabe doctora? No le he dicho que Ruth era hermosa, y es que acaso no lo era pero en esa situación a mí me parecía la única mujer en el mundo. Nos acercamos y yo apresuradamente me fui quitando la ropa, ella trataba de calmarme, de decirme que todo estaba bien, que únicamente me dejara guiar por sus manos, esas manos que me tocaban como jamás nadie lo había hecho, mi cuerpo respondió en segundos. No cabía en los pantalones. Ruth se desnudó por completo y entonces mis manos parecieron tomar vida propia, quería tocar, apretar, pellizcar. No sé que hayan provocado en ella mis torpes caricias, pero se limitó a mirarme, a despojarme de toda la ropa y tenderme en la cama. Como pude me puse un condón que ella me lanzó. Se subió en mí, yo podía ver perfectamente como mi pene durísimo iba entrando en ella poco a poco, se movía cadenciosamente y mis manos buscaban su cadera y sus pechos. Los apretaba para evitar que se movieran en exceso, ese movimiento me aturdía, no podía dejar de ver sus enormes pezones. Estaba sintiendo que el final se acercaba. No sé cuanto tiempo duramos en esa posición y me vine. Por primera vez eyaculaba dentro de una mujer, con la compañía de una mujer. Y algo cambió en mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué fue ese algo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo no hice prácticamente nada. Tenía ese amargo sabor en la garganta de haber sido usado. Y eso era algo que no iba, no podía permitir que se repitiera.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8143639689413696302?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8143639689413696302/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8143639689413696302' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8143639689413696302'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8143639689413696302'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/3.html' title='3.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-9220783621058884999</id><published>2008-11-25T23:19:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:01:32.100-05:00</updated><title type='text'>4.</title><content type='html'>Para cuando Pedro terminó de hablar, en el consultorio ya se sentía un calor agobiante. En la calle, la inminente llegada del invierno se adivinaba aunque ni siquiera había transcurrido la mitad del otoño, hacía frío, pero dentro, los cristales de las ventanas estaban empañados entre los espacios que dejaban las persianas horizontales. La doctora Leticia Garcés no pudo evitar limpiarse el sudor que había recorrido todo el camino desde la sien y que en cualquier momento estaba por  alcanzar su cuello con la pañoleta que llevaba amarrada y ladeada un poco hacia la derecha, sintió una descarga eléctrica en el instante en que la yema de su dedo índice tocó la piel ya húmeda. Trató de no mostrar signo alguno de turbación, aunque no estaba segura de haberlo logrado. No significaba que el relato de Pedro haya sido en realidad excitante, ella era una profesional que llevaba ya varios años dando terapias a adolescentes y a final de cuentas eso era todo, la historia de un púber descubriendo su sexualidad de la mano de una mujer un poco mayor y con cierta experiencia. La doctora no creía que el hecho de que llevara seis meses ya sin una relación ya no estable, sino una relación en cualquiera de los sentidos de la palabra, influyera en que su cuerpo reaccionara de esa manera a las palabras que estaba escuchándole a Pedro. Había pasado casi medio año en que ningún hombre la tocaba con lujuria, en que no sentía ese calor de la carne llena de deseo entre sus piernas, en que su centro no vibraba con las arremetidas violentas de un pene erecto en su interior,  casi medio año desde que todo su ser tembló por última vez en compañía. Aún lo recordaba vívidamente, era su cumpleaños y sus amigas le habían organizado una fiesta sorpresa en la que el invitado de honor era Guillermo, el hombre con el que había coqueteado desde hacía unas semanas por internet. No se conocían personalmente pero los dos habían sido completamente honestos el uno con el otro, se habían mostrado sus fotos reales y habían tenido sexo cibernético. Pero ese día Guillermo iba a por todo. Se había vestido con su mejor traje, uno que resaltaba su cuerpo trabajado en el gimnasio, negro, de raya de gis, con una camisa oscura y una corbata con vivos dorados; él era alto, medía un metro con noventa y dos centímetros, una piel impecable, blanca y ligeramente coloreada por el sol, ojos profundos y negros al igual que su cabello muy corto y su barba de candado perfectamente recortada y delineada. Leticia lo miró de inmediato con deseo y no pasó mucho tiempo antes de que ambos abandonaran la fiesta para refugiarse en la habitación de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guillermo la tenía. En los ojos de los dos se reflejaba el otro y todo fluyó de manera natural. Parecían un par de amantes que se conocían desde hacía años, que habían hecho el amor infinidad de veces. Él sabía exactamente en que sitio tocarla para hacerla perder la vertical, lentamente mientras sus labios la atrapaban entre mares de pensamientos pecaminosos, los dedos cual serpientes se deslizaban desde su cuello hasta sus pechos, bajando por sus hombros los delgados tirantes del vestido que apenas la cubría ya. Leticia, por su parte, se encargaba de aflojar la corbata y desabotonar la camisa con presteza. Guillermo no parecía ser capaz de detenerse, le acariciaba los muslos y ella sintió que su excitación suprema se revelaba en un gotear secreto que salía de su entrepierna amenazando con mojar por completo a de su devorador. Despacio subió la mano guiado por el trazo de humedad que venía directamente de ese punto, presionó y al tocarlo, todo su cuerpo de explotó en un gemido de placer, un suspiro y un grito ahogado que él reprimió con una feroz mordida en el labio inferior de Leticia. Aún no estaba lista, ella quería más y como pudo se zafó de los brazos poderosos que la poseían, con una mirada de lujuria que excitaría a cualquiera se arrodilló frente a él, sin dejar de mantener sus ojos color avellana fijos en el negro profundo, desabrochó el pantalón y con un solo movimiento se llevó a la boca el orgullo viril de Guillermo. Con las uñas de su mano izquierda encarnándose de una forma por demás salvaje en sus nalgas y su lengua recorriendo con maestría el glande, Leticia lo masturbaba cada vez más rápido, y lo sentía venir, él se convulsionaba y sus rodillas estaban a punto de ceder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella veía a Pedro agitarse mientras hablaba y lo imitaba inconscientemente. Aunque él tenía una atenuante definitiva - pensó la doctora -, eran sus propios recuerdos, reales o distorsionados por el tiempo o quizá modificados a voluntad debido a las obsesiones que tenía, los que lo hacían revivir esos momentos, pero aún y cuando su respiración se entrecortaba en cada pausa, la voz no se le quebró jamás; claro que era un recuerdo agradable, incluso podía calificarse como feliz, una de esas ocasiones que se quedan grabadas como en piedra en la mente, sin embargo esa última frase que Pedro había pronunciado la alertó. Lo que venía seguramente no sería agradable, ni para ella como terapeuta ni para él como paciente. No iba a ser fácil penetrar en esa mente obsesiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Creo que ya no va a ser necesario verla.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Perdona Pedro, no comprendo, recién hoy comenzamos la terapia y creí que el doctor Sacbé te había preescrito treinta días, y yo tenía preparadas varias cosas, ejercicios que podrían ayudarnos a resolver tu ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, Lety no. Me refiero a que, es decir, lo que quiero saber y no quiero que me hables con rodeos es si el doc Horacio te contó mis planes para estos treinta días.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me ha dicho todo lo que sabe, de eso estoy segura, así que a menos que hayas cambiado de parecer, sé que planeas buscar, encontrar y de ser posible charlar con cada una de las mujeres que han pasado por tu vida, ¿me equivoco?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, es eso precisamente lo que haré. Y te necesito para que me ayudes a poner algunos pensamientos en orden. ¿Puedo contar contigo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sabes que sí, y aunque sabes que tengo otra consulta, durante este mes le he dado mi palabra a Horacio que mi máxima prioridad será tu caso, el ayudarte. Y ahora te lo prometo a ti. Juntos lograremos conocer la verdad, lo único que te pido es que confíes en mí, en mis métodos y en mi experiencia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- De acuerdo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Es una promesa?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Claro que sí Lety, y me refiero a que ya no va a ser necesario que busque a Ruth. Ahora lo sé. Era el olor, las feromonas atacan directamente a los sentidos. Y ese día de la fiesta fantasma las sentí por vez primera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Cómo puedes estar tan seguro? ¿No crees que estás acomodando todos los elementos para hacerlos encajar por la fuerza dentro de tu teoría?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No Lety, mira, no creas que no lo he pensado, lo he hecho y concienzudamente. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Al salir de la casa de Ruth aún tenía todo el cuerpo rebosante de adrenalina. A lo mejor vas a burlarte, pero sentía pasar por todo mi torrente sanguíneo unas partículas extrañas, pesadas como piedras pero al mismo tiempo porosas ya que no me sentía particularmente lleno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Bien sabes que eso puede deberse a la sensación de bienestar que te produjo el haber tenido tu primera experiencia sexual, ¿verdad?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Estoy consciente de eso. Pero lo que te estoy diciendo es lo que pasó. Y bueno, me sentía usado, y feliz, pero sucio. Salí de ahí con una falsa sonrisa en la cara, nadie volvería a hacerme sentir así.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me parece bien, Pedro. ¿hay algo más que quieras contarme?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Por hoy no Lety. Te agradezco de verdad, y nada me gustaría más que quedarme, aún hay muchísimas historias que compartir contigo, pero esta tarde tengo que buscar a Jahayra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Me contarás? Si la encuentras, mañana a la misma hora.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Te prometo no llegar tarde.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro salió del consultorio y la doctora Leticia Garcés Padró lo siguió con la mirada. Un rubor manchó sus mejillas cuando su paciente volteó y le sonrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué me está pasando? - Se dijo Leticia a sí misma - Es un paciente como todos, no es nada especial. Es un obsesivo con desplantes de esquizofrenia bastante evidentes, pero tiene ese toque que lo hace atractivo para cualquiera. Lo sé, una de las primeras reglas de este trabajo es no crear lazos sentimentales, reales o imaginarios con los pacientes; eso, además de crear un conflicto de intereses o una falta de ética profesional no es conveniente para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Doctor Horacio ¿Qué sabe usted de esa mujer? Esa Jahayra.&lt;/span&gt; - Leticia se notaba ansiosa mientras oprimía el botón del intercomunicador de la Cámara de Gessel.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-9220783621058884999?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/9220783621058884999/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=9220783621058884999' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/9220783621058884999'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/9220783621058884999'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/4.html' title='4.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8705266995187768897</id><published>2008-11-24T22:46:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:02:11.175-05:00</updated><title type='text'>5.</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: left; font-style: italic;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Te sorprendería el saber, que a la par de la carpeta con el historial clínico de Pedro, también poseo un completo recuento de las mujeres en su vida? Pues lo tengo. Jahayra y Pedro se conocieron en la prepa, o eso es lo que yo sé. Ella le enseñó una valiosa lección, o al menos eso pensé en ese momento. Tú sabes, Leticia, que he sido el médico de cabecera de Pedro prácticamente desde que nació. Me une a su familia una amistad de años que la prematura muerte de su padre no pudo amainar. Fuimos mejores amigos, don Pedro y yo desde que ambos íbamos a la primaria, compañeros de aventuras y de viajes, y además, mi esposa, que en paz descanse, se convirtió con el tiempo y la convivencia en una de las mejores compañeras de bridge de Helena. Créeme que nunca advertí los problemas de mi amigo, tú y yo conocemos la relativa condición hereditaria que tienen las condiciones mentales como la esquizofrenia, pero la verdad, no quise jamás que mis amigos o familiares fueran mis pacientes, obviamente recurrían a mí en casos de enfermedades sencillas, como resfriados o infecciones, pero cuando diagnosticaron a Pedro grande como esquizofrénico me mantuve al margen. Tal vez fue un error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No se culpe Horacio, usted sabe que ...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te lo agradezco Leticia, pero es un asunto muy mío que eventualmente deberé resolver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- De acuerdo, me estaba contando de esa mujer, Jahayra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Cierto, discúlpame, me adentré mucho en los recuerdos y a veces es difícil retomar la idea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A todos nos pasa alguna vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, lo sé, Leticia, permíteme contarte lo que me habías preguntado, y te pido por favor que si me desvío del tema me lo hagas notar de inmediato, ¿sí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No tengas duda que lo haré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8705266995187768897?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8705266995187768897/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8705266995187768897' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8705266995187768897'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8705266995187768897'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/5.html' title='5.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-7912148160051081134</id><published>2008-11-23T23:54:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:02:04.667-05:00</updated><title type='text'>6.</title><content type='html'>Mientras Pedro caminaba por la calle de regreso a su departamento sintió una fuerte punzada en las sienes. El dolor insoportable que había experimentado desde hacía seis meses, en que el tumor había hecho acto de presencia, estaba volviendo. Apenas eran pasadas las doce del medio día. En la ciudad, el smog y la contaminación provocaban una neblina casi permanente de un color entre negro y café de tonos opacos. Los ojos de Pedro no se pudieron acoplar jamás a la sensación luminosa que le provocaban los días nublados, con el cielo demasiado cerrado; en cambio, los cielos abiertos, azules, con pocas y blanquísimas nubes y con el sol brillando en el cenit evitaban que entrecerrara los párpados, en esos días podía prescindir de las gafas para el sol. Pero no hoy. Hoy sería una jornada en la que los transeúntes lo mirarían con recelo al ver que usaba anteojos oscuros. La gente nunca entendió el porqué Pedro padecía de hipersensibilidad a la luz blanca. Él adjudicó a ese hecho el repentino dolor, la luz del sol refractándose en las nubes de color incierto provocaban un destello que los ojos de Pedro simplemente no soportaban, y eso invariablemente desembocaba en un fortísimo dolor de cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las migrañas no se habían hecho presentes en años, cinco para ser exactos, justo cuando conoció a Marisol. Fue un día que no se le podría olvidar, quince de septiembre. Sus amigos habían organizado una fiesta mexicana en una obra de construcción que su hermano Alejandro estaba manejando en una ciudad cercana. Pedro había sido forzado a asistir, aunque de mala gana, pues había tenido una discusión muy fuerte ese día con su socio, Carlos. En ese tiempo, las salidas y los encuentros con Cristina se habían hecho bastante cotidianos, dado el caso de que ambos estaban solteros y sin una pareja estable. Cristina pasaba las tardes en el despacho que Pedro compartía con Carlos, y aunque tenían oficinas privadas, lo suficientemente separadas e independientes la una de la otra, éste nunca aceptó como natural la continua presencia de ella, argumentando que no era más que una distracción, y acaso lo era, pero Pedro lo compensaba con horas extra o trabajo en casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con una semana de anticipación, al despacho había llegado la invitación por correo tradicional de la fiesta mexicana en la obra de Alejandro. Cristina firmó de recibido pues en ese momento, Carlos, Pedro y la asistente de ambos se encontraban en una junta en la sala de comité. Cuando salieron, Cristina recibió a Pedro con un abrazo y la noticia de que habían sido invitados a la fiesta, pero, aunque ella estaba emocionada, él, que siempre preveía de manera muy veloz y eficaz los acontecimientos que podría desencadenar cualquier decisión, pensó que no era conveniente exponer a Cristina en esa fiesta. Una cosa era pasar el tiempo con ella en su oficina, en su territorio, donde se sentía como en casa, pero una cosa muy diferente sería el entrar caminando de la mano con ella a una reunión en la que, además de Carlos, que seguramente llevaría a su asistente con la que llevaba semanas acostándose, estarían todos sus amigos. No era algo malo, Cristina, en muchos aspectos era la mujer ideal para él, se querían bastante, y acaso demasiadas personas aseguraban que él estaba enamorado de ella desde siempre; Pedro lo negaba, ese hecho en específico, pero también sabía que no podía cerrar los ojos ante lo evidente, eran el uno para el otro y bastaba tan sólo una palabra suya para demostrarlo. Sin embargo, no era lo que él quería, más de diez años habían pasado ya, los mismos que llevaban de conocerse, de quererse, de estar juntos cuando la situación era idónea, y cuando no, sabían separarse sin que eso afectara en nada lo que sentían por el otro. Pedro estaba muy cómodo con esa situación, y sentía que Cristina también lo estaba, ella no era del tipo de mujeres que se callan las cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una semana insistió Cristina para que la llevara a la fiesta, tanto que a final de cuentas dio resultado, irían los cuatro en la camioneta de la empresa. El día de la fiesta por la mañana, Carlos tuvo un exabrupto en plena recepción del despacho, No manejaría hasta la obra de Alejandro si Cristina los acompañaba, toda la semana había callado, pero el verla llegar radiante cargando una canasta llena de dulces típicos mexicanos lo hizo explotar. No soportaba a esa mujer, jamás lo había hecho y no iba a comenzar ahora. Pedro no reaccionó con menor violencia, le hervía la sangre con el solo hecho de pensar que alguien hablara o pensara mal de Cristina, Carlos y él se hicieron de palabras y no faltó mucho para que llegaran a las manos, pero la oportuna intervención de Cristina y de la asistente lo impidió. Carlos salió acompañado de Elizabeth, la asistente dando un portazo. Ese fue el primero de una serie de eventos que terminarían con la disolución de la sociedad y eventualmente con la estabilidad económica de Pedro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cristina estaba desconsolada, se negó a ir a la fiesta porque sabía que se encontrarían de nuevo a Carlos ahí; Pedro no la pudo convencer y entonces se vio obligado por el compromiso con sus amigos a enfrentar una de sus peores fobias, manejaría su auto, solo, en carretera, con los fríos nocturnos de septiembre que lo forzarían a mantener las ventanillas cerradas durante dos horas, enojado y frustrado por lo que había pasado y con el peso en la conciencia de haber dejado sola y tiste a Cristina. El trayecto le pareció eterno aun y cuando pisó el acelerador de una manera que sólo podría calificarse de imprudente, en extremo opuesta a lo que su responsabilidad siempre le había marcado; tanto fue así, que cerca del final de la autopista, rebasó a la camioneta que conducía Carlos, aunque éste había salido con más de treinta minutos de anticipación, sin darse cuenta. Incluso tardó más o menos diez minutos en encontrar el sitio exacto donde tendría lugar esa noche la fiesta mexicana, las calles de esa ciudad eran pequeñas pero perfectamente bien alineadas y no era fácil perderse, pero la turbación con que Pedro llegaba, aunado al dolor de cabeza, no lo ayudaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a la obra, Alejandro, su hermano lo recibió con un abrazo y la incómoda pregunta sobre su novia. Pedro se rehusó a contestar porque alguien había robado su atención desde el momento en que puso el pie izquierdo en la explanada. Un cuerpo pequeño, blanco y delicado, que como por arte de una extraña atracción se volvió hacia él y entonces pudo verlos. Dos ojos del mismo color de la arena húmeda de mar lo miraban y lo leían por dentro. Era ella, sin duda era ella. Su nombre era Marisol y aunque Pedro aún no lo sabía, él solamente atinó a llamarla: ‘Ella’. Sin dudarlo más que el instante en que se quedó admirando su sonrisa, se le acercó, sonriéndole también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un estruendoso rechinido de llantas, el escándalo de una sinfonía de cláxones y el posterior sonido del choque de lámina contra lámina regresaron a Pedro a la realidad sacándolo de sus recuerdos. Apenas había tenido tiempo de detenerse y dar una media vuelta, si hubiera intentado cruzar la avenida tres segundos después se hubiera encontrado en medio de una escena dantesca. Frente a él, un automóvil compacto de modelo descontinuado color azul eléctrico volcado completamente al revés, con las ruedas apuntando al cielo gris y un taxi ecológico, color verde bandera con todo el frente deshecho incrustado del lado del copiloto del auto compacto.. La imagen angelical de Marisol enfundada en ese vestido negro ligeramente escotado se desvaneció en un instante. Miró el reloj, era la una de la tarde con treinta y tres minutos, había caminado casi una hora y media y el tráfico se multiplicaba exponencialmente con la salida de los niños de las escuelas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sintió frío. Rogó a Dios que no hubiera habido niños en esos autos. Un recuerdo se le clavó como espina en el costado que casi lo hizo doblarse y caer de rodillas en plena calle, pero de inmediato lo reprimió como pudo y se unió a la multitud que ya se arremolinaba, curiosa, alrededor del accidente. Pedro vio una mochila pequeña con los colores rojo, amarillo y azul a los costados caer desde una de las ventanillas del auto compacto, lanzó un grito y se precipitó corriendo hacia los vehículos mientras en su cabeza los recuerdos atacaban como dardos envenenados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No puedo, no ahora - se dijo a sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Hay un niño atrapado en este auto! &lt;/span&gt;- vociferó &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Es que nadie piensa ayudar?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El grito desesperado por ayuda de Pedro pareció despertar a la gente de su letargo y estupefacción, al momento varios voluntarios se acercaron a él. En efecto había un niño en el auto compacto, vestía uniforme de overol rojo sobre un suéter de cuello de tortuga blanco, zapatos negros de charol salpicados de carmín, los cabellos dorados le escurrían por la frente adheridos a ella por manchas sanguinolentas, sus pequeños brazos y piernas estaban en una posición innatural. No se movía, ya no respiraba. Junto a su cuerpo y entre metales afilados que parecían salir de cualquier parte estaba el cadáver del taxista, un hombre viejo, moreno y calvo, del que ya no era posible determinar el color de sus ropas pues se encontraba completamente bañado en sangre, tenía el cuello prácticamente atravesado por una placa de metal que casi le cercena la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, de entre la masa de metales sin principio ni destino se escuchó el llanto lastimero de una mujer. La conductora del auto compacto colgaba del revés, aún sujeta por el cinturón de seguridad, con los brazos oscilantes y el cabello muy rubio y lacio atorado entre los restos de la ventanilla. Aparentemente no tenía hemorragias. Pedro y tres hombres más se dieron como prioridad el sacar a la mujer de ahí, por el niño pequeño y por el hombre calvo ya no había nada que se pudiera hacer. No fue una tarea sencilla, los hierros retorcidos de los dos vehículos hechos uno eran afilados como un alambre de púas. La mujer quedó inconsciente pero aún respiraba, y eso les daba ánimos para seguir. Los paramédicos hicieron acto de presencia cuando ella estaba ya prácticamente liberada, pero en cuanto esto sucedió, otro recuerdo vino a la mente de Pedro. Ese rostro le era conocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Nadia?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Buscó entre los restos del auto y logró reconocer un bolso. Hurgó en su interior y confirmó sus sospechas. La credencial para votar con fotografía no le mentía: ‘Nadia García Brandy’. Pedro no supo que hacer, se subió a la ambulancia que iba a trasladar a Nadia al hospital y alegó que era su esposa cuando los paramédicos le intentaron impedir el viaje. Cuando llegaron al hospital, Pedro buscó de nuevo en el bolso pero no encontró información alguna que le pudiera indicar a quien llamar. E hizo lo único que le parecía acertado en ese momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Doc? ... Estoy en el Hospital San Jorge de Atanes ... Sí, yo estoy bien ... ¿Puede venir ahora? Lo necesito.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-7912148160051081134?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/7912148160051081134/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=7912148160051081134' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/7912148160051081134'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/7912148160051081134'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/6.html' title='6.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8025419139846324018</id><published>2008-11-22T19:13:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:02:59.420-05:00</updated><title type='text'>7.</title><content type='html'>El doctor Horacio Sacbé Laarv era un hombre cabal. Fue el mejor amigo de toda la vida de don Pedro Ortiz del Prado, habían crecido juntos, él vivía en casa de su abuela materna desde los 5 años debido a la desaparición de sus padres en la década de los años cincuenta del siglo pasado, Juan Ramón Sacbé Kuk, un ingeniero agrónomo exitoso que había llegado desde el extremo más oriental del país a la capital a triunfar, repentinamente había abandonado todo lo que había conseguido para unirse a una secta seudo iluminada en el país del norte. Había dejado atrás su trabajo, su casa y a su familia; su esposa, también ingeniera, Catalina Laarv, descendiente de holandeses había quedado devastada con la partida de su marido y dejó a Horacio, su hijo pequeño, al cuidado de su madre para ir en su búsqueda. Había pasado una semana desde la partida de su madre, cuando en casa de Horacio se recibió una llamada de teléfono de larga distancia internacional. Catalina le llamaba a su vástago, pero la vieja abuela Kissa se lo negó. Para ella, la madre perdía todo derecho sobre los hijos cuando los abandonaba por seguir a un hombre. Aún así le contó al pequeño que su madre había llamado y que lo quería mucho. Esa fue la última vez que Horacio tuvo noticias de su madre o de su padre, y la última vez que algo sobre ellos se dice en esta historia. A pesar de amar con todo a su abuela, que era lo único que le quedaba en el mundo y que ella era lo mejor que podría pedir en una madre, siempre sintió la necesidad de cariño filial, de más personas. Y todo eso lo obtuvo con la llegada de los Ortiz a la casa de enfrente. Pedro, de entonces su misma edad el mayor de tres hermanos, se volvió su mejor amigo, y acaso más que eso, el hermano que nunca tuvo. El patriarca, Joaquín Ortiz de la Bárcena había traído a su familia desde España huyendo de la Guerra Civil, su esposa Almudena del Prado Izco y los hijos de ambos Jaime, Matías y Pedro, habían pasado  de ciudad en ciudad para por fin lograr establecerse en este lugar. Donde Pedro encontró al cómplice perfecto, y los Ortiz encontraron en la abuela Kissa al complemento ideal que les faltaba en su familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso le costaba tanto al doctor Horacio separar sus actividades profesionales para con los Ortiz de su vida personal con ellos, de su historia y de todo lo que habían pasado juntos. Pero ahora no había nada más que perder, ya no se trataba de salvar la vida de Pedro, además del hijo de su mejor amigo, su ahijado, su destino lo habían sellado un día antes en su consultorio. Pero si pudiera rescatar algo de su cordura, lo haría, aunque eso significara el traicionar su confianza. La contradicción moral era algo nuevo en la vida profesional de Horacio Sacbé, siempre había evitado quedarse vulnerable ante este tipo de situaciones, y ahora estaba frente a la doctora Leticia Garcés Pardó que lo cuestionaba sobre uno de los más oscuros secretos de su paciente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No creo equivocarme Leticia, si te digo que a Pedro no le gustaría que te hablara sobre Jahayra. Hasta el día de hoy es un asunto pendiente que no ha sido capaz de resolver, y mucho me temo que no le alcanzará el poco tiempo que le queda de vida para hacerlo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Soy toda oídos, Horacio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Escuché que te contó todo sobre Ruth.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Así es.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y no pude dejar de notar tu turbación en cuanto él pronunció su última frase lapidaria.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me dejó pensando, en que la imagen de ese adolescente vulnerable que perdió la virginidad sintiéndose usado se volvería a repetir en un posterior relato, sólo que bajo un caparazón de hombre rudo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Te equivocas, ese episodio en la vida de Pedro en realidad lo marcó. No solamente fue una promesa en vano. Hizo una diferencia en su actitud. Y la que terminó pagando las funestas consecuencias fue ella, Jahayra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Cuéntamelo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro y ella coincidieron en un evento que organizaba el gobierno de la ciudad, una especie de torneos académicos entre las preparatorias de la zona. Él había cambiado tanto ya, que incluso rechazó a Ruth cuando ella lo buscó de nuevo prácticamente humillándola en el patio de su escuela, a la vista de todos. Y no solamente en su trato hacia las mujeres, también su timidez parecía haberse terminado, y si antes era atractivo para las chicas por misterioso, ahora lo era por extrovertido, de fácil plática y encantador; o eso es lo que dicen ellas, la realidad es que solamente les decía lo que querían escuchar. Jahayra fue la primera en caer. No estoy ni nunca estuve completamente seguro de que haya estado enamorada de verdad, tal vez sólo la fascinaba el trato que tenía Pedro para con ella, o le gustaban sus ojos y la manera en que reflejaban los de ella. Jahayra era, es muy rubia, piel blanquísima que jamás se bronceaba y ojos azules, cuerpo delicado y con curvas que apenas se empezaban a mostrar a sus casi quince años. En pocas palabras era un perfecto adorno para el brazo de la naciente soberbia de Pedro. Nunca fueron novios, de hecho, él tardó un año aún en volver a tener una novia formal, pero en la práctica lo eran, salían a todos lados juntos y pronto se volvieron una pareja popular en la escuela. Jahayra estaba por cumplir quince años y sus padres le harían una fiesta en grande, obviamente, Pedro estaba considerado como el acompañante ideal, pero para él no tenía importancia y así se lo hizo saber a ella y a sus padres, quienes enfurecieron, pero Jahayra estaba tan encandilada que no le importó, si Pedro quería estar en la fiesta, ella le respetaría su lugar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Claro, la mente de las quinceañeras es tan transparente ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Así es Leticia, pero lo que pasó en esa fiesta no es para nada tema de adolescentes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué fue lo que pasó?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro se apareció en la fiesta de la mano de otra chica, Nadia era su nombre. Parecía excitado pues su plan estaba funcionando a la perfección. Jahayra tenía los ojos convertidos en lagunas, pero no podía perder la pose, sus padres jamás se lo habrían permitido, así que tuvo que pasarse toda la fiesta observando con el corazón roto y el ego desvanecido como el que ella consideraba como su hombre se abrazaba y besaba apasionadamente con otra mujer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Eso no lo ví venir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Espera, eso no es todo. Como pudo, Jahayra se desafanó de sus invitados y entró al baño y se encerró, lloró por minutos hasta que tocaron a la puerta, ella conocía perfectamente ese toquido, era Pedro. Le abrió esperando una disculpa y una declaración de amor eterno de su parte, pero lo único que obtuvo fue un orgasmo después de que Pedro la lanzó boca abajo sobre el lavamanos, levantó su vestido y así, sin preguntarlo ni advertirlo la penetró desde atrás, ella gemía y se retorcía, era su primera vez y ni siquiera podía ver directamente a los ojos a su amante, a su atacante. El espejo del lavamanos ya empañado no le permitía ver la cara de Pedro, cuya expresión denotaba una extraña combinación entre placer y furia. Él abrió la llave del agua para acallar aunque fuera un poco los gritos y gemidos de Jahayra, cuando terminaron, Pedro se arregló los pantalones y la dejó sola, extasiada pero con un sentimiento de culpabilidad enorme que le pesaba, mucho más que la vergüenza que le provocaría la pequeña mancha roja de sangre en su vestido. Él se fue de la fiesta de nuevo abrazando por la cintura a Nadia, y a pesar de que Jahayra lo buscó durante meses, Pedro siempre la ignoró.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No lo habría creído capaz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Te ruego que no lo juzgues, Leticia, ha cambiado ahora, me consta y está realmente arrepentido de eso y de muchas otras cosas más que ha hecho en su vida. Afortunadamente para él, ese sexo salvaje y sin protección no tuvo consecuencias para ninguno de los dos, al menos físicamente, porque Jahayra quedó completamente destruida, y ella a nadie le contó lo que había sucedido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leticia no sabía que decir, sabía que no es adecuado prejuzgar a las personas, mucho menos a sus pacientes, pero esa revelación la había perturbado sobremanera. El timbre del teléfono celular del doctor Horacio la despertó de sus cavilaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Diga? ... ¿Pedro? ...  ¿Estás bien? ...  ¿Qué pasó? Estaré ahí en diez minutos, máximo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Horacio, ¿pasó algo malo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro me necesita Leticia, si quieres, puedes alcanzarnos, está en el hospital San Jorge de Atanes.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8025419139846324018?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8025419139846324018/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8025419139846324018' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8025419139846324018'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8025419139846324018'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/7.html' title='7.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8180633129085689805</id><published>2008-11-21T23:58:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:03:28.726-05:00</updated><title type='text'>8.</title><content type='html'>&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, no es mi esposa, pero la conozco, la conozco desde hace años aunque teníamos mucho tiempo de no vernos; mire doctor, yo busqué entre sus cosas alguna información de contacto pero no logré encontrar nada, y teniendo en cuenta la situación, vaya, el niño que puede ser su hijo, no lo sé, está muerto; y no quise dejarla sola en este momento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo siento señor, si no es usted su esposo no puedo dejarlo entrar a verla, no sin una autorización de sus familiares.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pero entiéndame, al menos deme información sobre su estado de salud, ¿va a estar bien?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eso no podemos saberlo por ahora, su situación es delicada y tiene heridas internas que comprometen muy seriamente su vida. Le sugiero, es más, le rogaría que trate de contactar a sus familiares urgentemente, lo más probable es que pronto haya decisiones trascendentales que habrá que tomar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro se estremeció. No tenía planeado buscar a Nadia hasta dentro de uno o dos días, pero ahora, el destino los había hecho encontrarse en las circunstancias más fatídicas que pudiera imaginar en ese instante, y además había una gran posibilidad de que para ella ya no existiera un mañana. Tenía que verla ahora. Pero por el momento no tenía idea de cómo hacerlo. Decidió sentarse en la sala de espera y aguardar a que el doctor Horacio Sacbé llegara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inevitablemente sus pensamientos retrocedieron quince años en el pasado y recordó cuál era su objetivo principal para esa tarde. Pensó que era curiosa la manera en que sus historias con Jahayra y con Nadia se cruzaban. Esa fiesta, había sido esa maldita fiesta. Los quince años de la primera a la que había ido de la mano con la mujer que ahora yacía sólo Dios sabía cómo en alguna cama de ese hospital. Pedro no sabía lo que había pasado con Jahayra, prácticamente no volvió a hablar con ella después de ese día, aunque ella lo había buscado en al menos diez ocasiones, pocas fueron las veces en las que él se dignó a siquiera dirigirle la palabra, muchas veces lo único que hacía era volver la cabeza, altanero y continuar con lo que estaba haciendo. Cuando él terminó la preparatoria y se marchó a otra ciudad a estudiar la universidad, dejó de saber de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora caía en la cuenta de la dificultad inmensa que su plan representaba. Mujeres como Jahayra o Nadia que en la práctica eran completamente ilocalizables, al menos en tan corto tiempo, y las que faltaban. No podía confiar en el destino para encontrarlas, y mucho menos en un destino tan fatal como el que lo había hecho toparse a Nadia. Hubiera preferido morir él en vez de ella. Y de nuevo la imagen del cuerpo inerte del niño de cabellos dorados le punzó el alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Sería su hijo? - pensó - ¡Tenía que serlo! ¿Por qué más iría en el auto con ella? Ahora está muerto y lo peor de todo es que Nadia ni siquiera lo sabe. Yo estoy condenado y estoy aquí, sentado y pensando; ellos que tenían toda la vida por delante la vieron truncada de una manera por demás espantosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viendo su vida en retrospectiva, pocas cosas que haya hecho le repugnaban tanto como su comportamiento en la fiesta de quince años de Jahayra. Y más aún por haber involucrado a Nadia en ese juego. Estaba consciente de que debía pedirle una disculpa por haberla usado de esa forma para darle celos a otra chica, pero sobre todo por hacerlo sin tener ninguna razón en especial. Por el puro afán de echar a perder la fiesta. No tenía idea de lo que sus acciones desencadenarían, pero él sólo tenía quince años, no que sea un pretexto para hacer estupideces, pero así fue como las cosas pasaron. Pedro y Nadia salieron de la fiesta de la mano. Detrás suyo solamente el silencio roto a momentos por los sollozos de Jahayra. Subieron al auto que la señora Helena le había prestado a su hijo y a medida que la música dentro del salón comenzaba a tomar nuevamente su ritmo, ellos se alejaban con un rumbo bien fijo. Nadia lo deseaba, había conocido a Pedro hacía relativamente poco tiempo en una visita que éste había hecho a su escuela en busca de información académica, a la salida la había notado y ella sintió un repentino calor en las mejillas cuando los ojos verdes se posaron en su rostro, una sonrisa tímida se le dibujó pero Pedro le sostuvo la mirada y se acercó a ella con decisión, le acarició con delicadeza el cuello y le dijo al oído que le gustaba, que era hermosa y que quería conocerla. El ego de Nadia estaba por los cielos, no tenía novio entonces y pensó que nada perdería con intentarlo con ese chico guapo que la halagaba sin conocerla. Tres semanas estuvieron saliendo, las mismas en las que Pedro veía únicamente a Jahayra en los ensayos de la fiesta de quince años, así que tenían las oportunidades suficientes para estar juntos. Sus encuentros eran muy intensos. La primera vez que fueron al cine, Pedro logró meter la mano derecha bajo la blusa de Nadia, acariciarle los senos por sobre el sostén y hacerla temblar durante el tiempo que duró la película. En otra ocasión estuvieron cerca de hacer el amor por primera vez en la casa de ella, en su cuarto, estaban ya desnudos de la cintura para arriba, pero el sonido del timbre los hizo reaccionar; había llegado el repartidor trayendo las hamburguesas que habían ordenado por teléfono y que la calentura del momento los hizo olvidar. Estaban en el auto y Nadia no podía disimular su excitación, sus mejillas coloreadas y sus pechos que subían y bajaban con el ritmo de su respiración entrecortada la delataban, lentamente acarició la rodilla de Pedro y subió hasta casi tocar su erección sobre la ropa, él sin perder de vista la carretera tomó su mano y la llevó a sus muslos, un poco abiertos y revelando una buena cantidad de piel a causa de la falda corta que había elegido para la fiesta. Su madre le había advertido sobre el uso responsable del auto y no quería arruinar las cosas. Con sus dedos sosteniendo la mano de Nadia tocó su entrepierna, la ropa interior un poco húmeda solamente hizo confirmar lo que era un creciente deseo. Pedro retiró su mano y la colocó en el volante, se acercó y sin dejar de ver hacia el frente, le dijo en un susurro: “Mantén tu mano ahí, quiero que permanezcas húmeda y dispuesta”. A Nadia se le escapó un ligero gemido al escuchar aquello mientras el auto entraba a un motel. Después de pagar por la habitación, subieron las escaleras de la mano y mirándose con las ansias contenidas, cuando la puerta se cerró, ella se dirigió hacia el centro del cuarto con un andar felino y sugestivo, Pedro se quedó de pie, hipnotizado por el vaivén de la cadera y el vuelo de la corta falda negra, Nadia se soltó el cabello y se sentó en la orilla de la cama, se llevó el dedo índice de la mano izquierda a la boca y acarició sus propios labios mientras con las yemas de los dedos de la mano derecha tocaba suavemente sus piernas subiéndose la falda. Con una seña le pidió a Pedro que se acercara, él aún con la imagen de Jahayra sometida en el lavamanos del baño, se quitó el saco y se aflojó el cuello de la camisa, se aproximó a la cama y una vez ahí, Nadia lo jaló de la corbata y lo atrajo hacia ella, una vez acostados comenzaron a desnudarse mutuamente, las caricias entre ambos despedían tal calor que los vidrios se empañaron. La piel de Nadia era muy blanca, pero la media luz de la habitación le otorgaba un tono que a Pedro lo volvía loco; si antes, en la fiesta tenía un deseo que sólo pudo satisfacerse por medio de la furia y el sexo duro, con Nadia era diferente, no sentía ninguna urgencia, quería disfrutar cada momento haciéndole el amor a esa hermosa y joven mujer que estaba ahí, para él. Despacio la tomó por los muslos y los acomodó en su cadera, mirándola a los ojos con pasión comenzó a penetrarla poco a poco. Nadia cerraba los ojos y arqueaba la espalda mientras se sentía poseída como nunca antes. Pedro estaba completamente seguro de tener el control de la situación, podía sentirlo en cada centímetro de su pene que entraba con un ritmo descomunal en ella. El orgasmo fue fantástico para ambos, casi al mismo tiempo sintieron que el aliento les era arrebatado por el aire previamente respirado por el otro. Y el olor, ese olor similar al del cloro que había llegado hasta sus fosas nasales en compañía de Ruth, en mayor medida con Jahayra volvía, pero ahora era inmenso, todo lo envolvía y le causaba una inquietud que no podía explicarse, mas el sentimiento de pertenencia no lo abandonaría jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la salida del motel, cerca de las tres de la mañana, pasaron junto a un accidente de tránsito, había sido espantoso, Pedro lo recordaba de forma borrosa, tres autos prácticamente hechos uno entre los hierros retorcidos y sirenas de patrullas y ambulancias. Nadia se veía consternada entonces, y ahora estaba al borde de la muerte víctima de un accidente semejante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Pedro! ¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor Horacio Sacbé se acercaba a grandes zancadas hacia él. Pedro levantó la vista y con los ojos humedecidos sólo atinó a responder:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Es Nadia doc. ¿La recuerda? Tuvo un accidente y está en terapia intensiva. Su hijo murió pero no sé a donde lo llevaron. ¡Ayúdeme por favor, ayúdela!&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8180633129085689805?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8180633129085689805/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8180633129085689805' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8180633129085689805'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8180633129085689805'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/8.html' title='8.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-2254825291929600939</id><published>2008-11-20T23:33:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:04:09.500-05:00</updated><title type='text'>9.</title><content type='html'>&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿No quieres ir a tu casa Pedro? Me imagino que has tenido un día de emociones encontradas y no quisiera que por ninguna razón te desviaras de tu objetivo. Ya casi está anocheciendo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, doc no. Quiero saber lo que pasará con Nadia, si tiene familia a quien avisar, ¿que pasará con el niño? ¿A dónde se lo han llevado?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, tienes que concentrarte. Es apenas el final del primer día, dime, ¿has logrado algo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Doc, pero Nadia ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Olvídate de Nadia por un minuto! Por favor, dime, ¿has conseguido algo? ¿Has hablado con alguna? ¿Cómo sentiste tu primer cita con la doctora Leticia?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Creo doctor, y solamente creo que he hecho algunos descubrimientos referentes al origen de mi problema con las feromonas, todo concuerda con lo que suponía; el hablar con Lety, sobre Ruth, fue ciertamente liberador, aunque si estaba usted ahí debió haberlo notado, no, no me diga si estuvo o no. Le dije que no quería saber.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y respetaré eso, dime, ¿qué es eso tan importante que has descubierto?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- El olor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿El olor?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí doc, usted sabe que desde hace semanas había estado investigando sobre las feromonas, también conoce y no por mí que se ha establecido la importancia del órgano vomeronasal para la detección de las atracciones con fines reproductivos, y aunque no se ha demostrado fehacientemente que todo eso sea un hecho. Es una lástima que no me quede mucho tiempo, podríamos hacer una muy buena investigación. ¿no cree?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me parece que sí, pero aún no me explicas lo del olor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Cierto. Ese penetrante olor a cloro que me llegaba siempre cerca de una mujer extasiada. Estoy seguro de que eso no puede ser coincidencia, y tampoco es un olor que mi propio cuerpo emane, es característico y jamás lo he experimentado en una ocasión que no sea así. Y hablar de eso, el hacer un esfuerzo para recordarlo me ha hecho tomar plena consciencia de que es la verdad. Ni siquiera usted puede decirme que es descabellado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Eso no lo puedo negar Pedro, ni afirmar. Aunque  sí, es una lástima que no tengamos más tiempo para discutir al respecto. Te diré lo que haremos. No te muevas de aquí. Yo voy a ir a revisar lo que ha pasado con Nadia y ver que se puede hacer, si puedo ayudar de alguna manera. Quédate, buscaré a una doctora residente que seguramente podrá ayudarte con algo. No te vayas hasta que regrese por ti, ¿de acuerdo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí doc. Como usted diga. Aquí espero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor Horacio Sacbé salió disparado hacia el área de terapia intensiva blandiendo su gafete de médico especialista. En el camino se le acercaban enfermeras preguntándole por si algo necesitaba y alcanzándole una bata. Cuando entró a la habitación número trece del ala de cuidados especiales la vio. Ahí estaba Nadia recostada con el torso y la cabeza levantados en un ángulo de treinta grados. Él la veía por primera vez en su vida, no obstante conocía su descripción perfectamente, si algo tenía Pedro, era la cualidad de expresar la realidad siempre con las palabras exactas, y el doctor Horacio tenía una memoria excelente para sus sesenta y seis años. Observó a Nadia detenidamente paseándose por el frente y los costados de la cama, según el parte médico colocado a los pies de la paciente, había sufrido un traumatismo craneoencefálico provocado por el fuerte golpe en el lado derecho de la nuca con la cabecera del asiento, además de una severa distensión de los músculos abdominales a causa de la presión del cinturón de seguridad al momento del impacto. Cuando fue rescatada del interior de su auto volcado no había tenido signos externos de daño, pero ahora que ya habían pasado seis horas desde que el accidente había ocurrido, Nadia tenía el cuerpo lleno de moretones debido a las hemorragias internas que había sufrido, la parte derecha de su cara estaba hinchada, le habían cortado todo el rubio cabello y el ojo de ese mismo lado prácticamente no se veía por estar cubierto de apretados vendajes. Horacio Sacbé Laarv la miraba con compasión y entonces ocurrió algo inesperado. El cuerpo que yacía frente a él comenzó a temblar con violencia víctima de una intensa convulsión, no había riesgo de choque pues su garganta se mantenía ventilada y su lengua controlada, eso lo sabía muy bien el doctor, había visto en innumerables ocasiones a pacientes saliendo de un coma o de un sueño inducido de esa manera, pero de cualquier manera no quiso dejar de hacer algo por ayudarla, tomó el brazo izquierdo de Nadia y lo sujetó por la muñeca para sentir el pulso, mientras con la otra mano palpaba los hematomas del costado y del rostro. Despacio, el cuerpo de la mujer dejó de convulsionarse, y cuando el doctor estaba a punto de soltarle el brazo, Nadia abrió los ojos, Horacio la miró con interés y ella le sostuvo la mirada, intentó hablar pero los tubos que le habían insertado en la garganta para asegurar su respiración se lo impidieron. El doctor le habló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tranquila, Nadia, no te esfuerces en hablar, por ahora no hay nada que puedas decir, el equipo médico de este hospital está haciendo lo mejor que puede para ayudarte. Espero que puedas comprender que ésta no es una decisión fácil para mí. Te prometo que en treinta días, cuando todo esto haya acabado yo mismo encabezaré los esfuerzos por curarte, pero por ahora no puedo dejar que la esperanza de una persona dependa de tu estado de salud. Pedro necesita concentrarse en la labor que él mismo se ha propuesto, no es necesario que intente hablar contigo. Tú vas a estar bien, yo te visitaré periódicamente. Discúlpame.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadia no podía moverse, sus ojos permanecían abiertos con una expresión de horror, no sabía que significaban las palabras que acababa de escuchar, pero estaba a punto de descubrirlo. El hombre de bata blanca frente a su cama se había agachado junto a la mesa de la habitación y ahora se acercaba llevando una jeringa en todo lo alto. Con uno de sus largos y gruesos dedos, siguió la línea irregular que describía el catéter del suero, desde su antebrazo hasta la parte superior de la cama, en donde se hallaba la válvula de medicamentos; lentamente, el hombre insertó la aguja en la válvula y miró sin poder hacer nada como poco a poco el líquido opaco y amarillento iba entrando por el conducto. Sintió un ligero escozor en el brazo al momento en que el contenido de la inyección iba entrando en su torrente sanguíneo, tuvo una extraña reminiscencia de su pasado, recordó la escena de un accidente espantoso de madrugada en la carretera, luces rojas y azules, varias palabras tranquilizadoras y unos labios tocando los suyos delicadamente. No supo más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor Horacio Sacbé salía de la habitación con un semblante consternado, su colega, que se encontraba de guardia ese día se acercó a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Doctor, ¿qué ha pasado con la paciente?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tuvo una convulsión colega, la estuve revisando a consciencia y mucho me temo que el cerebro se ha visto afectado, aunque aún es muy pronto para hacer un diagnóstico adecuado o por lo menos acertado. Su convulsión me preocupó, mas la he sedado y yo recomendaría que así se mantuviera, al menos mientras somos capaces de averiguar qué es lo que le sucede. ¿Le comunicaría eso al neurólogo residente?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Claro que sí doctor. Cuente con ello.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No podría esperar menos, oiga, un último favor, dígame dónde puedo encontrar a la doctora Laura Velasco, tengo entendido que es también residente en este hospital y se especializa en oncología, me parece.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Oncología ocupa todo el quinto piso del hospital doctor. Ahí puede encontrar el consultorio y la oficina de la doctora Velasco. Yo pienso que a esta hora debe seguir ahí y ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El médico de guardia se quedó con la palabra en la boca pues el doctor Horacio Sacbé se había dado media vuelta y caminando con grandes y rápidos pasos se dirigía hacia el ascensor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-2254825291929600939?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/2254825291929600939/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=2254825291929600939' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/2254825291929600939'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/2254825291929600939'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/9_10.html' title='9.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-6326990176561033478</id><published>2008-11-19T23:28:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:04:02.476-05:00</updated><title type='text'>10.</title><content type='html'>El quinto piso del hospital San Jorge de Atanes estaba totalmente dedicado a los enfermos de cáncer, había cuarenta y cinco habitaciones triples para pacientes con un grado moderado de la enfermedad, quince cuartos privados y veintisiete salas, también privadas de terapia intensiva. Las habitaciones comunitarias se encontraban a las orillas del piso, los cuartos privados acomodados al centro, aislados por gruesos ventanales y las salas de terapia intensiva al fondo, rodeados por los consultorios personales y las oficinas particulares de los médicos. La doctora Laura Velasco Del Río tenía dos años de haber concluido la especialidad, pero desde que era residente en el hospital ahí se había mantenido; había sido su sueño desde que salió de la educación media superior, y jamás permitió que nada la distrajera de ese objetivo, con la sola excepción de un desliz que duró sólo un fin de semana hacía casi ocho años. Ella era alta y delgada, de piel apiñonada y cabello castaño, ondulado y enredado, hecho que la obligaba aún ahora a peinar su cabello siempre con una trenza muy apretada. Había decidido estudiar medicina motivada por los fuertes dolores de cabeza que su peinado le provocaba en la adolescencia temprana, cuando su madre y su tía le prohibieron terminantemente el salir a la calle con el pelo suelto y más adelante también la habían forzado a mantener su cabellera apretada en todo momento, incluso cuando dormía, permitiéndole liberarlo solamente para el baño. El peinado justo enmarcaba su rostro de anguladas facciones, con el mentón triangular y la boca de labios carnosos en forma de corazón. Desde los dieciocho años se acostumbró a usar largas batas blancas todo el tiempo, tanto en la facultad de medicina como en el transporte que utilizaba para llegar ahí desde la casa de huéspedes en donde vivía. Había tenido solamente un novio con el que duró todo el tiempo que estuvo en la facultad, y esa relación era bastante cómoda para ambos pues los dos sabían lo que implica la carrera de medicina, las largas horas de clase y el estudio entre éstas y el memorizar infinidad de conceptos en poco tiempo, dejan poco espacio para las actividades de pareja, y estaban conscientes de eso y estaba bien para ellos. Él nunca le fue infiel, ella sólo una vez se besó con otro hombre, el mismo con el que tiempo después tuvo una aventura que jamás olvidaría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su oficina era la última del extremo de la derecha al fondo del piso de oncología. Las paredes de un gris muy claro y la escasez de cuadros o pinturas en ellas le daban un aspecto sobrio, únicamente el título profesional y el de especialidad se encontraban colgados a espaldas del escritorio y a la izquierda, una puerta negra conducía al consultorio, que también contaba con acceso desde el pasillo. En ese momento la doctora revisaba los expedientes que contenían las historias clínicas de dos de sus pacientes que habían muerto la semana anterior, estaba concentrada recordando sus casos cuando la puerta del consultorio que daba al pasillo se abrió y ella se levantó sobresaltada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Diga?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Doctora Velasco? &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Así es, y usted es ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Doctor Horacio Sacbé a sus órdenes. No soy residente de este hospital ni tengo consultorio aquí, pero me gustaría platicar con usted, si no le molesta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Para nada doctor, y por supuesto que yo lo conozco, sé que esporádicamente trata a sus pacientes aquí. ¿En qué lo puedo ayudar?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No es precisamente a mí a quien puede usted ayudar doctora, ¿puedo pasar?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí claro, discúlpeme me tomó por sorpresa y fue descortés de mi parte, pase por favor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Afuera en la sala de espera de la recepción tengo un paciente particular que de algún modo me gustaría que usted viera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Cáncer?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, un tumor maligno en el cerebro, pero no es esa precisamente la razón por la cual quiero que lo vea. No me lo tome a mal, él ha sido ya diagnosticado y desahuciado, no hay nada que sus habilidades médicas puedan hacer por su salud física. La ayuda que busco de su parte tiene que ver con la salud mental del paciente, con la calidad de vida que él ha elegido para sus últimos días.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me preocupa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, no debería. No es nada grave, tan sólo le pido que hable con mi paciente un momento. Me imagino que ahora no tiene tiempo usted, ¿o sí?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No demasiado doctor, pero si es muy urgente puedo ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Mañana estará bien, si está bien para usted, claro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Mañana por la mañana.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro se llama, tiene una cita con la doctora Leticia Garcés, psiquiatra, a las nueve de la mañana, yo lo acompaño pero permanezco en la zona de observación en una Cámara de Gessel. Quisiera, de ser posible que usted llegara al consultorio de la doctora Leticia alrededor de las ocho y media de la mañana y que tome el lugar de la doctora en la Cámara. Ella y yo estaremos del otro lado observando.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me parece bien, pero ¿me mostrará el expediente o la historia clínica del paciente?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Si me permite un abuso de confianza, se lo daré al terminar la charla con el paciente, con Pedro. Sólo le pido una hora o máximo dos horas de su tiempo mañana.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Puedo confiar en usted doctor? Sus credenciales lo avalan, pero no puedo dejar de sentir una ligera turbación con la idea de ir sola a un consultorio ajeno a ver a un paciente sin conocerlo previamente y sin antecedentes. Sólo dígame algo que me tranquilice doctor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Si usted lo prefiere podríamos venir aquí, puede ver a Pedro en su oficina, nosotros esperaríamos en el consultorio. O es más, no es necesario que estemos presentes, simplemente permítame grabar en audio la conversación, no te pido más.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- De acuerdo Horacio, si no hay inconveniente con ustedes, en verdad preferiría recibirlos aquí. Tal vez cuando lo haya conocido, y a la doctora Leticia también podríamos hacer ese experimento. Discúlpeme, me sentiría mucho más segura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No se preocupe Laura, le aseguro que va a ser la única vez que hable con este paciente, quizá después pediré su opinión clínica, pero lo que me interesa en este momento es que Pedro hable con usted.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Los esperaré a las nueve de la mañana entonces.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias por su tiempo Laura, y gracias por aceptar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Puede usted hablarme de tú, doctor. Por favor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Te lo agradezco de nuevo Laura, te pido que tú hagas lo mismo. Ahora debo irme.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Bien Horacio, mañana te veré.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor Sacbé se levantó de la silla, con una mirada y un asentimiento de cabeza se despidió de la doctora Laura y al salir no pudo evitar echar una discreta mirada a sus piernas a través del reflejo del cristal junto a la puerta. Sintió calor en el pecho, pero se contuvo y volteando a ver a la doctora con una sonrisa genuina, salió de la oficina. Al cerrar la puerta tras de sí se detuvo un momento, un pensamiento le cruzó por la cabeza pero decidió no volver a entrar, esa información podía esperar a mañana, no era siquiera necesario que ella lo supiera. Se alejó con el mismo paso largo y veloz con rumbo a la sala de espera de la recepción en donde se encontraba Pedro sentado, abatido y con la cabeza entre las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Ya sé lo que estás sintiendo, la cabeza te estalla pero no puedes perder ahora el sentido. Yo estoy aquí y no permitiré que suceda, no puedes dejarme de lado, ya formo parte de ti, hasta el final que se acerca rápido como un bólido listo para estrellarse de frente contra tu vida. ¿Puedes sentirlo? ¿El olor? Todo este hospital hiede, apesta, y eso sólo logra que me apodere más y más de tu consciencia. Sigue tu olfato, ¡levántate! ¡Ya!”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro se levantó como un autómata y caminó sin saber a ciencia cierta hacia donde se dirigía, subió escaleras y dobló esquinas, tenía la impresión de que encontraría algo al final del pasillo, y se estaba preparando para lo peor. Era extraño que no se topara con ningún médico ni con ninguna enfermera que le cortara el paso, pero no le prestó mucha atención, lo único que escuchaba era esa voz dentro de su cabeza, la misma que le había hablado en sueños y lo había despertado esa mañana. A lo lejos, el bullicio del hospital parecía venir en su totalidad de detrás suyo, y al frente, la puerta con el número trece en plateado. Despacio, tomó el picaporte, lo giró, empujó y se asomó al interior. En la cama de la habitación, una figura yacía tras las cortinas completamente corridas y el monótono y desafiante bip del monitor de ritmo cardiaco le imprimía a la escena un toque espeluznante. Sin cerrar la puerta se acercó, tocó con la punta del dedo índice la cortina azul que tembló ligeramente, sintió un aire frío en la espalda al tiempo que le comenzaban a punzar las sienes, corrió con fuerza las cortinas que al abrirse le revelaron el estado lastimero en que Nadia se encontraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Perdóname Nadia, no estoy seguro de que puedas escucharme pero solamente quería venir a decirte que lo siento, lo siento por todo, por haberte engañado y por haberte usado. Nunca te lo dije, pero esa noche en el motel fue maravilloso, pocas veces en mi vida sentí tal placer estando con alguien como ese día, contigo. No sé porqué te lo digo ahora pero sí sé porqué no te lo dije entonces. Era un imbécil, ambos teníamos dieciséis años, y ya sé que no es pretexto. No sé si lo nuestro fue relevante o no en el resumen de tu vida, pero hoy quiero decirte que para mí lo fue. Y no hay nada que ahora quisiera más que estar en tu lugar, yo no tengo ya nada, estoy condenado a morir en treinta días. Tú tenías un hijo, y ahora está muerto y tú tal vez aún no lo sabes y quizá jamás lo sepas si es que no logras despertar. Si me permites, quisiera besar tus labios una vez más, quizá la última, sentir de nuevo un poco de la magia que tú y yo hacíamos juntos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió la cabeza y vio que la puerta seguía abierta, regresó para cerrarla pero una mano pequeña y velluda se lo impidió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Quién es usted? Estoy buscando a mi esposa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Mi nombre es Pedro, yo, yo la traje, es decir, yo ayudé en su rescate y vine en la ambulancia, sólo eh, solamente quería asegurarme de que estuviera bien.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Es ella?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ella es la mujer que sufrió el accidente, ¿es ella tu esposa?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Disculpa, me llamo Iván Salas, ¿es mi esposa? Nadia García.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora lo recordaba, ese hombre de mediana estatura, flaco, desgarbado y ligeramente encorvado, con el cabello escurrido color paja y la cara amarilla. Tenía grabada en la mente la imagen de esa cara burlona, más de quince años atrás, alejándose desde un auto compacto, señalándolo después de haberle lanzado un pequeño explosivo que le hizo impacto bajo la rodilla izquierda, quemándolo. Tuvo ganas de golpearlo en ese instante y quizá Iván lo haya notado en su rostro porque retrocedió un par de pasos. Se habría sentido tan bien en ese instante el estrellar su cabeza contra el piso, el burlarse de su dolor como él lo había hecho antes, pero Pedro se contuvo. Este asunto no se trataba de él, era ella, era Nadia. De la que ahora habría de despedirse en silencio y sin tocar sus labios por última vez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ella es Nadia. Está en coma. Tu hijo está muerto, por cierto, pero no sé a dónde lo llevaron. Espero que ella se recupere, si lo hace, dale mis saludos por favor. Dile que Pedro estuvo aquí cuidándola, ella sabrá quien soy.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin esperar respuesta, Pedro salió de la habitación y cerró la puerta, aún se quedó un segundo con la mano apretando fuerte el picaporte y los ojos se le humedecieron mientras con la boca hacía una mueca tratando de reprimir un grito de llanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se alejó de ahí, llegó a la sala de espera y decidió no contarle al doctor Horacio sobre lo que acababa de ocurrir, no por el momento.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-6326990176561033478?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/6326990176561033478/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=6326990176561033478' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/6326990176561033478'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/6326990176561033478'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/10.html' title='10.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-2166106698274025445</id><published>2008-11-18T23:30:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:04:36.772-05:00</updated><title type='text'>11.</title><content type='html'>El doctor Horacio Sacbé Laarv encontró a Pedro donde lo había dejado, en la sala de espera de la recepción del hospital San Jorge de Atanes. Eran casi las diez de la noche. Ambos se miraron y al instante supieron que había algo que ocultar, pero habían sido suficientes diligencias por este día, mañana habría tiempo suficiente para hablar y entonces decidieron seguir con el juego de los secretos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, ¿nos vamos?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, sí doctor, estoy cansado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se encaminaron juntos a la salida. En silencio subieron al auto del doctor Sacbé, de marca inglesa y de importación, lleno de lujos en los interiores pero sin ser ostentoso, negro y siempre brillante e impecable. El tipo de auto que tendría un hombre exitoso de sesenta y seis años. Mientras conducía, Pedro lo observaba. Le parecía mucho más viejo de lo que recordaba, pero tal vez era él mismo el que había decrecido mucho en poco tiempo. El cabello del doctor Horacio había encanecido tan gradualmente que Pedro difícilmente podía recordarlo de cabello oscuro, pero aún podía, si se concentraba, ver la pared de la casa de sus padres en donde estaba el retrato del día de su casamiento. Su padre, tal y como lo recordaba, alto y fornido haciéndole honor a su apodo ‘el Toro’ Ortiz, el bigote perfectamente recortado y el cabello engominado; su madre se veía hermosa, pequeña y de cara redonda con un peinado encrespado como era la moda en esos días. A sus costados, los padrinos de bodas. El doctor Horacio Sacbé y su esposa, doña Verónica del Merín Castañeda. A Pedro siempre le había fascinado esa fotografía. La época antigua y la juventud que no regresaría tenían su símil perfecto en ese cuadro de dos metros por uno y medio. Que diferente se miraba el doctor, manejaba con suavidad y destreza, pero entrecerraba los ojos para enfocar entre las luces de la calle, sus manos firmes en el volante mas se notaba ligeramente encorvado hacia adelante. Ahora se sentía un tanto intranquilo y por primera vez en el día, pensó en su madre. La profunda voz del doctor lo sacó de sus pensamientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué habías estado haciendo? En el hospital, me refiero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Esperándolo doctor, sólo esperando y pensando. ¿Sabe que ha pasado con Nadia? Me parece que ha tardado bastante.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Nadia está inconsciente Pedro, no recomendaría que la vieras, has hecho suficiente por ella, me da gusto que la hayas visto, aunque haya sido en estas condiciones tan trágicas. ¿Este tiempo que estuviste solo, te ha ayudado a recordar? ¿Lo has hecho?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- He pensado bastante doctor, ¿sabe si lograron contactar a los familiares de Nadia? ¿Qué ha pasado con su hijo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Eso no lo sé, prácticamente todo este tiempo estuve en su cuarto, revisándola, y como bien lo dijiste desde el principio, entre sus cosas no pudieron encontrar ninguna información para contactar a algún familiar. Pero no te preocupes, estoy seguro que máximo en un par de horas lograrán encontrar a alguien, en el hospital o en la policía, una vez que hayan terminado con la investigación del accidente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Eso espero, no tuve la oportunidad de despedirme de ella.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y mucho me temo que ya no la tendrás, soy pesimista en cuanto a la posibilidad de que ella despierte antes de treinta días.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Está bien, quedamos en buenos términos. Desde entonces. Y creo, solamente creo, que pudo verme por un segundo antes de quedar inconsciente, cuando llegué hasta ella para intentar su rescate, el ver sus ojos y el saber que ella vio los míos me reconforta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Por su bien, y principalmente por el tuyo deseo que haya sido así. Pedro, tengo algo más que decirte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Dígame doc.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Mañana habremos de volver al hospital San Jorge de Atanes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Veré a la doctora Leticia allá?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, pero antes, hay alguien más a quien me interesa que veas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían llegado al departamento de Pedro, el doctor Horacio guardó silencio y él en verdad se sentía cansado como para exigirle información, le dijo afectuosamente adiós y entró. Se despojó de la camisa, se miró al espejo y el mismo rostro de la mañana le devolvió la mueca de hartazgo. Se lavó la cara y los dientes y se fue a la cama. Apenas puso la cabeza en la almohada y se durmió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un tiempo que le pareció muy corto abrió los ojos, estaba solo en su cuarto y acostado sobre su costado izquierdo, lo primero que percibió su mirada fue la televisión de pantalla plana de cuarenta y dos pulgadas que le había regalado su madre cuando le fue diagnosticado el tumor. Volvió a pensar en doña Helena, pero ya no se preguntaba el porqué lo había abandonado en los momentos más álgidos de su convalecencia, cuando a un mes de estar en tratamiento, la radioterapia había fracasado y los químicos lo debilitaban, no le costó mucho trabajo el tomar él mismo la decisión de abandonar cualquier intento por curarse, eso su madre no pudo perdonárselo, sentía que se estaba arrancando él solo de la vida cuando aún tenía esperanzas, al menos ella las tenía. Por costumbre o por instinto tomó el control que yacía inerte sobre el buró y oprimió el botón de encendido. El resumen deportivo del día se paseaba frenético ante sus ojos que no soportaron mucho tiempo más la luminiscencia  y se cerraron. La débil luz que traspasaba sus párpados lo incomodaba y no sentía que se fuera a quedar dormido pronto, pero el cuerpo le pesaba sobremanera y no tenía ganas de voltearse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se vio a sí mismo tomando a Cristina de la mano por primera vez, de inmediato se dio cuenta que estaba dentro de un sueño, aquello simplemente no podía ser real. Ella había llegado a su vida para salvarlo de una relación totalmente destructiva. Pedro se enredó con una mujer que no le gustaba, ni siquiera lo excitaba en demasía, su nombre era Karla, pero era muy difícil el terminar con ella, siempre que lo intentaba, irremediablemente terminaban teniendo sexo, y una clase de sexo que no era fenomenal, difícilmente se podría calificar como bueno, pero a Pedro le satisfacía de momento, además no eran novios ni nada parecido así que él podía sin ningún problema salir con otras mujeres. Había pasado casi un año desde la fiesta de Jahayra y aunque no había vuelto a saber nada de ella, no estaba arrepentido, si acaso su único remordimiento era el haber involucrado a Nadia, la que en otra circunstancia podría haber sido su mujer ideal, pero ahora solamente tenía diecisiete años y toda la vida por delante, si Nadia era la mujer para él, eventualmente se encontrarían. Pero eso jamás sucedió. La noche en el motel había sido mágica y perfecta para ella también, pero en cuanto lo vio abrazando y besando a Karla, todo lo que sentía por él se rompió, se juró a sí misma que no volvería a estar con él, ni siquiera a verlo, y mucho tiempo lo hizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sueño se movió de lugar, ahora, Pedro se veía sentado al lado de la cancha de básquetbol de la escuela preparatoria esperando a que terminara el partido entre un equipo de segundo año contra uno de primero, para que pudiera comenzar el duelo de su equipo, el del tercer grado grupo uno contra el grupo dos, también de tercero. El encuentro marcaría su debut en el básquetbol escolar y estaba nervioso. En un momento,  vio que Karla venía caminando hacía donde él estaba agitando los brazos y con un oso de peluche en las manos vestido como basquetbolista. Una de las porristas de segundo grado lo notó desde que llegó a sentarse a ese lugar, pero al verlo preocupado se sentó a su lado y Pedro se sorprendió un poco, pero de inmediato clavó su verde mirada en los ojos de la chica y recuperó el temple.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Hola! ¿Vas a jugar?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Así es, va a ser mi primer juego. ¿Eres de segundo verdad?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, sí, me llamo Cristina, ¿y tú?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ya te había visto, con tu mujer esa del oso de peluche.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Argh, no es mi mujer. Sólo es encimosa y me abraza y me regala cosas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ay, y me vas a decir que eso no te gusta ¿no?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me gusta que me regale cosas, pero me da pena, por ejemplo, que alguien como tú, hermosa y divertida me vea con ella. Se oye feo, pero no me gusta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ja, sí, lo sé, ella es fea, no sé cómo es que anda, o bueno, no me podía imaginar cómo es que alguien como tú andaba con semejante adefesio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Bueno, ahora ya sabes que no ando con ella.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, pero a lo mejor ella no lo sabe, mira, aquí viene.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Confiarías en mí?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí pero, ¿por qué la pregunta?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro interrumpió a Cristina con un beso pequeño en la boca, habían quedado en una posición ideal para besarse y él, sin separar sus labios de los de ella le tomó las manos. Un toque eléctrico le recorrió todo el cuerpo, desde el punto en que su piel tocaba la de ella hasta la punta de sus pies. De pronto el mundo perdía por completo el sentido. Toda la magia que hasta ese entonces solamente había sentido con Nadia, a ratos, le parecía juego de niños comparado con lo que los besos de esta chica que no conocía más que por unas cuantas palabras que habían cruzado le estaban provocando. Era sólo un ligero roce de labios y manos, pero lo llenaba de tal manera que nada más importaba. Abrió los ojos lentamente y vio frente a sí la delgada nariz de Cristina, los grandes ojos cerrados y las pocas pecas que le recorrían espaciadamente las mejillas y el tabique nasal. Detrás de su magnifico cabello negro azabache, Karla lanzaba al piso el oso de peluche y se alejaba con la cabeza mirando al suelo. Pedro no volvería a verla ni a saber de ella jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Me besaste!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Discúlpame, ¿te molestó?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, no, no, no, al contrario.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿De verdad? ¿No estás enojada?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me gustas desde hace mucho y este beso fue, fue mágico, ¿lo sentiste?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo sentí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvieron a acercarse y un segundo toque eléctrico los recorrió a ambos. Pedro creyó percibir un olor penetrante, que lejos de disgustarle, lo hacía sentir más ganas de seguir besando a Cristina. Olía a cloro, pero pensó que había alguien cerca que recién salía de la alberca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro abrió los ojos y sonrió. Había sido un buen sueño y había sido real, así era tal y como lo recordaba; ya eran las siete de la mañana, tenía que alistarse pues dentro de una hora el doctor Horacio pasaría por él para llegar a su nueva cita, ahora en el hospital San Jorge de Atanes. Siempre que pensaba en Cristina sonreía, pero al salir de bañarse, las sienes le punzaron levemente, la imagen de Marisol apareció en su cabeza y ya no se fue en todo el día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El timbre del departamento sonó a las ocho en punto de la mañana y Pedro, por un instante, tuvo la esperanza de que Marisol lo esperara en la puerta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-2166106698274025445?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/2166106698274025445/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=2166106698274025445' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/2166106698274025445'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/2166106698274025445'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/11.html' title='11.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-721190889422881512</id><published>2008-11-17T23:52:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:05:06.817-05:00</updated><title type='text'>12.</title><content type='html'>Pedro se había vestido con su mejor traje, al menos el mejor de los que pudo rescatar de la casa que hasta hacía seis meses compartía con Marisol. Una única vez volvió después de haber salido apresuradamente esa mañana y sólo fue para recoger algo de ropa en compañía de su madre. Se había dado cuenta de que Marisol no había puesto pie ahí tampoco, las cosas estaban tal y como las había dejado excepto por la delgada capa de polvo que lo cubría todo, y aun con la seguridad relativa de que Marisol no llegaría mientras estuvieran ahí, no quiso tardarse demasiado, toda la casa le traía recuerdos de ella y no quería hacerse a la idea todavía de que lo más probable era que no la viera nunca jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se miró al espejo por última vez antes de salir. El traje completamente negro escondía a simple vista la camisa del mismo color, la corbata con vivos y texturas doradas le daba el contraste necesario al combinarse con la palidez de su rostro sombreado por la barba a medio crecer que no se había afeitado mas sí recortado muy bien. El cabello lo había peinado hacia atrás, y parecía que estaba listo. Salió del departamento cuidando de no ensuciar los limpios y lustrados zapatos con la alfombra desgastada que no había sido cambiada desde que Pedro lo recordaba. Una profunda conmoción lo invadió de repente y comenzó a hiperventilar, se detuvo en el descanso de la escalera y la imagen de Marisol se le aparecía una y otra vez entre sus pensamientos, las sienes le pulsaban y las fosas nasales se le dilataban con la sensación del olor intenso y penetrante a cloro. No lo entendía, era cierto que en el hospital lo había percibido vagamente, pero lo adjudicaba al olor característico de los hospitales, y ahí estaba, más presente que nunca antes en los últimos seis meses, se acordaba perfecto del ataque de feromonas de la última vez que estuvo con Cristina, era lo mismo que estaba sintiendo ahora, pero no podía desmayarse, no aquí, no ahora. Se aferró a la consciencia lo más que pudo, quiso agarrarse de un recuerdo y lo primero en que pensó fue en ella, en Marisol, en la manera en que el escotado vestido negro se pegaba a sus curvas mientras bailaba frente a él. Había respondido muy bien a su acercamiento, le sonreía y lo miraba a los ojos. De entre todas las mujeres que había conocido hasta entonces, Cristina había sido la única que era capaz de sostenerle la mirada, y en ese momento se encontraba con ella, esa hermosa fémina que lo había maravillado desde que la miró por primera vez, tan diferente a las demás con las que había estado, tan diferente a él mismo pero a la vez tan parecida. Bailaba con ella, irradiaba energía y él olvidó por completo que Cristina estaba sola y triste, encerrada en su casa, y que en esa misma fiesta estaba Carlos, tal vez manoseando a Diana, su asistente. Sólo tenía ojos para Marisol, pero quería más, quería su piel, quería sus brazos, quería sus besos, quería su sangre, quería su amor, quería su alma. La tomó por la cintura y temió por un instante que se resistiera, pero eso no ocurrió. Ella, sin dejar de moverse sensualmente le rodeó el cuello con los brazos, esos brazos blancos y delgados que sintió con sus mejillas, y eran tan suaves, y olían tan bien, a ese perfume que jamás se podría quitar de sus recuerdos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió los ojos, el mareo había desaparecido pero el intenso cloro le llenaba la nariz y casi le hacía estallar la cabeza. De su cartera sacó un par de pastillas, las mismas que el doctor Horacio Sacbé le había recetado para disminuir las migrañas que lo atacaban desde que tenía veinte años. Hacía cinco años, el día anterior al día de la fiesta en la obra de su hermano Alejandro en que conoció a Marisol había sido la última vez que había sufrido un ataque parecido, pero desde que ella entró a su vida se habían terminado. Sin importarle el horrible sabor del medicamento se metió las dos pastillas a la boca, cerró los ojos fuertemente y las masticó, tenía los labios y la garganta seca pero logró tragárselas ya hechas polvo. Cuando levantó de nuevo los párpados se encontró de frente con la doctora Leticia Garcés enfundada en un vestido negro, corto a la rodilla, ligeramente escotado y sin mangas, sus hombros estaban cubiertos por una mascada, también negra y con vivos plateados; ella se retiró el cabello que le caía sobre la cara con un movimiento delicado de su brazo derecho y se acercó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, ¿te sientes bien? Tenemos diez minutos esperándote, el doctor Horacio y yo ya estamos listos para ir al hospital. ¿Pasó algo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, Lety, estoy bien, es sólo la migraña, parece que ha vuelto esta mañana.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ven conmigo, te ayudo a bajar, toma mi mano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leticia tomó a Pedro por su brazo izquierdo y éste, a pesar de la tela del traje y la de la camisa que separaban su piel de la de ella, la sintió. Unos brazos suaves que estaban ahí para abrazarlo. No pudo evitar el volver a pensar en Marisol y las sienes le palpitaron tanto o más fuerte que el corazón. Se forzó a no pensar en ella, entrecerró los ojos y volvió la cabeza hacia su izquierda, el escote del vestido de Leticia dejaba ver el comienzo de sus senos turgentes que subían y bajaban al ritmo que les imprimía su respiración agitada por el esfuerzo de bajar la escalera sosteniendo a Pedro. Él pudo notar que también tenía pecas en el pecho, sintió un temblor en su entrepierna dentro del pantalón del traje y lo invadió un deseo inaudito por tomar esos senos entre sus manos, acariciarlos en toda su circunferencia y apretarlos, amasarlos hasta hacerla gritar, apretar sus pezones, llevárselos a la boca y morderlos con furia. Su mano derecha se acercó lentamente por debajo en dirección al cuerpo deseable de Leticia, aún no rebasaba la frontera imaginaria de su propio cuerpo cuando tuvo que detenerse en seco al escuchar que la puerta del edificio se abría con un golpe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Pedro!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor Horacio Sacbé se veía perturbado, seguramente al entrar y ver la escena habría adivinado las intenciones de Pedro, pero él volvió a cerrar los ojos y dejar caer lánguidamente el brazo derecho sobre su costado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, ¿me escuchas?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Eh? Sí, sí doctor, perdóneme, la migraña volvió.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Podemos cancelar la cita si lo prefieres.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Se puede?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Claro que se puede, ven, te llevaremos de nuevo a tu departamento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias doc, gracias Lety.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La doctora Leticia le sonrió tímidamente y sus mejillas se ruborizaron de manera por demás notoria; los ojos de Pedro se iluminaron cuando en la maniobra para voltear y comenzar a subir logró verle de nuevo los senos a través del escote, y esta vez un poco más, un pequeño esbozo del encaje de su negro sostén. Sabía que con el doctor Horacio presente jamás podría acercarse lo suficiente para tocar el cuerpo de Leticia con las manos y que pareciera accidental. Parecía un adolescente, ese adolescente que hace un poco menos de veinticuatro horas había cobrado vida por medio de sus palabras en el consultorio de la terapeuta, pero no podía evitarlo, el deseo que le había provocado era ya innegable. Rezaba porque no se le notara demasiado. El doctor Sacbé abrió la puerta del departamento con la llave que él tenía para un caso de emergencia desde que Pedro fue diagnosticado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Espera aquí Leticia, por favor -&lt;/span&gt; Pidió con amabilidad el doctor señalando con un movimiento de cabeza hacia la sala. Leticia obedeció de inmediato y Pedro sintió que el calor junto a su cuerpo se alejaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro, mientras caminaba rumbo a la habitación aún sujeto del brazo del doctor Horacio, trató de mirar de reojo como Leticia Garcés se sentaba en el mullido sillón que había elegido para esperar. Lo hizo lentamente alisando el vuelo del vestido, desde las nalgas hasta las corvas pasando por toda la parte posterior de sus muslos, él se imaginó sus propias manos acariciando las torneadas piernas que ahora mostraba la doctora al cruzarlas sensualmente. Cuando el pasillo comenzó la perdió de vista. Entraron en el cuarto y el doctor prendió la televisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Recuéstate por favor Pedro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Sí doc, gracias por todo. ¿Qué pasará con la persona que quería que viera hoy en el hospital?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- No te preocupes, ella entenderá.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Es una mujer entonces.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Lo siento Pedro, fui descuidado, pero creo que no tiene caso que te lo oculte, eso al menos. Sí, es una mujer y me tomé la libertad de citarla, sé que te será de utilidad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- No va a decirme de quien se trata ¿verdad?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y arruinar el suspenso? ¡Jamás!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Confío en usted, lo sabe.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Y lo agradezco. Debo irme ahora, no te levantes ya, yo cerraré la puerta. Trata de descansar Pedro, ayer fue un día de muchas emociones para ti, y me imagino que no todas agradables.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Y las que faltan doc.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Mañana vendré por ti a la misma hora.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Muy bien.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro descansó la cabeza en la almohada, todos sus pensamientos se concentraban en Leticia, en su escote, en sus piernas, en la turbación que le había notado cuando le contó la historia de su primera vez. Cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos la cabeza había dejado de dolerle, no sabía cuanto tiempo había pasado, pero alguien tocaba el timbre con desesperación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó rápidamente, aún estaba completamente vestido y la luz de sol que entraba por las ventanas le decía que no podía ser más tarde de las nueve de la mañana, había dormido poco más de una hora. Abrió la puerta sin ver la mirilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Perdón si te desperté, pero no pude dejar de notar la forma en que me mirabas, tampoco pude evitar el darme cuenta de tu erección cuando te tomé del brazo. No quiero molestarte, yo solamente quería ...&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-721190889422881512?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/721190889422881512/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=721190889422881512' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/721190889422881512'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/721190889422881512'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/12.html' title='12.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8031685163022973367</id><published>2008-11-16T23:21:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:58:58.293-05:00</updated><title type='text'>13.</title><content type='html'>La doctora Leticia Garcés Padró estaba de pie frente a Pedro. Él le lanzó una mirada de deseo, un deseo que había estado conteniendo desde la mañana, cuando se despertó descubriendo que su mano estaba dentro de sus pantalones, no sabía si se había masturbado entre sueños o se la había llevado hasta ahí mientras soñaba con sus mujeres. No se preocupó por su erección matutina, era normal, pero pensó mucho en los seis meses anteriores que había pasado con nula actividad sexual; al principio, el recuerdo de la última y desastrosa vez con Cristina lo atormentaba, después de que el tumor le fuera detectado y de que comenzara el tratamiento, éste mismo se había encargado de prácticamente llevar su libido hasta niveles ínfimos. Además de sentirse poco atractivo, sin cabello ni barba ni rastro alguno de pelo facial, ni siquiera cejas o pestañas, los brazos antes fuertes y marcados ahora colgaban con el músculo convertido en pellejo flácido, estaba delgado como nunca antes en su vida, irónicamente su abdomen había crecido hasta transformarse en una bolsa amorfa y sus mejillas siempre redondeadas estaban hundidas acentuando sus pronunciados pómulos. Se deprimía con el solo hecho de verse desnudo al espejo, su pene disminuido ya ni siquiera podía decirse que se balanceaba, sólo estaba ahí, empequeñecido y apuntando al suelo, a pesar de que jamás se vanaglorió de su tamaño dado que no conocía otros penes que no fueran el de su hermano y el de su padre, pero no guardaba memoria de eso, había sido hacía muchísimos años ya, se sentía poco hombre y poca cosa. Y esa había sido la principal razón de que haya decidido abandonar el tratamiento, en esos días había comenzado a plantear sus teorías sobre las feromonas y estaba convencido de que ya no acabaría, los químicos que tomaba todos los días lo mantenían sometido y no podía pensar claramente, además de su paupérrima apariencia física. Pero ahora estaba bien, había recuperado el tono muscular y tanto el cabello como la barba le habían vuelto a crecer a su ritmo habitual, aún vestía el traje negro, la camisa y la corbata, ni siquiera se había quitado los zapatos al recostarse, se sentía bien, poderoso y atractivo y tenía frente a él a una mujer deseable y lo que era aun mejor, totalmente excitada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leticia comenzó a hablar pero Pedro la interrumpió al instante colocando su dedo índice sobre sus labios y acercándose a ella, rozó la totalidad de su boca con los dedos de la mano derecha y por fin pudo alcanzar su cintura con la izquierda. Él clavó la mirada verde en sus ojos pequeños y tal como lo imaginó, ella no fue capaz de soportarla durante mucho tiempo, se dio perfecta cuenta de cómo ella bajó sus párpados para observar su boca. Pedro mordió despacio su propio labio inferior y acto seguido se los enjugó con la lengua, Leticia arqueó ligeramente a espalda revelando  la turgencia de su pecho que se inflaba y crecía con cada respiración, que para entonces ya era muy rápida. Lentamente le acarició el rostro con el dorso de la mano derecha rodando los dedos que aún permanecían en sus labios hasta la mejilla. Las manos de Leticia dejaron de estar inmóviles a sus costados y mientras la izquierda subía hasta tocar la mano de Pedro junto a su cabello, la otra se elevaba por el frente, con un ritmo tranquilo le rozaba la barba provocándole un espasmo que le recorrió desde el mentón hasta el último rincón de su cuerpo, él cerró los ojos y echó la cabeza suavemente hacia atrás, lo que hizo que ella recorriera su cuello apenas tocándolo con las puntas de los dedos y llegando hasta el nudo de la corbata, metió las manos dentro de la parte superior de la camisa y con una habilidad que le sorprendió hasta a ella misma desabrochó el primer botón y jaló la corbata liberando un poco de la presión que le ejercía en la garganta y haciendo que él volviera a mirarla, con otro movimiento rápido logró despojarlo del saco que cayó sobre la alfombra sin hacer ruido. Pedro iba adueñándose más y más cada vez de su cintura, sintiendo y palpando y acercándola a él un poco con cada movimiento hasta que llegó el punto en el que los cuerpos estaban unidos y Leticia podía sentir la dureza que de entre los pantalones de Pedro se le clavaba en el vientre, mientras que sus senos se apretaban contra su pecho haciendo que el escote bajara y quedara a la vista de nuevo el encaje negro de su ropa interior. Soltó la mano derecha que aún le acariciaba el rostro e intentó separarse un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo solamente quería decirte algo, Pedro, escúchame ... - Leticia hablaba con dificultad y entre gemidos, pero por segunda ocasión en menos de cinco minutos, no pudo terminar su frase.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sh, Lety, no digas nada, por favor, no hables.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Necesito decírtelo Pedro, no sé que me pasa, yo ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿No puede esperar? -&lt;/span&gt; Pedro apretaba a Leticia contra su cuerpo aún con la mano y los dedos liberándose del estar enredados en el largo cabello castaño de destellos rubios y dando un fuerte empujón a la puerta para cerrarla, conduce a su presa hacia adentro, hacia la sala. Leticia se dejó llevar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No estoy segura, pero a estas alturas da lo mismo antes que después - Pensó por vigésima vez lo que tenía que decirle a Pedro y como cada vez que lo hacía, sentía que no era una buena idea, pero era justo que él lo supiera. Sin embargo la cercanía de su cuerpo deseable la hacían sudar y gemir. Volvió a acordarse de la fiesta en la que había estado con Guillermo por primera y única vez y  el último orgasmo que había tenido en su vida. ¿Estaba lista para sentir con tanta intensidad de nuevo? La historia de Pedro no era precisamente la de un buen partido, era cierto, había estado casado casi cinco años y según lo que le había contado el doctor Horacio Sacbé, no había evidencia de que alguna vez haya engañado a su esposa Marisol. Pero el fantasma de la relación que él tenía con su antigua novia y confidente, Cristina, la incomodaba bastante. - Pero ¿qué barbaridades estoy pensando? - Se dijo. Se estaba imaginando de la mano de Pedro paseando por alguna playa indeterminada, hablando, riendo y abrazándose periódicamente. - ¡No puedo enamorarme de él! - Se repetía mentalmente con el propósito de quitar esa imagen de su cabeza. Simplemente no era posible, lo conocía en persona hacía solamente un poco más de veinticuatro horas, y aunque conocía su historia por los antecedentes que el doctor Horacio le había confiado, no dejaba de ser un desconocido. Un desconocido que le estaba robando el aliento, un desconocido que la tenía recostada en el sofá de su departamento, un desconocido que le besaba el cuello y la cara con tanta vehemencia como no estaba segura de que alguien se lo haya hecho antes, un desconocido cuya barba cerrada le raspaba provocándole estremecimientos en todo el cuerpo, un desconocido que la tenía fuertemente sujeta por la cintura sin posibilidad ni deseos de escapar, un desconocido que le acariciaba las pantorrillas con la combinación exacta de presión y suavidad que le hacían querer gritarle que se apresurara y se moviera hacia sus muslos, hacia el interior de ellos, que se deshiciera de su ropa interior y la tocara entre las piernas con esos dedos que la hacían volar, que la despojara por completo de su ropa y la dejara a ella hacer lo mismo con la suya, que la sometiera y que hiciera de su cuerpo lo que quisiera. Y se abandonó, dejó de pensar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro se abocaba a besar cada milímetro cuadrado de la piel visible de Leticia, pero se resistía a besarla en la boca, eso la volvía loca, podía notarlo perfectamente; posaba sus labios y hacía presión con ellos sobre sus párpados, en su nariz, con la punta de la lengua intentaba dar pequeños toquecitos en todas y cada una de las pecas que le atravesaban las mejillas, abría la boca grande y mordía muy suavemente pero procurando abarcar la mayor superficie posible, cerraba los dientes despacio hasta escuchar el gemido de dolor y seguía, raspaba el cuello con los pelitos de su propio mentón, se aventuraba con sigilo a seguir mordiendo por los hombros, bajaba ahora velozmente con la lengua hasta tocar la parte superior de sus senos, con los dientes intentaba separar el sostén negro de encaje y luego lo regresaba a su lugar para seguir besando la clavícula, seguir recorriendo el largo del brazo y al llegar a la mano, uno por uno chupar delicadamente todos los dedos terminados en largas uñas pintadas de negro. Leticia se había abandonado al placer y ya no oponía ningún tipo de resistencia, por el contrario, respondía a cada uno de sus movimientos con el complemento ideal, parecían dos amantes experimentados y doctorados cada uno en el cuerpo del otro. Las manos de Pedro habían alcanzado ya los muslos de la doctora, gruesos, largos, duros, prácticamente lisos y en lo absoluto libres de vello reaccionaban ante las caricias erizando la piel. Él quería escucharla gritar, clavó las puntas de los dedos de ambas manos en la correspondiente pierna, no tenía las uñas crecidas, pero la presión de las yemas sobre los muslos fue suficiente para hacer que Leticia profiriera un gemido mayúsculo. Pedro aprovechó la momentánea convulsión de ella para subir las manos hasta su cadera y hábilmente deslizar cada uno de sus dedos medios debajo de la cinta lateral de sus bragas, hizo una ligera torción y despacio jalaba hacia sí liberando el pubis de su húmedo encierro. Al hacer esto, las piernas de Leticia se juntaron y se elevaron, Pedro tuvo ante sus ojos el sexo completamente depilado de la doctora y no pudo apartar su mirada de ahí mientras sus manos continuaban recorriendo sus extremidades para remover la ropa interior también negra y con el encaje haciendo juego con el sostén. Una vez que las bragas llegaron a los tobillos, él se dio tiempo para desabrochar las cintas de los zapatos de tacón alto que ella no había tenido tiempo de quitarse, así lo hizo y la alfombra apagó el sonido de los tacones al caer; Pedro volvió a recostarse sobre Leticia y al tiempo que jugueteaba con la ropa interior en la mano izquierda, la derecha la deslizaba con la palma completamente abierta y los dedos tamborileando a veces lento y a veces un poco más rápido sobre el muslo de ella y subiendo hasta levantar el vestido negro dejando expuesto su vientre. Aunque seguía evitando juntar su boca con la suya, no resistió y con un movimiento violento mordió el labio inferior de ella haciéndola gemir y sin que ella se diera cuenta, se guardó las bragas de la doctora en la bolsa izquierda de su pantalón del traje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Vamos adentro, ¡quiero estar en tu cama ahora! -&lt;/span&gt; Leticia tuvo que hacer un esfuerzo muy grande para lograr articular esa frase. Durante la mayor parte de su vida, siempre se había reprimido en el terreno sexual, le costaba trabajo decir lo que le gustaba o pedir que le hicieran algo en específico. De la noche en que estuvo con Guillermo no tenía recuerdos claros, sólo sabía que había sido increíble y que ella había estado fenomenal según él mismo le contó después. Y esta mañana tenía toda la intención de recordar cada detalle, por pequeño o insignificante que pareciera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro la obedeció, sin decir palabra alguna la tomó por los muslos, ella le rodeó con sus brazos el cuello y el le plantó con un par de golpes ligeros las palmas de sus manos completamente abiertas en las nalgas. La levantó en vilo y después se irguió también él mismo del sofá. Así, cargando a Leticia caminó por el pasillo con dirección a su cuarto. Ella recargó su cabeza en el hombro de él aspirando su olor y al mismo tiempo empujaba discretamente su cadera para rozar su pubis con el cuerpo de Pedro. Él besaba los lóbulos de su oreja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a la habitación la recostó en la cama, acarició su pecho y con un hábil movimiento de manos desabrochó por el frente su sostén, todavía sin quitárselo del todo bajó los brazos para levantar completamente el vestido negro, ella hizo lo propio despojándose del sujetador de encaje negro y finalmente quedó completamente desnuda, acostada y definitivamente lista. Pedro jaló su corbata y se abrió la camisa sin importarle que los botones se arrancaran, Leticia le desabrochaba el pantalón, hacía descender el cierre y bajaba sus manos para dejar al descubierto su virilidad. Pedro hizo el resto, terminó de quitarse el pantalón junto con el bóxer y se tumbó  suavemente sobre ella sintiendo su piel en la suya, sus ya duros pezones rosados apuntando a su cuerpo apretándose contra su pecho. Se preparó, con la mano izquierda llegó hasta el centro de su entrepierna sintiendo su humedad, con la mano derecha tomó delicadamente su rostro y por fin, sus labios se entreabrieron y se posaron lento sobre los de ella que le respondían con ansias. Un olor penetrante parecido al olor del cloro para lavar platos le llenó la nariz a Pedro, pero eso lejos de molestarle lo excitaba. Sin embargo se retiró abruptamente del beso y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Duerme conmigo Lety, por favor. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al terminar la frase se acurrucó entre los brazos de una confundida Leticia que no sabía que hacer. - ¿Qué hago ahora? - se dijo. Su cuerpo estaba húmedo y caliente y tan rebosante de adrenalina que le sería imposible dormir, pero el mirar a Pedro acurrucado junto a ella la lleno de ternura y tampoco podía evitar quedarse mirándolo y velando su sueño. Decidió no vestirse y abrazarlo. Sin que ella lo viera, Pedro sonreía maliciosamente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8031685163022973367?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8031685163022973367/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8031685163022973367' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8031685163022973367'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8031685163022973367'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/13.html' title='13.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-772875114861103157</id><published>2008-11-15T23:25:00.005-06:00</published><updated>2009-04-09T14:58:38.444-05:00</updated><title type='text'>14.</title><content type='html'>Cuando Pedro abrió los ojos su cuarto ya estaba oscuro. Sentía uno de los brazos de Leticia, el derecho, alrededor de su cuello con la mano recargada sobre su pecho. Volvió a cerrar los párpados y con su mano derecha acarició levemente las piernas de la doctora sólo para descubrir que su otra mano estaba fuertemente apretada contra su propia entrepierna. Era maravilloso despertar de nuevo junto a una mujer desnuda, por primera vez en muchos meses, las pulsaciones en las sienes no lo hacían abandonar el sueño para entrar en un doloroso estado de vigilia. Se sentía completo y aunque estaba consciente de lo que había hecho, no se arrepintió. Casi estaba seguro de lo que Leticia iba a decirle, pero no había querido escucharla, no creía estar preparado para que se lo dijera. Había pasado tiempo, mucho tiempo, seis meses y medio desde que Marisol desapareció de su vida y aún se preguntaba el porqué no la seguía buscando. Estaban preparando la fiesta de su cumpleaños número treinta, a él siempre le había parecido una cifra fascinante y ella estaba emocionada por el hecho de hacer una fiesta juntos por primera vez en su casa. No iba a haber muchos invitados, solamente la familia cercana de ambos y contados amigos. Tenía semanas sin ver a Salvador, su mejor amigo desde la secundaria y aunque estaban en contacto continuo por mensajes de celular o mensajeros instantáneos por internet, la fiesta era la ocasión perfecta para una larga plática que a estas alturas era ya necesaria. Los problemas entre Pedro y Marisol ya no se reducían únicamente al sexo, había más, mucho más de fondo, tan es así que la intensidad y la pasión que exudaban en sus primeros encuentros no sólo había disminuido, sino que, conscientes y acaso con la pesada losa de la promesa que se habían hecho en su noche de bodas de nunca dejar de hacer el amor mientras estuvieran juntos, el acto ya era mecánico, rutinario y nada placentero. Tres días antes de la fiesta, Marisol salió con su madre y dos amigas, no volvió para dormir, ni al siguiente día, ni al siguiente. Pedro  intentó llamarla durante una semana, por las mañanas a su teléfono celular y por las noches a casa de sus padres, en ningún lugar le contestaron ni mucho menos le devolvieron la llamada. Después de siete días de intentos fracasados, cesó de buscarla, en el ínter, la fiesta se canceló y él tuvo que enfrentarse a demandas de explicaciones de algo que él ni siquiera entendía. Una semana más se siguió aislando del mundo, dormía poco antes del amanecer y despertaba con los rojos rayos del crepúsculo, fueron seis días extraños en los que la casa que había decorado Marisol en su totalidad le parecía enorme y ajena. No tenía caso quedarse cuando ella era lo único que le daba ese sentido de pertenencia a las habitaciones pintadas casi en su totalidad de color albo con pequeños detalles en colores pastel, todas con esa combinación excepto el estudio de Pedro, a pesar de tener las paredes completamente ocultas por enormes libreros repletos, él quiso pintarlas de negro, el techo con tirol hecho especialmente para ese espacio por su hermano Alejandro daba la impresión de estar compuesto por estalactitas y también estaba pintado de negro. Era el único lugar de la casa en que no le lastimaba la vista el permanecer con una luz encendida, por eso saltaba de la cama minutos antes de la salida del sol y se refugiaba en el estudio, no soportaba el reflejo de las luces matinales en el mármol del piso ni en las blancas paredes de la habitación conyugal. El estudio hacía las veces de oficina, ya que después de la disolución de la sociedad con Carlos, había engrosado las estadísticas de desempleo, justo en el momento en que la carrera de Marisol comenzaba su ruta ascendente. Así se habían conocido, ella subiendo y él en decadencia, aunque poco tiempo después las cosas se estabilizaban, Pedro trabajaba en casa como free lance de varias empresas y Marisol salía del hogar a las siete de la mañana y volvía hasta pasadas las seis de la tarde. Podría decirse que su plan de vida marchaba sobre ruedas, pero la distancia que sus respectivas ocupaciones les imponían, aunado a la compulsiva adicción al trabajo de ella y el poco interés que él mostraba en abandonar la comodidad de su independencia laboral, a pesar de la creciente presión que tanto Marisol como su madre, Helena, ejercían sobre él para que buscara y consiguiera un trabajo de nueve a cinco con pagos cada quince días, fueron minando de a poco los cimientos que habían sido fuertes desde el principio, aunque un lustro después de haberse conocido, de haberse enamorado casi de inmediato, de haberse convertido en novios apenas pasadas dos semanas, de haberse casado a los cuatro meses exactos de la fiesta mexicana en la obra de Alejandro y de haber vivido juntos prácticamente desde el mismo momento en que habían decidido ser el complemento de vida el uno del otro, solamente cinco años y ya no se reconocían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leticia seguía dormida, desnuda, en su cama y abrazándolo fuerte y firme, o al menos eso parecía, podía sentir la rítmica presión de sus senos en su espalda. No quería arruinar las cosas, no quería, no podía enamorarse de ella ni de nadie, ni permitir que alguien lo hiciera de él. Era un condenado y daba igual que mereciera o no ser amado, iba a morir en veintiocho días y no había marcha atrás, nadie podía evitarlo ya. Pensó en Marisol nuevamente, ella lloraba y le pedía que siguiera luchando, que volviera al tratamiento y le prometía estar a su lado hasta el final. Un suspiro de Leticia detrás suyo lo devolvió al aquí y al ahora. La doctora le gustaba sin duda y basándose en lo que había pasado por la mañana le era más que evidente que el sentimiento era recíproco. Si ella quería irse al despertar, abandonarlo, cancelar sus citas de las siguientes cuatro semanas, dejar de ayudarlo con la terapia o golpearlo hasta cansarse, insultarlo y decirle que era un asco, un patán y que no quería volver a saber de él jamás, él lo entendería. Si las cosas hubieran sido al revés, seguramente él no habría ni siquiera dormido a su lado. En una sola ocasión, una mujer se había negado a hacer el amor con él ya estando desnudos los dos sobre la cama, al menos al principio se negó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Sigues dormida? -&lt;/span&gt; Preguntó Pedro al escuchar un segundo suspiro, esta vez más duradero que el anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué hora es?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Cerca de las ocho de la noche, me imagino.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Tanto hemos dormido? -&lt;/span&gt; Exclamó Leticia amagando con levantarse, pero se arrepintió al instante. Quería seguir sintiendo el calor del cuerpo de Pedro recién despertado, además aún estaba confundida y prefería que él hiciera el primer movimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, y al parecer no nos hemos movido para nada, ¿no te duele algo? A mí el cuello.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Aún me tiemblan las rodillas Pedro -&lt;/span&gt; Dijo Leticia besándole sonora y repetidamente la nuca, mientras caía en la cuenta que inconscientemente había comenzado a frotar los dedos de su mano izquierda entre los pliegues de su entrepierna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias Lety, de verdad necesitaba esto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No lo entiendo, ¿por qué lo hiciste?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿El qué?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sabes bien a qué me refiero. ¿Por qué me besaste? ¿Por qué me tocaste? ¿Por qué me ...?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿No era eso lo que querías? - &lt;/span&gt;Pedro la interrumpió por tercera vez ese día y ya esperaba la reacción violenta, quizá el pellizco en el pecho o el golpe en la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, era eso lo que quería, lo que quería hacer, pero no es la razón por la que había venido a verte, ¿vas a dejar que te lo diga ahora?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿No era eso? No puedo imaginarme que será. Al parecer me he equivocado del todo. Otra vez.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No digas eso, no te sientas culpable, yo quise esto, incluso podría decir que lo provoqué. Claro que el desenlace no es lo que había imaginado o deseado, pero mírame, aquí sigo, aún desnuda y abrazándote.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Perdóname, por favor Lety. -&lt;/span&gt; Dijo Pedro dándose media vueta y quedando recostado sobre el lado derecho de su cuerpo, frente a frente con ella. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Nunca quise hacerte sentir mal, al contrario, simplemente no creo estar listo para esto, no me refiero a listo físicamente, sino a todo lo que implica. Y tampoco creo que sea justo para ti, al menos lo justo que tú te merecerías.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Eso no es algo que esté en tus manos el decidir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo sé, creo. ¿Qué es lo que tenías que decirme?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Anoche hablé con tu madre, con Helena. Hablamos mucho, me habló de ti, pero sobre todo me habló de tu padre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro no podía creer el rumbo que había tomado la conversación. Nunca en la vida se hubiera imaginado que se encontraría en una discusión sobre su padre, don Pedro Ortiz del Prado, con una mujer desnuda, en la cama del departamento que era lo único que le quedaba de él, y sin que dicha mujer mostrara el menor indicio de sentir pudor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No tengo recuerdos claros de mi padre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sé que no los tienes, pero tu madre sí. Helena es una mujer con una memoria privilegiada y según lo que me contó, tu padre te dejó muchas más cosas que este departamento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No entiendo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Dices que no recuerdas claramente a tu padre, ¿cierto?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sólo imágenes borrosas. ¿Me estás hablando de una herencia? ¿Qué tienen que ver mis recuerdos con la herencia de mi padre?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No es una herencia material. Es más que nada una predisposición genética.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sigo sin entender.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Recuerdas cuando él murió?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No. Tenia solamente diez años y lo único que tengo en la memoria es la imagen de mi madre abrazándonos, a Alejandro y a mí en la habitación de mi hermano. De los funerales no guardo ningún recuerdo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Alguna otra imagen que te venga a la cabeza si te pido que pienses en tu padre?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Alejandro y yo hablábamos alguna vez si nuestro padre era en realidad un buen padre, él decía que sí y yo que no. También me acuerdo de que personas le llamaban por teléfono, pero nunca lo encontraban en casa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ahí tienes tres ejemplos, Pedro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, Lety, lo siento, no puedo ver que tiene eso que ver con todo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tu padre fue una presencia simbólica en tu vida, no guardas recuerdos de convivencia con él porque jamás hubo tal. Don Pedro Ortiz del Prado vivió los últimos ocho años de su vida recluido en el hospital San Jorge de Atanes, prácticamente desde el momento en que Alejandro nació; el primer año en el séptimo piso, el de neurología, el segundo año en el quinto, en oncología, y los restantes seis años en el primer sótano, en el psiquiátrico. Tenía un tumor en el cerebro que al principio fue confundido con una falla química en la sinapsis, cuando el doctor Horacio Sacbé tomó el caso del mejor amigo de toda su vida ya era demasiado tarde, el tumor había crecido. Finalmente perdió la razón, Horacio nunca se atrevió a sugerir la muerte asistida, pero en un ataque de lucidez, tu padre pudo escapar por un instante de sus enfermeras y con un escalpelo, se cortó la garganta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro se había quedado perplejo, eso explicaba muchas cosas, pero una parte de él se negaba a aceptarlo. Las sienes le dolieron como si hubieran sido golpeadas por un cincel amartillado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Pedro? Dime algo. ¡Pedro por favor! -&lt;/span&gt; Gritó Leticia mirando a Pedro retorcerse con las manos en la cabeza y después quedar inmóvil, desnudo y hecho un ovillo. El reloj despertador marcaba las cero horas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-772875114861103157?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/772875114861103157/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=772875114861103157' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/772875114861103157'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/772875114861103157'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/14.html' title='14.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8723509604630939887</id><published>2008-11-14T23:18:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T15:05:39.579-05:00</updated><title type='text'>15.</title><content type='html'>A las nueve horas con cinco minutos, la doctora Laura Velasco Del Río esperaba en su oficina al misterioso paciente que el doctor Horacio Sacbé le había prometido para esa mañana. En cualquier otra circunstancia no habría aceptado el ver a un paciente sin conocer sus antecedentes, pero dado el prestigio del doctor no podía negarse. Algo le inquietaba aunque no estaba segura de qué era. La noche anterior no había podido conciliar el sueño pensando en el reto que le esperaba a primera hora, se descubrió frente al espejo soltando su apretado cabello y deseando que aunque fuera por esa ocasión, volviera a encontrarse con el único hombre que la había hecho volar. Pasó todo el tiempo que normalmente ocupada en dormir alisando su cabello, por primera vez salía de casa con el pelo suelto, pero en el hospital nadie lo notó. Oyó pequeños golpes en la puerta e inmediatamente la perilla giró y apareció el doctor Horacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Disculpa la tardanza Laura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Está bien Horacio, ¿y bien?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- El paciente tuvo un episodio convulsivo en el trayecto y lo he enviado a descansar. Espero que puedas entenderlo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, por supuesto que lo entiendo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y también, de nuevo abusando de tu tiempo, y del empeño que pusiste en tu arreglo del día de hoy, quisiera reprogramar la cita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Hoy por la tarde, si consideras que el paciente se recuperará, o la siguiente semana podría ser ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No -&lt;/span&gt; Horacio la interrumpió &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tiene que ser pronto, ¿mañana? Perdón por el tono autoritario, pero en verdad es importante.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Mañana a la misma hora, pero con una sola condición.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo que quieras.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Necesito ver el expediente y la historia clínica.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Tengo tu promesa de que veas lo que veas ahí, no cancelarás la cita?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Prometido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Por la tarde tendrás el expediente en tu escritorio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Nos veremos mañana entonces.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Te ves muy bien, hoy te ves especialmente bien Laura. Espero que mañana te veas aún mejor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias Horacio -&lt;/span&gt; Contestó la doctora Laura ruborizándose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor Horacio Sacbé Laarv asintió con la cabeza, sonrió y salió de la oficina, no sin antes echar un vistazo rápido a las pantorrillas que la doctora mostraba debajo de la falda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro estaba en shock, la doctora Leticia Garcés había visto suficientes pacientes en ese estado para saberlo. Se aseguró de que sus vías respiratorias estuvieran abiertas y correctamente ventiladas, lo volteó hasta colocarlo boca arriba y le puso una almohada sosteniéndole el cuello, eso hacía que su laringe se le extendiera y fluyera de mejor manera el aire al interior de sus pulmones. Se levantó y encendió la luz, se dio cuenta de su propia desnudez y sintió vergüenza, obviamente Pedro no la veía aunque de pronto abría los ojos y los volvía a cerrar, no parecía darse cuenta de que estaba acompañado. Leticia se envolvió en la sábana y salió de la habitación, rápido caminó por el oscuro pasillo y se sobresaltó cuando al momento de entrar en la sala las luces se encendieron, retrocedió un paso y recorrió la estancia con la mirada pero no logró ver a nadie, era solamente el sistema de detección de movimiento que prendía las lámparas de seguridad de forma automática. Aún en estado de alerta por si en verdad no había nadie en el departamento además de Pedro y ella, buscó el teléfono, pero cuando estaba a punto de levantarlo y marcar, cambió de idea, dejó el auricular descansando sobre la mesita de centro y volvió despacio a la habitación. Pedro seguía recostado en la misma posición en que lo había dejado, se había quedado dormido y ya respiraba normalmente, pero ahora notaba que tenía una erección, de pronto una idea le pasó por la mente excitándola de nuevo, inconscientemente soltó la sábana y ésta cayó en su totalidad al piso, sin embargo se reprimió, no debía perder el temple. Decidió que no podía dejarlo desnudo y lo vistió con cuidado, primero el bóxer negro, no pudo subirlo por completo debido a la dureza de su pene, intentó ponerlo de costado pero la firmeza se lo impidió, por primera vez lo tocaba y se sentía nerviosa, seguía estando desnuda y no era una escena que le pareciera muy normal. La erección no cedía y entonces le subió los pantalones hasta las rodillas y ella comenzó a vestirse. Volvió a tomar la sábana y se secó el sudor que le brillaba entre los senos, también en la espalda y en el interior de los muslos; no podía quitarle los ojos de encima a Pedro, a su entrepierna, a su pene en todo su esplendor, cuando el delicado encaje de su sujetador rozó sus pezones dejó escapar un gemido, cerró los ojos y apretó sus senos uno contra el otro tratando de prolongar el roce lo más posible, por instinto juntó las piernas fuertemente y se estremeció en un orgasmo que la tomó por sorpresa, no pudo mantenerse en pie y se sentó en la cama al lado de Pedro, suspiró y sonriendo satisfecha le acarició el rostro y notó que su erección disminuía y que de la punta del pene se asomaba un hilo de líquido transparente. La sonrisa de Leticia se incrementó cuando, divertida vio como de la bolsa izquierda del pantalón de Pedro se asomaban sus bragas, suavemente las tomó y le limpió el miembro con ellas para después guardarlas de nuevo en el bolsillo; terminó de vestirlo de la cintura para abajo y pensó que no era necesario que le pusiera la camisa, pero quiso acariciarle el tórax y así lo hizo con el pretexto de taparlo con la cobija. Se calzó los zapatos y frente al espejo de cuerpo entero que había frente a la cama se miró. Su figura le sonreía, con la espalda recta, el sostén de encaje negro cubriendo su erguido pecho, el pubis desnudo y las pantorrillas y los muslos firmes y marcados por la acción de los zapatos de tacón alto. Se metió dentro del vestido negro y escotado, se revolvió el cabello castaño con reflejos dorados y sin ponerse brillo en los labios e importándole muy poco el hecho de no estar usando ropa interior, se marchó del departamento blandiendo una sonrisa que no se le quitaría en lo que restaba de la madrugada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teléfono sonó en la habitación de la señora Helena Darmand viuda de Ortiz. Ella estaba sola en su casa como lo había estado desde que Alejandro Ortiz Darmand, su hijo menor, se había marchado a trabajar en una ciudad a dos horas al oriente hacía seis años. Pedro, el primogénito, el que compartía no sólo el nombre sino muchas de las características de su fallecido esposo, había salido de la casa materna desde hacía nueve años ya para vivir en el departamento que le había heredado su padre. Por las noches, antes de dormir, Helena disfrutaba el pasear caminando por todo el piso superior de la casa, entrando en cada una de las tres habitaciones que estaban intactas, exactamente como sus ocupantes las habían dejado al momento de irse. Comenzaba con el cuarto del fondo, junto al baño, había pertenecido a Alejandro y las paredes estaban tapizadas de afiches y fotografías de mujeres, de autos y de deportes, sobre todo de básquetbol; la cama tamaño matrimonial lucía la base un tanto vencida y era ayudada a mantenerse en su lugar por enormes y pesadas cajas que contenían una cantidad  descomunal de revistas de moral distraída. La habitación de en medio, la de Pedro, no podía ser más diferente de la de su hermano, la pintura gris oscuro, la cama individual sin almohada y la mesa negra completamente vacía con una silla también negra y despintada en partes le daban una apariencia más de celda de prisión que de cuarto de adolescente, no había nada colgado en las paredes y en un discreto y pequeño escritorio en un rincón, yacía acumulando polvo en su envoltura plástica una computadora personal que aún era usada por la señora Helena para charlar por momentos con sus hijos. La tercera habitación vacía era la más grande de todas y había sido la primera en quedar desocupada, fue la habitación que Helena Darmand compartió por quince años con su esposo, Pedro ‘el Toro’ Ortiz del Prado; cuando él fue internado en el hospital San Jorge de Atanes, la mujer había decidido acompañarlo día y noche, dejando a sus hijos al cuidado de la abuela Almudena, Pedro de dos años y medio y Alejandro, que ni siquiera había cumplido los seis meses de nacido. Un año completo pasó la señora Helena sin dormir en casa, tomando siestas a ratos en una silla incómoda al lado de la cama donde yacía casi siempre sedado su marido. Cuando ‘el Toro’ fue trasladado al área de terapia intensiva de oncología en el quinto piso del hospital, ya no le fue posible a su esposa acompañarlo por las noches, no se lo habían permitido y debió volver a dormir en casa. Sin embargo se rehusó terminantemente a dormir sola en la cama matrimonial, hizo acondicionar un cuarto de tamaño chico en lo que antes era un armario con vestidor, lo suficiente para que cupiera una cama individual y un tocador con luna. Desde entonces y hacía ya veintisiete años, Helena Darmand dormía ahí, manteniendo inmaculada la habitación conyugal. Justo había terminado su recorrido nocturno cuando escuchó el teléfono sonar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Diga.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Helena, perdón por la hora, espero no importunarla.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué puedo hacer por ti Leticia? -&lt;/span&gt; Respondió la señora Darmand con tono burlón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Se trata de Pedro, verá, hoy en la mañana tuvo un conato de desmayo y cuando se recuperó ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Cuando se recuperó? ¿Estabas ahí cuando ocurrió?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, bueno, el doctor Horacio y yo habíamos ido a recogerlo para llevarlo al hospital a una cita especial con una especialista y ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ya lo sé Leticia -&lt;/span&gt; La interrumpió. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Horacio me lo contó todo esta mañana, también me dijo que te había notado nerviosa y extrañamente distante. ¿Debo entender que en cuanto te deshiciste de Horacio volviste a buscar a Pedro?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No puedo mentirle, pero usted sabe que teníamos cosas importantes de qué discutir. Le dije lo que sé de su padre, lo que usted me contó ayer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Sólo eso?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Por favor no piense mal de mí Helena, lo que quiero decirle es que Pedro entró en estado de shock cuando terminó de escucharme. No hay nada que temer, estará bien, aunque él siente que usted lo ha abandonado y ahora sería buen momento para que usted se lo confirmara o le hiciera ver que no es cierto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No recuerdo Leticia, el momento en que te pedí que me aconsejaras lo que es bueno o no para mí y mis hijos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No hay necesidad de ser irónica Helena, mi interés es el bienestar de Pedro, solamente eso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro es un hombre desahuciado, no hay nada real que puedas hacer por él.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y aún así, él solicitó mi ayuda, y así lo haré hasta donde me alcancen mis conocimientos y capacidades.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Capacidades de seducción, querrás decir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No necesito de sus comentarios hacia mi persona Helena, le repito, espero no haberla importunado, todo es por el bien de su hijo, si usted lo desea tome en cuenta mi consejo o no. Ojalá ésta sea la última vez que cruzamos palabra. Buenas noches.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Helena Darmand terminó la llamada con un dedo y sin soltar el auricular marcó un número que se sabía de memoria desde hacía años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Hablaste con Laura? ... Perfecto. ... Leticia hizo justamente lo que tú habías predicho. ... Alejandro llega por la tarde, ya sabe lo que tiene que hacer, no sonaba muy convencido, pero no te preocupes, yo me encargo de eso. Sólo asegúrate de que por ningún motivo Pedro deje de encontrarse con Laura, tiene que ser ahora, ahora o nunca.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8723509604630939887?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8723509604630939887/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8723509604630939887' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8723509604630939887'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8723509604630939887'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/15.html' title='15.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-1698475494505846281</id><published>2008-11-13T23:21:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:57:45.123-05:00</updated><title type='text'>16.</title><content type='html'>Pedro Ortiz Darmand despertó con un dolor intenso en el pene y una sensación de humedad en la zona de la entrepierna. Era la primera vez que lo experimentaba, una especie de mezcla entre adormecimiento y calambre y que extrañamente le causaba placer al rozar el glande con los calzoncillos. Por instinto desabrochó el pantalón y se lo quitó, dentro del bóxer negro su miembro doblado de forma innatural era el causante del efecto peculiar que lo había hecho despertar. Estaba solo, acostado en su cama y después de la impresión comenzaba a recordar los sucesos del día anterior. El reloj despertador marcaba las tres horas de la mañana. Así, con el cuerpo desnudo, se levantó de la cama, caminó hacia el baño y orinó, lavó su pene a consciencia y de nuevo en el cuarto buscó un bóxer limpio y suelto, se lo puso y se volvió a recostar pensando en Leticia, en su cuerpo dispuesto y no se preguntó dónde estaba. Sabía que no era muy probable que se quedara después de que seguramente él se habría desmayado; sólo recordaba que le había hablado de su padre revelándole una verdad que no quería creer, no ahora. Ya habría tiempo de pensar en ello. Tomó el pantalón del traje negro para quitarlo de la cama y vio que dentro seguían las bragas que había guardado mientras aún estaban en la sala. Instintivamente se los llevó al rostro, sintió vergüenza pero al momento la desechó, nadie lo veía y tampoco era el primer hombre que lo hacía; cerró los párpados, aspiró fuerte y profundo y en un instante el penetrante olor del sexo de Leticia lo había inundado por completo, se perdió entre pensamientos del pasado y de nuevo la imagen de Marisol le cruzó por la mente. La fiesta mexicana en la obra de Alejandro había resultado excelente, Pedro no se había despegado del lado de Marisol desde el momento en que se encontraron en la pista de baile, a las cinco de la mañana, Sofía, la hermana de Marisol interrumpió su charla para decirle a ésta que era hora de volver a su casa. Pedro únicamente la dejó ir con la promesa de volver a encontrarse al mediodía siguiente en el centro de la ciudad. Cuando Marisol llegó, él ya la estaba esperando, sentado en una banca y leyendo el periódico. Ella estaba agitada, se había retrasado algunos minutos deliberadamente, no quería quedarse sola esperándolo, su rostro mostraba una sonrisa que no desapareció en toda la tarde que pasaron juntos. Caminaron codo a codo hasta que se cansaron, habían vuelto al mismo lugar en donde se encontraron y no podían dejar de mirarse, sin decir palabra Pedro la tomó de la mano y la sensación más tranquilizante, de tanta paz que había experimentado jamás lo llenó, y estaba seguro de que ella lo había notado pues un discreto rubor roseó sus mejillas y bajó la mirada, pero le apretaba la mano y entonces, él supo que más simbólico era este hecho que la cercanía de la noche anterior, donde la música, el alcohol y el ambiente pudieran haber nublado sus juicios. Esto era real, podía palparlo, caminaban entre una vereda con altos árboles a las orillas que ensombrecían el adoquín del suelo, al llegar a una especie de claro en donde la luz se filtraba a través del follaje de las copas movido por el viento se detuvieron, Pedro le tomó ambas manos y ella lo miró a los ojos, acercándola, él hizo con un movimiento que las manos de Marisol se entrelazaran entre sí en su espalda, con la mano izquierda le tomó la cintura para pegar su cuerpo al suyo, y con la derecha la tomó por la mejilla y lentamente sus labios se acercaron. El olor característico del cloro se apoderó de los sentidos de Pedro y supo que quería que esa mujer fuera su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió los ojos, el olor no pertenecía al recuerdo, podía sentirlo en ese momento y se alarmó, por primera vez lo percibía en soledad, siempre lo había atribuido a las mujeres y ahora prácticamente podía ver como todas sus teorías se caían a pedazos. Su primer pensamiento desesperado fue el llamar al doctor Horacio Sacbé pero cobró consciencia de la hora y desistió de la idea. Aún tenía las bragas de Leticia en la mano y las olió de nuevo, nada, únicamente el olor ácido del sexo femenino en estado de excitación. Prefirió no pensar mucho y tratar de dormir, tal vez mañana encontrara respuestas en el hospital, recordó que esa mañana debería haber acudido a una cita médica con otra mujer. - ¿Sería otra psiquiatra? - Pensó. - ¿ Habría podido el doctor prevenir que Leticia vendría y entonces tendría la necesidad de cambiar de terapeuta? - La duda lo incomodaba, no estaba acostumbrado a depender de la información que solamente poseían otros. Con eso en mente se forzó a cerrar los ojos, mantenía en un puño las bragas robadas cerca de su propio rostro, el olor lo ayudaba a relajarse y a olvidar el del cloro que seguía sin dispersarse. Las palabras ‘otra mujer’ no dejaban de sonar dentro de su cabeza hasta que cerca de las cuatro de la mañana pudo dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se percibía a sí mismo como omnipresente, veía la escena desde un plano alto, como si estuviera sobre una tramoya en un foro de televisión que representaba un hotel que había conocido hacía un poco más de diez años. Era una ciudad en el sureste del país al que habían llegado en un autobús de la universidad, en todo el costado de la pesada unidad podía leerse ‘Facultad de Arquitectura’. Pedro, su mejor amigo Salvador y dos compañeros más de clase, Hugo y Raúl, habían obtenido mediante un golpe de suerte, la villa más grande del hotel y la única que tenía dos habitaciones independientes, una con dos camas individuales y la otra con una tamaño king size, Pedro, que había sido el primero en entrar pues el profesor responsable del grupo le entregó a él las llaves, corrió de inmediato y colocó su maleta sobre una de las camas sencillas, Salvador lo siguió y  los demás no les quedó más remedio que compartir la cama mayor ante las burlas de sus amigos. Todas las demás villas que habían ocupado los viajeros tenían una sola habitación en la que había una cama doble y una sencilla, otra cama individual se hallaba extrañamente cerca de la barra de la cocina. Tal hecho provocó que esa misma noche, treinta y dos personas se congregaran en la villa de Pedro y sus amigos, era obviamente la más grande, estaba en la planta baja, tenía la estancia más espaciosa y era la única que podía presumir de una terraza. Pedro tenía casi veinte años y una novia, Isabel, que no estudiaba en la misma escuela y que por lo tanto no lo acompañó en el viaje. Su mejor amiga sí había asistido, Gabriela era su nombre y fue su consciencia y su mejor compañía durante los años universitarios, su gurú, y entre ellos, aunque ciertamente existía cierta atracción jamás se había dado nada; a pesar de todo lo que Pedro pudiera haber sido o hecho en el pasado, llevaba un año siéndole completa y convenidamente fiel a su novia, y lo había sido desde el principio. Pedro solía no tomar ni una gota de alcohol en reuniones multitudinarias, y con el tiempo sus amigos y conocidos aprendieron a respetarle eso. La fiesta no tardó mucho tiempo en salirse de control y tanto hombres como mujeres comenzaron a caer bajo el influjo del exceso de bebida, la terraza se llenó de cuerpos inertes en el piso, las parejas pretendieron buscar los rincones y las camas pero Pedro no le permitió a ninguna entrar a su cuarto. Una chica bailaba sobre una mesa con un equilibrio bastante pobre, como no podía ser de otra manera, cayó y golpeó a Gabriela en la espalda, Pedro la levantó y tras consolarla le ofreció su cama para descansar. Entraron al cuarto y cerraron la puerta, los gritos y chiflidos no se hicieron esperar en el exterior cuando los pocos que quedaban en pie los miraron, Pedro quiso salir para dejarla descansar, pero al levantarse ella lo tomó del brazo, le pidió que le diera un masaje pues aseguró que le dolían mucho los omóplatos y él no se negó. El ruido afuera era ya insoportable, Pedro se acercó a la puerta que ahora golpeaban tratando de llamar su atención, él cerró con llave y calculó las posibilidades. Preguntó a Gabriela si tenía consigo la llave de su propia villa y al recibir una respuesta afirmativa, abrió la ventana que carecía de barrotes y salieron. Desde el pasillo aún se escuchaban los gritos y los golpes en la madera, él pensó que seguramente se cansarían pronto y se irían a entretener en otras actividades, además, Salvador aún estaba en la fiesta y tampoco se caracterizaba por perder la compostura, podía confiar en él. Gabriela abrió despacio la puerta de una villa pequeña en el primer piso, las luces permanecían apagadas y así las dejaron, ella tomó a Pedro de la mano y lo encaminó hacia la habitación, la puerta estaba entreabierta y al entrar y encender el interruptor se dieron cuenta que no estaban solos, Karelia, una de las compañeras de habitación de Gabriela estaba ahí, había estado dormida y el destello del candelabro del techo la despertó. Por instinto, con la vista aún borrosa y sin saber a ciencia cierta de quienes se trataba les preguntó qué hacían. Gabriela respondió que se sentía mal y que Pedro la iba a ayudar dándole un masaje, él habría esperado que Karelia se enojara o que lo entendiera y se marchara a la fiesta o al menos a la cama junto a la barra de la cocina. No lo hizo así, por el contrario, preguntó con un tono de voz que intentó ser sensual si podía quedarse a mirar. Pedro no sabía que responder, pero para su fortuna, Gabriela no lo dejó y de inmediato le contestó que sí. Karelia se acomodó recargándose en la pared sentada en la cama individual, Gabriela les dio la espalda y lentamente se quitó la blusa de tirantes dejando al descubierto un pequeño sostén rosa, el cual desabrochó con un movimiento y cubriéndose los senos con un brazo se volvió hacia ellos, sólo le dijo a Pedro que ya estaba lista y se acostó boca abajo en la orilla de la cama doble. Él tardó un instante que se le antojó eterno en reaccionar, no pensó en Isabel ni un momento, lo único que tenía en mente era que estaba a punto de cumplir una fantasía por la que muchos hombres matarían. Se acomodó a horcajadas sobre ella y sintió la dureza de su pene luchando por ser liberada del pantalón chocar contra las nalgas de Gabriela, ella dio un respingo, después se estremeció cuando las frías manos de Pedro se posaron sobre los adoloridos omóplatos. El golpe que había recibido había sido considerable, lentamente la blanca piel de Gabriela se iba tiñendo de un color más oscuro, él  retiró sus cabellos castaños de la nuca apartándolos hacia la derecha y comenzó a frotar, amasó con los dedos la piel y con la palma sobre los músculos dorsales. Pasó los dedos moviéndose sin coordinación por ambos costados del cuerpo mientras con los pulgares seguía haciendo presión sobre las lumbares, llegó a tocar la parte lateral de sus senos que se aplastaban contra la superficie de la cama bajo el peso de ambos mientras su erección crecía considerablemente. Pedro volteó la vista hacia Karelia y la sorprendió con una mano dentro de su pantaloncillo corto, se acariciaba casi frenética la entrepierna debajo de la ropa, él, con un movimiento de cabeza la invitó a unirse y ella no lo pensó ni un segundo. Se acomodó detrás de él y abrazándolo por la cintura desabrochó su pantalón, su propia excitación lo agradeció pero ella ya le había alcanzado la playera y se la deslizaba hacia arriba, cuando lo miró libre de prendas superiores le pasó las manos por el frente y acarició con la derecha su pecho al tiempo que la izquierda bajaba lento hasta meterse debajo de su ropa interior liberando el pene erecto. Gabriela hizo un movimiento para intentar levantarse y provocó que ambos cayeran hacia la izquierda sobre la cama; Pedro quedó acostado boca arriba y de inmediato Karelia terminó de quitarle los pantalones para dejarlo por completo desnudo, él con el brazo izquierdo atrajo a Gabriela hacia sí, ella obedeció y tomó su miembro con ambas manos comenzando a masturbarlo mientras le miraba con deseo los ojos verdes. Frente a él, Karelia se desnudaba y al terminar se deslizó por sobre sus muslos hasta alcanzar su entrepierna, con una expresión de lujuria en el rostro sacó la lengua y con la punta le tocó el glande, Gabriela retiró las manos y haciéndose hacia atrás se quitó el pantalón pescador y las bragas, volvió a la cama y se hincó sobre el rostro de Pedro ofreciéndole su sexo cual si fuera un manjar. Él no se hizo del rogar y con su propia lengua recorría su entrepierna, ella se movía hacia arriba y hacia abajo haciendo que la boca y los dientes rozaran con su clítoris, a tientas buscó el cajón del buró, de ahí sacó una tira de condones y los lanzó sobre la cama. Los gruesos labios rojos de Karelia hacían desaparecer y reaparecer el pene de Pedro, él sentía que su orgasmo estaba cerca y con ambas manos le detuvo la cabeza, ella entendió perfectamente y con maestría le puso uno de los condones a su disposición, montó en él y colocándose en cuclillas se hacía penetrar primero lento pero una vez que todo el miembro estuvo dentro de ella empezó a moverse de atrás para adelante; las manos de Gabriela encontraron los pechos pequeños que tenía enfrente, en ese momento nada importaba más que el placer y ambas lo entendieron, se acariciaban los senos mutuamente y poco a poco se fueron acercando hasta que sus bocas quedaron unidas en un beso de lengua que les produjo un orgasmo primero a Gabriela, que se derramó sobre el rostro de Pedro y luego a Karelia, que arqueó la espalda y soltó un fuerte gemido. Ahora llegaba su turno, Pedro quitó a Gabriela de sobre él, y sin sacar su pene del interior de Karelia cambió de posición; ahora ella estaba boca arriba con las piernas levantadas recibiendo las fuertes embestidas de Pedro, él llamó a Gabriela con la mano y la colocó sobre sus rodillas de espaldas frente a él, con un ligero empujón la hizo quedar en cuatro puntos, los rostros de las chicas se volvieron a encontrar y de nuevo sus bocas y sus lenguas se tocaron, ese beso era cortado de pronto por los gemidos de Karelia, cuando éstos se hicieron más fuertes indicando que había alcanzado un nuevo orgasmo, Pedro se retiró de ella, se quitó el condón para ponerse uno nuevo y penetró desde atrás a Gabriela, ella suspiró fuertemente y subió la cabeza, él la tomó del cabello y jalándola fuertemente acompañaba el vaivén del coito, debajo, Karelia le apretaba, le chupaba y le mordía con desesperación los pezones. Casi al mismo tiempo los dos terminaron, Gabriela acariciaba su clítoris y gritaba y gemía, sus brazos cedieron y cayó sobre el pecho de su compañera, Pedro aún la embistió tres veces más y se vino como en pocas ocasiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Pedro! -&lt;/span&gt; Oyó que gritaban su nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despertó. El doctor Horacio Sacbé estaba frente a él golpeando suavemente sus mejillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Pedro! Es hora de irnos, tienes diez minutos para bañarte, estás empapado de sudor, tenemos una cita hoy en el hospital.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomándolo de los brazos lo hizo levantarse. Pedro se frotaba la cara y como si fuera un autómata se dirigió al cuarto de baño, se miró al espejo, rascó sus testículos e instintivamente olió sus propios dedos, eso terminó por despertarlo del todo y de pronto tomó consciencia de algo importante. - ¡Ese sueño! Fue real, en verdad pasó así. - Desde que formuló las teorías sobre las feromonas, había sido capaz de identificar el recuerdo olfativo en todas y cada una de las ocasiones en que había percibido el olor parecido al del cloro, el olor de las feromonas femeninas, pero ahora estaba dudando seriamente si esa noche en que estuvo con Gabriela y Karelia lo había experimentado. No podía recordarlo y hasta entonces su memoria no lo había defraudado. Abriendo la llave de la regadera y mientras esperaba que el agua se calentara un poco le gritó al doctor Horacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Doc! Acabo de descubrir algo, una falla importante en ... -&lt;/span&gt; No pudo terminar su enunciado, el doctor lo interrumpió con un grito que no parecía tener empatía alguna, por el contrario, se notaba enojado. Pedro decidió no discutir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Báñate ya! Hablaremos de camino al hospital, ya fallamos a la cita el día de ayer, no podemos llegar tarde, tiene que ser ahora, ahora o nunca.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-1698475494505846281?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/1698475494505846281/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=1698475494505846281' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/1698475494505846281'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/1698475494505846281'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/16.html' title='16.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-864751426227874834</id><published>2008-11-12T23:44:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:57:38.062-05:00</updated><title type='text'>17.</title><content type='html'>La espera para la doctora Laura Velasco era mortal. Por segundo día consecutivo había madrugado para alisarse el cabello e ir a trabajar al hospital de pelo suelto, pero esta vez había dejado las faldas guardadas en el armario, creyó haber distinguido un dejo de lujuria en la mirada de Horacio Sacbé. Era cierto que su reputación de médico serio y profesional lo precedía, pero ella no estaba loca y mucho menos ciega, y aunque solamente había tenido a dos hombres en su vida, en su ámbito laboral y académico, el género masculino siempre fue mayoría. Creía tenerlos bien analizados, trabajando en oncología podía conocer a la gente en su esencia más vulnerable, ya fuera como enfermos o como familiares. Pero a cambio de un profundo conocimiento sobre la naturaleza humana, ella había perdido un poco de las cualidades que la hacían ser una de ellos. Aprendió a separar sus sentimientos de los de sus pacientes y a ser fría frente a ellos, fría pero confortante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde la tarde del día anterior, el expediente del paciente que vería en pocos minutos estaba en su escritorio, tal y como el doctor Horacio Sacbé lo había prometido. Sin embargo no se había atrevido aún a echarle un vistazo, por supuesto que tuvo antes otros pacientes llamados Pedro, y todos le habían despertado la misma inquietud y los mismos deseos de ver a su mejor amante, de quien no recordaba sus apellidos pero sí su rostro, y sus manos, y su sexo. Pedro era su nombre y Pedro el nombre del paciente que vería a continuación. No sabía porqué había decidido arreglarse el cabello si no lo hizo nunca antes, pero no se sentía mal de haberlo hecho. Tenía tantas razones para querer ver la historia clínica como para no. Decidió mejor no hacerlo y esperar. El doctor y su paciente no debían tardar mucho más, faltaban quince minutos para las nueve de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro se entretenía mirando a través de la ventanilla del auto a la gente caminar por la calle, algunos rumbo a sus trabajos y otros simplemente paseando, era una mañana fría y el pantalón de mezclilla que había escogido no lograba amainar el viento helado que entraba por las ventilas del aire externo; el trayecto al hospital en compañía del doctor Horacio Sacbé no fue agradable, se había rehusado a encender la calefacción aunque Pedro podía notar como le temblaban las rodillas y la delgada tela del casimir no era suficiente tampoco para abrigarle. No tenía la menor idea del porqué estaba actuando así, parecía frustrado y enojado como nunca antes en su vida lo había visto, el doctor era un gran profesional, casi fue un padre para él cuando el suyo faltó, había sido su héroe desde el día en que lo vio salvar la vida de un comensal de su restaurante favorito que se estaba ahogando con su propia comida, no podía imaginarse, aún ahora, que hubiera algo que Horacio Sacbé no fuera capaz de resolver. Sus propios pensamientos lo abrumaban, había tenido tantas ganas de contarle al doctor lo que había descubierto, la ausencia de las feromonas en el ménage à trois en el que había participado cuando tenía veinte años; y aunque esa situación lo hacía temer por la solidez de sus teorías, por ahora le preocupaba la solidez de su relación con el doctor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde que le ordenó de manera por demás autoritaria que se bañara, Horacio Sacbé no volvió a dirigirle la palabra a Pedro, ni en todo el camino, ni tampoco al llegar al hospital San Jorge de Atanes, sino hasta que alcanzaron el elevador y ahí lo dejó, la única indicación que le dio fue: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- La última oficina de la derecha, al fondo del quinto piso, rápido, no debes llegar tarde.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco minutos antes, en ese mismo elevador, la doctora Leticia Garcés Padró subía también al quinto piso. Sabía que decisión debía tomar, pero dado que Pedro no la vería el día de hoy no tenía caso el comunicarle que terminaría con la terapia profesional que llevaban. El doctor Horacio Sacbé le había pedido que estuviera presente durante la entrevista de Pedro con Laura, pero incluso para ella, el propósito de la cita era un misterio, el diagnóstico era preciso y contundente, el tumor estaba creciendo día tras día y el paciente ya había renunciado a cualquier tipo de tratamiento enfocado a mejorar su condición física. Pensaba en él, recordando sus caricias, el único beso de sus labios y su cuerpo desnudo y excitado recostado en la cama cuando el sonido del elevador llegando a su destino la hizo reaccionar. Siguiendo las instrucciones de Horacio se encaminó hacia el final del pasillo, a pesar de poseer cierta experiencia clínica, jamás había estado en un piso de oncología; era deprimente ver el estado en que se encontraban los pacientes, los amplios ventanales le mostraban el grado de decadencia que una enfermedad podía alcanzar en el hombre, personas sedadas y casi en los huesos, muchas veces con familiares dolientes que mantenían la cabeza mirando al piso mientras velaban la agonía de su ser querido. Leticia se había vestido casual, pantalones de mezclilla ajustados que se pegaban a sus torneadas piernas, negras botas altas de tacón grueso que le cubrían hasta las rodillas, blusa blanca cuyo botón superior mantenía ocultos sus senos pero que los mostraba en forma y sobre ella un chaleco negro ajustado que daba la impresión de ser un corsé; parecía una valquiria moderna, en su camino al hospital muchos hombres habían detenido su paso o cambiado su rumbo para mirarla, a ella no podía importarle menos. Llegó a la última oficina de la derecha y tocó a la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Adelante.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Doctora Laura Velasco?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Para servirle, y usted es ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Leticia Garcés Padró, vengo a la cita de Pedro Ortiz Darmand. Yo soy su eh, yo soy psiquiatra, lo estoy tratando en terapia a pedido del doctor Horacio Sacbé.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Claro, por supuesto. Sin embargo yo tenía entendido que la cita iba a ser a solas, no es ninguna molestia con usted ni mucho menos, pero me sorprende.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Laura, puedes hablarme de tú, somos prácticamente de la misma edad ¿o no?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tienes razón doctora, Leticia, por mí no hay ningún problema, puedes permanecer dentro del consultorio. -&lt;/span&gt; Le dijo Laura levantándose y abriendo la puerta interior y encendiendo la luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ni siquiera notarán que estoy aquí. Sólo una última cosa, ¿podría hablar contigo al terminar la cita con Pedro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Absolutamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Nos vemos en un momento entonces. ¡Suerte!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al momento en que la doctora Leticia Garcés cerró la puerta del consultorio y Laura puso el seguro desde el lado de la oficina, se volvieron a oír pequeños golpes a la puerta que daba al pasillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Adelante.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Buen día, tengo una cita aquí, me envía el doctor Horacio Sacbé. - &lt;/span&gt;Pedro había contestado al tiempo que abría la puerta pero todavía no se asomaba al interior. El olor de las feromonas lo golpeó de lleno en el rostro y lo hizo levantar la mirada, entonces la vio, la reconoció en seguida y se quedó sin palabras. La doctora Laura Velasco se había levantado de su sillón tras el escritorio en cuanto miró que por fin, un hombre llamado Pedro que tocaba a su puerta era él, su Pedro. Él fue el primero en romper el silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Laura? Nunca me imaginé que fueras tú, ¿es sólo una gran coincidencia o eres tú con quien supuestamente debo de entrevistarme?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laura se volvió y tomó por primera vez el expediente cerrado y lo leyó, miró la fotografía y después al hombre y luego una vez más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Tú eres Pedro Ortiz Darmand? Lo siento, supongo que jamás te pregunté tus apellidos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, yo soy, y no, nunca nos dijimos nuestros apellidos, pero te reconocería así hubieran pasado diez, quince o veinte años. No has cambiado nada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿En qué puedo ayudarte? El doctor Horacio no quiso decirme nada de lo que él pretendía con esta reunión. No me malinterpretes, me ha dado muchísimo gusto verte de nuevo después de ¿cuánto? ¿ocho años?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí, ocho años desde la última vez que nos vimos, once desde nuestro primer beso y doce años desde que nos conocimos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Vaya que tienes buena memoria. No me sorprende, siempre fuiste genial.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y ahora mírame, ¡y mírate a ti!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No digas eso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pero es la verdad, mira hasta dónde has llegado, no cualquiera logra tener un consultorio personal en este hospital que es el más grande e importante de la ciudad. ¿Y yo? No tengo nada, lo único que me quedaba se me escapará al final de este mes y nada hay ya por hacer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Es un hecho entonces?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me gustaría decir que lamento que sí, pero la verdad es que no lo siento, no me duele ni me pesa. Tampoco voy a mentirte, tengo miedo pero por eso procuro no pensar en eso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me habría partido el corazón ser yo quien te diagnosticara.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo imagino, aún recuerdo ese día en que me prometiste ser mi doctora de cabecera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No pretenderás culparme de tu condición, ¿o sí?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ja, no para nada, era una broma. Dime algo, ¿revisaste mi historia clínica?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No quise hacerlo. Pedro, ya que probablemente sea la última vez que te veo y que hablo contigo, sólo quiero decirte que jamás te olvidé. No te preocupes, no estoy obsesionada ni nada parecido. Simplemente es eso, me marcaste y si he de confesarte algo, no ha habido en mi vida más hombres desde ti.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Laura, eh, no se qué decirte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No digas nada.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;La doctora Laura Velasco Del Río se acercó a él y lo abrazó cariñosamente. Entre los dos había existido desde siempre una complicidad. Se habían conocido en una fiesta que ofreció la señora Helena Darmand en su casa, los tíos de Laura eran amigos de ‘el Toro’ desde la escuela y a su muerte la relación con la familia permaneció. Ese fin de semana Laura visitaba a sus primos y los acompañó a casa de los Ortiz Darmand. Como de costumbre, Pedro e Isabel, su novia de entonces, no habían logrado compaginar sus horarios y él se la pasó solo y aburrido en la fiesta, cuando llegaron los Del Río de inmediato la notó, también parecía estar incómoda, y no era para menos, había pensado estar en casa de sus familiares y era arrastrada a una casa desconocida con gente que no tenía la menor idea de quienes eran. Pedro decidió aprovechar eso, tomó las llaves del auto de su madre y la abordó, la invitó a ir al cine para escapar de la horrible fiesta. Fue tan encantador y le inspiró tanta confianza que a ella le fue imposible negarse. Pasaron toda la tarde juntos, la química que se había dado entre ellos era fantástica, después de ver la película caminaron por las calles de la ciudad comiendo helado y terminaron la jornada tumbados en el jardín de la casa de Pedro viendo las estrellas. Él le dijo que era su oportunidad para pedir un deseo, pero ella contestó que no lo necesitaba, que ya lo estaba viviendo en ese momento. Despacio rodó por el pasto hacia su izquierda y se encontró con el brazo derecho de Pedro que la rodeó por la espalda, sus bocas se buscaron y se fundieron en un beso tierno, como hacía años que él no sentía. Después de unos minutos se separaron, hablaron de que había sido muy pronto y que tendrían que recordarlo simplemente como eso, como un buen recuerdo. Ambos tenían una relación de noviazgo estable, él con Isabel y ella con un compañero de la Facultad de Medicina. Por segunda vez, Pedro le era infiel a su novia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No voy a olvidarte. -&lt;/span&gt; Dijo la doctora Laura Velasco soltando lentamente el abrazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Si vale de algo la palabra de un moribundo, yo tampoco olvido ese beso bajo las estrellas, mucho menos esa noche en ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sh, no hablemos de eso. Fue maravilloso y así se tiene que quedar. ¿Recuerdas que lo prometimos? Sólo seremos un recuerdo en los labios del otro. Lo que pasó en ese viaje también será un recuerdo en nuestros cuerpos, para siempre. Fuiste parte de mí, y de qué manera. Fuimos por momentos la misma carne, logramos volar y volver y estar separados a kilómetros de distancia pero siempre juntos aquí, dentro del pecho, sin mayor compromiso que el que nos marcara el destino.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Suena tan bien todo eso Laura. No puedo dejar de pensar en todo el tiempo que hemos perdido, y ahora ya es tarde.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, para los dos, muy pronto fue demasiado tarde.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Es cierto, tengo que irme, Laura, gracias, por todo y por tanto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se despidieron con un beso suave en los labios que les supo salado por las lágrimas que en silencio les escurrían a ambos por las mejillas. Pedro se dio media vuelta y salió sin volver la mirada. Pensó en cuánto extrañaba los besos y volvió a aparecer Marisol en su cabeza. No extrañaba los besos, no extrañaba la compañía de una mujer, la extrañaba a ella, a la mujer de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dentro del consultorio, la doctora Leticia Garcés con lágrimas de coraje inundándole el rostro marcó un número en su teléfono celular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Por qué me estás haciendo esto a mí?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-864751426227874834?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/864751426227874834/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=864751426227874834' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/864751426227874834'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/864751426227874834'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/17.html' title='17.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-7256593619587912062</id><published>2008-11-11T23:09:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:56:42.691-05:00</updated><title type='text'>18.</title><content type='html'>Horacio Sacbé Laarv tuvo que morderse la lengua para no hablar con Pedro durante todo el camino al hospital. Era su ahijado y lo quería sinceramente, lo quiso como a un hijo propio desde el día en que nació. Verónica, su esposa había resultado infértil debido a un temprano cáncer en el cuello del útero padecido en su juventud, y que le había costado la vida hacía ya más de quince años cuando desarrolló de nuevo un tumor maligno. Sabía lo que iba a pasar cuando Pedro se encontrara con Laura, aún y cuando al principio solamente conocía la versión de él, no era difícil el notar que entre los dos hubo una relación mucho más emotiva que física, sabía que Pedro no tenía tendencia a mentir ni a exagerar sobre sus experiencias sexuales, así que la anécdota de su visita a la ciudad del occidente en donde Laura estudiaba en la Facultad de Medicina no le parecía descabellada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro la había ido a ver convencido de que era una mujer que valía la pena, su edad era de veintidós y no tenía más de un mes de haber terminado un noviazgo de cinco años con Isabel, con la que incluso ya había planes de boda y de vida juntos. Laura lo había consolado con las palabras precisas y acaso por despecho o por empatía, él había comenzado a sentir por ella algo más que cariño de amigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se vieron en el puente de las fiestas patrias y lo pasaron juntos, viajaron a la ciudad que fue cuna de la independencia, lo decidieron en un arranque y sin planearlo, y como era de esperarse los hoteles estaban abarrotados, sin embargo lograron encontrar acomodo aunque fuera en una sola habitación con cama individual. Salieron a la verbena popular que se llevó a cabo en el zócalo de la ciudad y permanecieron ahí hasta bien entrada la madrugada, de hecho Pedro había retrasado lo que más pudo la vuelta al hotel, no sabía cómo iba a reaccionar Laura al momento de irse a la cama. No era que no la deseara, que no se estuviera muriendo de ganas de tenerla, de besarla, de tocarla, de hacerle el amor, pero tampoco quería arruinar lo que tenían; él estaba lastimado y por si fuera poco, ella también había terminado con su novio que no había aguantado el ritmo de los estudiantes de medicina y desertó a un semestre del final de la carrera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a la habitación, Pedro cerró la puerta con seguro y doble llave, ella lo notó pero no hizo comentarios; la tensión entre los dos era impresionante y fue Laura la que dio el primer paso, él lo agradeció porque pudo soltarse. Las cosas fluyeron de manera muy natural, el quitarse la ropa mutuamente, la media luz, los besos suaves al principio y que iban creciendo en intensidad y en deseo con cada centímetro de piel conquistado por los dedos inexpertos de Laura y por las manos conocedoras de Pedro. No hubo espacio para inventos, querían estar lo más cerca posible el uno del otro, sentir su desnudez y flotar juntos en un vuelo que duraría la noche entera, no se separarían un solo instante, no hubo ni siquiera un segundo en que no estuvieran tocándose, incluso mientras durmieron ya cuando el cielo clareaba después de una noche de intensidad. Al despertar no se sentían cansados, sino llenos de energía, pero debían volver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al doctor Horacio no le gustaba para nada usar a la gente, y ahora lo hacía con Laura, bien sabía que a ella no le molestaría encontrarse con Pedro, pero también estaba Leticia, había sido una jugada muy baja el haberla enviado sola a la cita que se convirtió en reencuentro, pero esperaba que cuando todo esto acabara lo entendiera. No creía ser una mala persona, pero aún así no podía dejar de preocuparse por la sensación de ser el amo de las marionetas, pero desde que había tenido la penosa necesidad de desahuciar al hijo de su mejor amigo se dijo que haría lo que él le pidiera para hacer su vida más llevadera, al menos lo que le quedaba de ella; y si bien, Pedro no le había pedido todo lo que estaba haciendo, no tenía porqué enterarse tampoco, él sabía que todas sus acciones eran encaminadas a un bien mayor. Se dirigía a su consultorio en donde alguien lo estaba esperando cuando sintió vibrar su teléfono celular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Diga ... &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- ¿Por qué me estás haciendo esto a mí?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Leticia, por favor permíteme explicarte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Dímelo, lo quiero saber ahora.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- ¿Sigues en el consultorio de Laura?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Pedro acaba de salir, Horacio dime que clase de juego es el que estás jugando.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Discúlpate con Laura por no poder quedarte y alcánzame en mi consultorio, tal vez allí podamos encontrar juntos ciertas respuestas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Las quiero hoy. Quiero respuestas hoy.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;- Las buscaremos juntos Leticia, te pido que no te alteres, esta situación es tan incómoda para mí como para ti.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-7256593619587912062?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/7256593619587912062/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=7256593619587912062' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/7256593619587912062'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/7256593619587912062'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/18.html' title='18.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-7061458648572567573</id><published>2008-11-10T23:30:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:56:36.304-05:00</updated><title type='text'>19.</title><content type='html'>Pedro odiaba llorar. Lo había hecho en contadas ocasiones, la negación era su mecanismo de defensa favorito y tendía a reprimir sus sentimientos, al menos en público. Aunque era de lágrima fácil, cuando se hacía daño no podía evitar que sus ojos se humedecieran, de primera intención solamente podía recordar tres ocasiones en las que había llorado por emociones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera fue cuando tenía diez años. Helena su madre solía ir por sus hijos a la escuela en el auto, dejarlo en el lugar más lejano del estacionamiento y esperar a que Pedro y Alejandro caminaran hasta allí acompañados a veces por sus compañeros  y algunas otras por la maestra de uno de ellos. La maestra de Pedro era la Madre Jacobina, una monja franciscana que llevaba más de treinta años enseñando el quinto de primaria en la escuela Francisco Ybarra e Hidalgo, había sido incluso profesora de doña Helena cuando ella cursaba el mismo grado y lo sería de Alejandro cuando éste  tuviera que cursarlo en dos años más. La Madre Rosita era la directora de la escuela y tenía una muy buena relación con los Ortiz Darmand dado que ‘el Toro’ había sido profesor de literatura y teatro por diez años y solamente confinado a una cama del hospital San Jorge de Atanes pudo dejar de dar clases, algo que era su pasión. Era un mediodía soleado pero con un viento frío, propio de la tercera semana de diciembre cuando Pedro esperaba por su hermano y para su sorpresa, doña Helena caminaba hacia él, al levantar un poco más la vista distinguió su auto rojo estacionado prácticamente en la entrada del colegio. Su madre usaba unas enormes gafas oscuras y ropa negra, pantalón de vestir, suéter de tejido, y sobre éste un chal cubriéndola del frío; llegó hasta él y lo tomó por los hombros, Pedro se veía en el reflejo de las gafas y no estaba seguro de si su madre lo estaba mirando pero se sintió triste de pronto. Se abrazaron un momento y tomándolo de la mano, doña Helena lo condujo hasta el gran patio, frente a la jardinera con el enorme logotipo de la escuela y su lema en latín: “Omnia possum in Eo qui me comfortat”, no sabía su significado y pensó que le preguntaría a su madre cuando llegaran a la casa, no podía preguntarle ahora porque había dicho que tenía algo importante que decirle a la Madre Rosita. Pedro vio que su hermano salía del salón de la mano de la profesora Juanita y lo llamó a gritos, dando saltitos Alejandro se acercó y se quedaron solos, esperando a su madre. Helena tardó veinte minutos en salir tomada del brazo de la directora, se las veía conversar con las cabezas mirando al piso. La Madre Rosita abrazó a ambos hermanos y sin decir palabra se despidió de ellos, doña Helena tampoco decía nada, ni entonces ni en el camino de regreso a casa. Comieron juntos en completo silencio con la abuela Almudena, que también se notaba triste y había abrazado a sus nietos muy fuerte, al terminar, ésta se disculpó y llevó los platos sucios a la cocina. En ese momento Pedro volteó a ver a su madre que tenía los ojos hinchados y enrojecidos, tomó de las manos a sus hijos y comenzó a hablar sin que la voz se le quebrara. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Antes de ir por ustedes a la escuela pasé por el hospital, me llamaron para avisarme que su papito acababa de morir. -&lt;/span&gt; Apretando muy duro la mano de su madre, Pedro comenzó a sentir como sus pestañas se mojaban copiosamente, lo último que pudo ver fue a su hermano Alejandro que con cara de sorpresa se aferraba al brazo derecho de su madre, los ojos verdes se le llenaban de lágrimas mientras su garganta reprimía cientos de gritos lastimeros. Hundió la cara en el hombro izquierdo de doña Helena quien le rodeó la espalda. Estuvieron los tres juntos, abrazados casi una hora, en un silencio que fue respetado hasta por la abuela Almudena que se había marchado al hospital sin hacer ruido, silencio que sólo era quebrado por los sollozos que de pronto se le escapaban a los hermanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda vez que lloró de esa manera tenía catorce años. En el último año de la secundaria había conocido a Érica García Esparta en un juego de béisbol, comenzaron a salir al cine, a tomar café o un helado, incluso los papás de ella le tenían mucho aprecio y lo invitaban los fines de semana a ver deportes a su casa o a los estadios de la ciudad o de las ciudades cercanas. Como todos los amores de adolescentes habían pensado que eran el uno para el otro y que estarían juntos toda la vida. Se veían haciéndose viejos y con sus hijos siendo felices para siempre. Los pocos compañeros con que Pedro se reunía en la escuela y fuera de ella, incluso Salvador que era su mejor amigo, lo criticaban, decían que era joven y que aún tenía mucho por vivir, pero ellos, secretamente, le tenían cierto grado de envidia por lo feliz que era siendo novio de Érica. Y ella también se sentía completa. A mediados de marzo, la familia García Esparta organizó un día de campo en un poblado cercano a la ciudad, como resultaba evidente, Pedro estaba invitado a conocer a todos los parientes de su novia y aunque estaba un poco nervioso por ser el único extraño, una vez estando ahí, entre ellos comiendo y compartiendo juegos y risas, se sintió en familia. Los constantes problemas de ‘el Toro’ Ortiz con sus hermanos habían mantenido a Pedro y a Alejandro alejados de sus primos por lo que nunca había conocido un ambiente de familiaridad como el que estaba viviendo ahí, en ese día de campo, y le gustaba. Se organizó un partido de tocho bandera adultos contra jóvenes y los miembros de este último equipo le dieron a Pedro la posibilidad de ser mariscal de campo. Pensó en todas las películas viejas grabadas en súper ocho que mostraban a su padre jugando futbol americano, de ahí venía su apodo, jugando como ala defensiva y a veces como bloqueador central era poderoso, en el campo de la ciudad universitaria donde había estudiado en la Facultad de Letras aún había un pasillo con su nombre en recuerdo de las glorias deportivas que había alcanzado, su capacidad creadora no le quitaba las habilidades atléticas que poseía. Pedro amaba el futbol americano, jugarlo y mirarlo por la televisión. Y esta familia que hoy lo recibía como uno más de sus integrantes compartía la misma pasión por el deporte. No llevaban jugando más de quince minutos cuando la blanca piel de Érica se ensombrecía mientras ella caía como fulminada. Lo que siguió entonces fue solamente confusión, gritos y llanto entre las mujeres de la familia García Esparta y una rápida huida al hospital, Juan Antonio García, el padre de Érica pidió un taxi y le dijo a Pedro que se fuera a su casa, que él le llamaría por la noche para contarle lo sucedido. Pero no lo hizo y Pedro se pasó días llamando a casa de los García esperando por respuestas a preguntas que ni siquiera tenía la oportunidad de hacer, nadie le contestaba. Una semana después de la tragedia en el día de campo, el señor García llegó a su casa para llevarlo a ver a Érica. Por primera vez, Pedro entraba en el hospital San Jorge de Atanes, sabía que ahí había estado su padre durante ocho años pero su madre nunca lo llevó, ni a él ni a su hermano Alejandro; ahora tenía la edad suficiente y sabía desde hacía tiempo que existía una enfermedad llamada cáncer y que ‘el Toro’ había sido una de sus víctimas. En el quinto piso del hospital, Pedro tuvo su primer encuentro cara a cara con el cáncer mirando a través de las ventanas de las habitaciones a los pacientes, algunos sedados, otros reprimiendo con gestos el intenso dolor que debían sentir, muchos en extremo delgados y sin cabello. En una de las salas privadas del centro del piso estaba internada Érica, mucho más delgada que lo usal y con la piel blanca mutilada por cientos de moretones, algunos pequeños y otros que le cubrían gran parte de la epidermis, el mayor de ellos se extendía desde el lado izquierdo de su pecho y llegaba hasta su rostro alcanzando el ojo que se había teñido de rojo, había sido diagnosticada con leucemia. Con trabajos podía mantenerse sentada, el dolor abdominal la forzaba a estar acostada siempre en un ángulo de treinta grados, tampoco podía levantar la cabeza por mucho tiempo. Un tubo transparente le cruzaba la cara haciéndosele imprescindible para respirar. Pedro no pudo soportarlo mucho tiempo, sonreía tímidamente pero sentía miedo, no conocía los hospitales y éste había sido un muy mal momento para hacerlo. Quiso despedirse, Érica tenía los ojos cerrados, él le tocó la mejilla derecha con el dorso de la mano y cuando se dio media vuelta para irse, ella le alcanzó a agarrar un par de dedos con su mano débil y temblorosa, Pedro sintió que todo el peso del mundo caía sobre sus hombros cuando al mismo tiempo de voltearse y clavar la asustada mirada verde en los ojos azules de Érica, ella dibujo una tenue sonrisa en su rostro de facciones delicadas y el bip intermitente que escuchaba desde que entró a la habitación que emitía el monitor cardiaco dejó su ritmo itinerante para sonar sin cesar. Los ojos azules perdieron el brillo y los dedos de Pedro sentían como la presión se relajaba de pronto. Al instante un ejército de uniformados albos entró corriendo a la habitación, un hombre corpulento tomó a Pedro de la cintura y lo alejó de la cama de Érica, una mujer de cabello castaño le pidió que esperara afuera y lo acompañó a sentarse en una banca al centro del pasillo. Ya no podía ver lo que ocurría en el interior, pero aunque hubiera estado ante un cristal transparente también le habría sido imposible, sus ojos se inundaron de tristeza y soltó un grito de coraje e impotencia, golpeó el respaldo del asiento contiguo y llevándose las palmas de las manos a la cabeza se agachó y lloró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tercera vez fue el peor día de su vida, aunque fuera solamente el inicio de una cadena de acontecimientos que dieron al traste con sus planes futuros. A pesar de que su relación con Isabel de las Fuentes Castillo había estado atravesando por problemas en los últimos días, la idea de casarse pronto les rondaba por la cabeza hacía semanas. Ella recién había cumplido veintiún años y a él le faltaban seis meses para cumplir los veintidós. Tenía casi un año de haber salido de la Facultad de Arquitectura y había conseguido un puesto de becario en un despacho dependiente de Estéfano, Amparo y Hernández Asociados, una de las casas constructoras más importantes del país; se sentía muy a gusto ahí y pensaba que podía tener grandes oportunidades de crecimiento. Isabel tenía por delante un semestre difícil en la universidad, el último, en el que debía consolidar su proyecto de tesis. Era diciembre y el despacho había decidido enviar a Pedro a una ciudad del norte a participar en una obra enorme, a partir del inicio del siguiente año tendría que permanecer seis meses lejos de casa, lejos de Isabel. Para él todo encajaba perfecto, ella podría concentrarse en los trámites y trabajos necesarios para su titulación sin las distracciones de un novio demandante de tiempo y de cariño, y él firmaría un contrato con la constructora que le garantizaría, que les garantizaría a ambos el suficiente capital para poder realizar sus planes, además, volvería a la ciudad al mismo tiempo en que ella acabaría la escuela, y si su relación era tan fuerte como lo había demostrado a lo largo de cinco años ya, fácilmente podrían aguantar seis meses de estar lejos. Todo cambió cuando en las vacaciones de fin de año, viajaron juntos a una ciudad colonial cercana. Era el momento ideal para renovar su cariño y prometerse fidelidad y amor eterno, salieron a cenar y a bailar como desde hacía mucho tiempo no lo hacían, al llegar habían comprado una botella de ginebra, la bebida favorita de ambos, de madrugada, ya en la habitación se la terminaron, se sentían tan bien y tan llenos que no les importó, pero ese no había sido el primer error. Cuando las cosas se pusieron ardientes dentro del cuarto, Pedro se acordó que con las prisas del viaje, no había tenido tiempo de comprar condones, y ya era tarde para salir, las farmacias cercanas estaban cerradas y en esa zona hotelera aún no había tiendas de conveniencia que estuvieran abiertas las veinticuatro horas. Se lo dijo a Isabel y ahí vino la siguiente equivocación, ella le respondió que no importaba, quería hacer el amor con él y ya no había la posibilidad de dar marcha atrás, de cualquier manera sus planes de boda eran muy en serio. Y así lo hicieron, Pedro ya no podía pensar claramente, el deseo lo desbordaba, el intenso olor a cloro que se percibía en el ambiente de la habitación crecía a cada instante excitándolo de una manera espectacular, sin darse cuenta, Isabel lo puso boca arriba en la cama, despacio se montó en él y poco a poco fue penetrándose con el miembro que se erguía orgulloso y sin barreras ante ella, Pedro solamente miraba y veía desaparecer su pene entre los prodigiosos pliegues del sexo de Isabel. Ella subía y bajaba con un ritmo frenético, parecía perdida entre sensaciones de placer y por fin él se abandonó también a sus sentidos. Cuando sintió que su orgasmo se acercaba, Pedro tomó a Isabel de la cintura y sin salirse por completo la hizo rodar quedando abajo suyo, ahora él recuperaba el control y mientras seguía entrando y saliendo de ella, le besaba el rostro contorsionado en expresiones de placer. Isabel sintió un cosquilleo intenso saliendo desde lo más profundo de su ser y explotó en un orgasmo impresionante apretando con sus piernas la humanidad de Pedro, que al sentir aquellas contracciones en su pene explotó también, no tuvo oportunidad de salirse antes de eyacular y de eso habría de tomar consciencia poco tiempo después. Las consecuencias llegaron con el año nuevo, la confirmación del embarazo de Isabel no parecía cambiar los planes de Pedro, en seis meses él regresaría y podrían casarse de inmediato si así lo querían, y a Isabel le daba perfecto tiempo de terminar la escuela. O ese era el plan original. Él se fue al norte del país y aunque se mantenía en contacto todos los días, ella no dejaba de extrañarlo y de preocuparse. Un día de febrero Pedro se despertó con un mensaje del teléfono celular de Isabel, le decía que toda la noche había estado llorando y que se sentía muy triste, él lo atribuyó al bombardeo de hormonas que debería estar sufriendo con el embarazo y decidió llamarla al salir de trabajar, pero a la hora de la comida sintió la imperiosa necesidad de hablar con ella, marcó el número de la casa de los de las Fuentes y su hermana atendió. Preguntó por ella y Jazmín, le comentó con la voz quebrándosele que sus padres se habían llevado a Isabel del otro lado de la frontera, cerca de la ciudad en donde vivían sus abuelos; Pedro colgó en seguida, sin pedir permiso ni avisar en la obra donde estaba trabajando, corrió y tomó un taxi que lo llevó al aeropuerto. Dos horas después llegaba agitado y asustado a la casa de la familia del padre de Isabel, no estaba ni ella ni sus padres, pero todos los tíos y primos lo conocían y lo hicieron pasar y esperar. Comenzó a nevar y Pedro sintió mucho frío, como había salido apresuradamente no había traído consigo prenda alguna que lo cubriera por completo del helado clima. Una hora más pasó hasta que se abrió la puerta de la casa y entraba Isabel del brazo de don Severiano de las Fuentes, su padre. Ella estaba muy pálida y parecía que se iba a desmayar en cualquier momento, Pedro la inquirió pero sólo obtuvo una respuesta por parte del señor Severiano. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ya no tienes de qué preocuparte hijo, mi esposa y yo tomamos la decisión de llevarla a deshacerse de ese bebé que lo único que haría es arruinarles la vida. -&lt;/span&gt; Isabel se desplomó y todo el aplomo que Pedro creía tener se fue también. No lo podía creer, sin despedirse y sin mirar atrás salió en medio de la nieve y caminó hasta el aeropuerto, estaba en shock y no tuvo consciencia de cómo había llegado hasta ahí. Tomó el primer avión hacia la capital y al llegar llamó a su madre, ella lo recogió en el aeropuerto y sin decir nada de lo que había ocurrido la abrazó, doña Helena trataba de consolarlo pero era imposible, el llanto de su hijo mayor le empapaba el chal que la cubría del intenso frío. No pudo dormir en toda la noche, había apagado su teléfono celular después de que estuviera recibiendo insistentes llamadas y mensajes de Isabel. Al día siguiente fue a reportarse a la constructora y lo recibieron con un oficio institucional de Estéfano, Amparo y Hernández Asociados con el aviso de su liquidación, no le habían perdonado el haber abandonado la obra en el norte del país. No volvería a saber nada de Isabel nunca, ni tampoco a tener una oportunidad de trabajo como la que había desperdiciado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres ocasiones anteriores a ésta habían logrado que Pedro derramara lágrimas provocadas por emociones. Y ahora estaba de pie afuera de la oficina de la doctora Laura Velasco Del Río sin poder detener el aluvión de sensaciones contradictorias que sentía por dentro. El hablar con ella había sido el catalizador de que cobrara completa consciencia de su propia fatalidad. Tres veces había llorado y las tres veces había sido por la muerte. La muerte de su padre, la muerte de su amada y la muerte de su hijo. Hoy el llanto tenía más que ver con el hecho de que se había dado cuenta de que no quería morir él mismo. De pronto el haber abandonado el tratamiento le parecía como la más absurda de las decisiones que había tomado en la vida, pero también sabía que ya era tarde. Necesitaba hablar con alguien y solamente podía pensar en un nombre, en una imagen. Distinguió un ligero olor a feromonas en el ambiente pero no le prestó atención. Ahora iba a buscarla, habían pasado ya seis meses y quería verla, aunque le costara toda la noche y todos los días que le quedaran de vida, estaba decidido a encontrarla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-7061458648572567573?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/7061458648572567573/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=7061458648572567573' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/7061458648572567573'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/7061458648572567573'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/19.html' title='19.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-1434806069584230075</id><published>2008-11-09T23:37:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:56:25.336-05:00</updated><title type='text'>20.</title><content type='html'>La doctora Leticia Garcés Padró temblaba de coraje, tenía tantas sensaciones dentro de sí que se contradecían y no quería salir en ese estado, no quería que la doctora Laura Velasco lo notara. No era posible que ella se sintiera de esa manera, ella que era experta en el duelo, muy buena y reconocida por sus colegas como una de las mejores psicoanalistas de la ciudad, no, del país. Ella no era capaz de lidiar con los sentimientos que este caso le provocaba. Hacía solamente dos días desde que había conocido a Pedro en persona, no olvidaba su cara de estupefacción cuando entró por primera vez al consultorio con la excusa de que se le había hecho tarde, tampoco quitaba de sus pensamientos el calor que con sus relatos, él pudo avivar dentro de ella. Haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad que pudo reunir, reprimió a sus lágrimas de seguir fluyendo, se limpió el rostro y salió con el pecho erguido y la espalda muy derecha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Leticia! Había olvidado por completo que estabas aquí. Vaya, ¡qué vergüenza!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No te disculpes Laura, no es tu culpa, yo tampoco me imaginé jamás que ustedes dos se conocieran.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿De verdad? ¿no lo sabías? Yo pensé que ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, Laura, no pienses nada de mí por favor. Estoy tan confundida como tú.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No me arrepiento de haber aceptado hablar con Pedro, supongo que él lo necesitaba y el doctor Horacio Sacbé lo único que hizo fue concertar la cita. Lo que me saca de balance es que tú, siendo su terapeuta no hayas estado enterada de la relación entre él y yo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Es algo que tendré que arreglar yo con Horacio, Laura, te agradezco la confianza pero tengo que irme. Gracias por todo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Cuando quieras Leticia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias, colega. -&lt;/span&gt; Al decir esto, Leticia no puede evitar que de sus labios salga una risita irónica que de inmediato reprimió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella se despidió con una sonrisa y caminó rápidamente hacia el elevador. Al llegar a la recepción, se encontró con que Pedro apenas iba saliendo del hospital San Jorge de Atanes y ella se detuvo por un momento, no quería verlo pues de pronto sintió que él era en parte responsable del juego del doctor Horacio. Sin embargo no pudo evitar quedarse mirando la parte trasera de su cabello, sus hombros ligeramente encorvados y su espalda musculosa contraída por el acto de meter sus manos en los bolsillos del pantalón. Lo miraba alejarse lentamente cerrándose y apretando con la mano derecha la parte superior de su chaqueta rompevientos, hundir la barbilla dentro para cubrirse del viento helado y perderse entre la multitud de la calle frente a la puerta principal del hospital, por preciosos segundos olvidó su enojo y en lo único que podía concentrarse era en el recuerdo de la tarde anterior en el departamento de Pedro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminó ella misma hacia la salida y al subir a su auto y encender la calefacción, su teléfono celular se deslizó fuera de su bolsillo y entonces recordó la corta conversación que había tenido hacía unos minutos con Horacio Sacbé. El labio superior le temblaba de coraje y se dispuso a enfrentar el tráfico del mediodía por las avenidas de la ciudad. A pesar de que estaba a sólo cinco kilómetros de distancia, tardó poco más de treinta y cinco minutos en llegar al consultorio del doctor. Mientras entraba dando un portazo e ignorando por completo a la recepcionista, Horacio abrió la puerta de su despacho privado, sin oponerse demasiado la dejó pasar e hizo una seña a la secretaria indicándole que no se preocupara, que él se haría cargo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leticia casi pierde la respiración cuando al entrar al despacho, se encontró con que había dos personas más ahí además del doctor Horacio Sacbé. A la primera la reconoció de inmediato, sentada en el diván estaba una mujer de mediana edad con el cabello corto, castaño e iluminado por algunas hebras de pelo cano que le recorrían el cráneo, la cara redonda mostraba signos de que había estado llorando, los ojos estaban empequeñecidos y enrojecidos por igual, no era muy alta, seguramente alcanzaba el metro con sesenta centímetros solamente con zapatos de tacón mediano; la misma mujer que se había hecho presente en  su consultorio dos días atrás para hablarle de Pedro y de su padre, la señora Helena Darmand viuda de Ortiz, aunque en su visita anterior le había pedido que la llamara con su apellido de soltera, Helena Darmand Fontanet. Junto a ella Leticia vio que permanecía de pie un hombre, uno o dos años menor que ella misma, alto y delgado de piel blanca pero quemada por el sol, el cabello muy negro, corto y revuelto y con una espesa barba del mismo tono que intentaba sin éxito ocultar los prominentes pómulos, un par de ojos pequeños y casi tan negros como el cabello la miraban sin una expresión identificable a simple vista mientras ella entraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Discúlpame Leticia, creo que ya conoces a Helena, la madre de Pedro. -&lt;/span&gt; El doctor Horacio Sacbé cerraba la puerta del despacho tras de sí y se apuraba a ofrecerle a Leticia un asiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Eh, sí, sí Horacio, nos conocimos hace un par de días.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Encantada de verte de nuevo Leticia. -&lt;/span&gt; Helena Darmand  se limpiaba las lágrimas del rostro con la mano izquierda mientras le extendía la diestra en un saludo. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Él es mi hijo Alejandro. -&lt;/span&gt; Éste le dirigió una mueca que intentó ser una sonrisa y ella le devolvió el gesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Horacio, no entiendo qué es lo que ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Leticia, permíteme un momento, no digas nada, te lo ruego. Solamente escúchame, escúchanos, si al final aún tienes dudas te prometo que contestaré a todas y cada una de ellas con la verdad. -&lt;/span&gt; La expresión de Horacio Sacbé no era la de un hombre mentiroso, había humildad en su mirada y grandes dosis de culpabilidad, ella lo notó de inmediato y por eso dejó de protestar; se sentó en la silla que le ofrecía el doctor y no apartó la mirada de él mientras se acomodaba en el sillón detrás del escritorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Mamá, ¿quién es esta mujer? ¿qué está haciendo aquí? ¿qué tiene que ver con mi hermano? -&lt;/span&gt; La voz de Alejandro era idéntica a la de Pedro, grave, profunda y de tonalidad baja. Leticia se sobresaltó cuando habló pues creía estar escuchándolo a él, al hombre por el que había comenzado a sentir una empatía mucho más allá de la de un doctor y su paciente, cariño mucho más allá del de una confidente a su amigo. Y escuchar la voz de quien menos de veinticuatro horas antes la había hecho volar, pero saliendo de los labios de otro hombre lo único que provocaba era que tanto su deseo como su incertidumbre se incrementaran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tranquilo Alejandro. -&lt;/span&gt; El doctor Horacio Sacbé habló desde su sitio con una voz fuerte y autoritaria, pero al mismo tiempo condescendiente. Conocía el genuino interés de Alejandro por el bienestar de su hermano, de hecho, todos en este lugar querían lo mismo, todos trabajaban, cada quien desde su propia trinchera por el mismo objetivo. Hacer del tiempo que le quedara de vida a Pedro lo mejor posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Helena Darmand Fontanet profirió un sollozo estremecedor. Había caído en la cuenta de que todo lo que había hecho y que estaba haciendo por su hijo sería en vano. Horacio, el gran amigo de toda la vida de su fallecido esposo le había confiado los secretos de Pedro, sus pensamientos y sus teorías. Ella lo había vivido antes, era la historia de su padre de nuevo, primero el diagnóstico del tumor cerebral y después, la pérdida de la cordura. Habían llegado los sentimientos de megalomanía y la esquizofrenia, todo provocado por la afectación que el cerebro sufría debido a la presión creciente del cáncer. Todo este asunto de las feromonas y el olor como detonantes de la enfermedad de Pedro no le parecían más que patrañas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Leticia, antes de comenzar dime una cosa ... -&lt;/span&gt; Dijo la señora Helena con la voz a punto de quebrársele. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tú eres una profesional, conoces por tu formación la manera en que funciona el cerebro humano, químicamente, me imagino. ¿Qué opinas de esa tonta idea que se le metió a mi hijo en la cabeza? ¿En realidad crees que pueda ser posible que las feromonas propicien la aparición de tumores malignos?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Helena, no sabría que contestarle, mi experiencia con tumores y otras enfermedades cerebrales no es muy amplia. A nivel mental es otra situación. Es bien sabido dentro de la práctica que casi cualquier cosa puede desencadenar una psicosis, y en el caso de Pedro, su estilo de vida y sobre todo su herencia, sus antecedentes familiares de  desórdenes mentales lo hacían más que propenso a desarrollar cierto nivel de esquizofrenia, que es lo que yo alcanzo a distinguir, al menos en el poco, muy poco tiempo que tengo tratándolo, pero no me atrevería a aventurar un diagnóstico clínico tan pronto. Horacio no me dejará mentir si afirmo que existe una posibilidad relativamente considerable de que sea cierto lo que Pedro dice, al menos él lo cree y a estas alturas no creo que sea prudente el intentar desmentirlo. Eso es lo que yo les recomendaría, pero en última instancia, a falta de su esposa, les corresponde a ustedes la decisión del camino a seguir. Estoy segura que nadie mejor que el doctor Horacio Sacbé para aconsejarlos en esto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- El juicio de Horacio está más que nublado por su cercanía con mi hijo. - &lt;/span&gt;Replicó Helena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me declaro totalmente culpable de esa acusación Helena. -&lt;/span&gt; El doctor Sacbé se notaba claramente abatido, la fuerte personalidad de la señora Darmand se le imponía. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Confieso también que fallé hace más de veinte años con la enfermedad de ‘el Toro’, y ahora está pasando todo de nuevo con su hijo, mi ahijado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Por eso recurrimos a ti, Leticia. -&lt;/span&gt; Helena se dirigía a la doctora Garcés con una ternura que no habría pensado posible la noche anterior cuando sus palabras para con ella fueron fuertes y acaso hasta ofensivas. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Creímos que alguien externo a la familia, una profesional del tamaño de lo que tus credenciales muestran podría mantenerse al margen de la situación y no dejar que sus sentimientos la desviaran del camino de la objetividad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No fue muy buena idea después de todo. -&lt;/span&gt; Alejandro intervino con sorna rompiendo el silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Eso es completamente mi culpa. -&lt;/span&gt; Leticia Garcés aceptaba, su rostro de piel blanca se roseó ocultando las pecas que le cruzaban por encima de la nariz. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Y desde que me di cuenta de lo que estaba sintiendo decidí dar por terminada la terapia con él. Intenté decírselo, pero fallé, permití que mis sentimientos y mis instintos sobrepasaran mi ética y ahora deberé pagar por ello. En mi defensa sólo diré que estaba a punto de decírselo cuando perdió el conocimiento, entro en estado de shock. Estoy decidida ya a hablar con él esta misma noche o mañana a primera hora, en presencia de ustedes si es necesario.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, no Leticia, ya no será necesario. -&lt;/span&gt; Dijo el doctor Horacio desde detrás del escritorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿A qué te refieres? No entiendo. Para mí es importante hablar con él, decirle lo que siento y hacerle saber que cuenta conmigo para lo que quiera. No quiero ocultarle que lo quiero y que estoy dispuesta a luchar por él, a luchar a su lado de la manera que sea.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Precisamente a eso me refiero. Por favor, déjame hablar. -&lt;/span&gt; Horacio Sacbé se recargó pesadamente en el respaldo del sillón giratorio negro de piel en el que se encontraba. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Hace un poco más de seis meses, Alejandro comenzó a notar algo extraño en el comportamiento de su hermano, estaba más huraño que de costumbre pero al poco tiempo, incluso en diferentes momentos del mismo día cambiaba radicalmente y se ponía eufórico sin razón aparente. De inmediato vino a contármelo y yo convencí a Pedro para que adelantara su chequeo médico anual y ahí fue cuando descubrí el tumor que crecía dentro de él. Al principio me resistía a creerlo, se lo confié a Helena y juntos tomamos la decisión de dejar a Marisol por completo fuera de esto. Alejandro se encargó de abordarla un día que salió con su madre y su hermana, le costó bastante trabajo convencerla de que lo mejor para ella era ya no volver al lado de Pedro. Se muy bien que él no está orgulloso de lo que hizo, tuvo que mentirle aunque siempre apuntando por un bien mayor. Te pido que no la juzgues, así como no lo hicimos ninguno de nosotros, es culpa nuestra enteramente, en ese momento pensamos que ella no se merecía lo que pasamos los que estuvimos a su lado en los momentos más álgidos del tratamiento. Tú lo viste Leticia, estuviste hace unas horas en el quinto piso del hospital San Jorge de Atanes, pudiste echar aunque fuera un breve vistazo de lo que significa el cáncer tanto para los enfermos como para sus familiares. De ninguna manera fue con el afán de dañar a Pedro, al contrario, Marisol es una mujer muy sensible y verlo en ese estado la destrozaría, y el verla a ella destrozada también le rompería el corazón a él. Dos semanas después de que nos llevamos a Marisol lejos, Pedro tuvo su primer desmayo, del que ya te he contado, cuando estuvo con Cristina por última vez y entonces se lo hicimos oficial, estaba enfermo y era menester comenzar el tratamiento cuanto antes. Como sabes, lo abandonó pronto y fue cuando sus teorías comenzaron a aflorar, él empezó a alejarse cada vez más de su familia y solamente confiaba en mí; nuestra decisión siempre fue pensando en que no había remedio posible, aún pensamos eso, preferimos calidad sobre cantidad de vida, y ayudándolo en su búsqueda de verdades, por disparatadas o irreales que pudieran parecernos era la mejor manera que teníamos para procurársela, aunque él no supiera jamás lo que hacíamos para ayudarlo. Conozco tus capacidades y confié en ti para guiarlo de la manera en que yo no fui capaz. ¿Me equivoqué o no? Eso está aún por verse, pero siempre hay tiempo para volver sobre nuestros pasos. Necesito Leticia, que estés muy tranquila y que sean los que sean tus planes con Pedro te olvides de ellos. No estoy arrepentido de lo que he hecho, pero te pido una disculpa por haberte usado de esta manera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Horacio, sigo sin comprender del todo, yo ... -&lt;/span&gt; La réplica de Leticia fue interrumpida por el fuerte sonido que salía del bolsillo de Alejandro. Su teléfono celular sonaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Bueno ... Perfecto, quedamos así. -&lt;/span&gt; Cerró el teléfono cortando la llamada. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Mamá, Marisol te manda saludos, ya está en su casa, nos espera a la hora de la cena. Quiere saberlo todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-1434806069584230075?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/1434806069584230075/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=1434806069584230075' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/1434806069584230075'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/1434806069584230075'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/20.html' title='20.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-6053091360946413421</id><published>2008-11-08T23:50:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:55:42.383-05:00</updated><title type='text'>21.</title><content type='html'>Pedro caminaba hacia la salida del hospital San Jorge de Atanes sintiendo un enorme hueco en el pecho, había sido una jugada muy baja de parte del doctor Horacio Sacbé el haberlo expuesto a un momento tan emotivo como el que acababa de vivir. No se lo reprochaba, pero había sido un riesgo que él mismo no habría estado dispuesto a asumir, sabía de antemano que una descarga semejante de feromonas podía ser letal. Se perdió entre la muchedumbre que entraba y salía por la puerta principal, el frío le calaba los huesos y se lamentó no haber traído consigo una chamarra más gruesa, el rompevientos le era insuficiente. Dobló a la izquierda y comenzó a caminar con una idea en mente, necesitaba ver a Cristina, si bien ella no era la culpable de lo que le sucedía, sí había sido con ella la primera vez que se desmayó a causa del tumor, la primera y única vez que había perdido el conocimiento después de que el intenso olor parecido al del cloro le inundaba las fosas nasales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dispuso a caminar a lo largo de treinta y dos cuadras sobre la misma avenida en la que se encontraba el hospital, a Pedro le gustaba andar a pie, no sólo como ejercicio sino porque observaba a la gente y procuraba no perderse de ningún detalle, aunque el ambiente helado de la mitad del otoño le dificultaba el pensar claramente. Cristina vivía casi en las afueras de la ciudad, pero no quería tomar el transporte público, quería caminar, quería sentir que pertenecía a este mundo el más tiempo que le fuera posible, ya no le quedaba mucho tiempo, podía sentirlo y la insistente voz dentro de su cabeza no cesaba de advertirle que ni siquiera llegaría al final del plazo que se estableció para recibir la inyección letal de parte del doctor Horacio Sacbé, su padrino. No dejaba de maravillarle el hecho de que hubiera aceptado tan de buena gana el terminar con su vida, sabía que no por eso iba a dejar de dolerle la muerte de quien siempre había considerado como un hijo. Y Pedro lo consideraba un segundo padre, y lo quería como tal dado que el suyo, ahora caía en la cuenta de ello, había faltado. Se negó a la idea de que Horacio estuviera planeando hacerle daño, era algo simplemente inconcebible. Aunque por la mañana haya estado extraño, tenía toda su confianza puesta en él, justo por eso fue que decidió no ir a vivir sus últimos días a casa de su madre, quedarse solo con la única compañía esporádica del hombre que se había convertido en su mejor confidente, su gurú, su mentor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras seguía su caminata por las calles de la ciudad y recordaba su relación con el doctor, pensó en Ángela, la hija de la recepcionista del consultorio de Horacio Sacbé. La conocía prácticamente desde siempre, doña Lulú tenía más de veinte años trabajando con el doctor, casi desde que éste salió de la especialidad y se instaló en la práctica privada; muchas veces llevaba a su hija pues no era una mujer casada y no tenía familia en la ciudad, en ocasiones dejaba a Ángela encargada con la vecina, pero la mayoría del tiempo estaba ahí, con ella. Horacio no le veía el problema a la situación y eso hizo que doña Lulú le fuera siempre leal al doctor pues la había ayudado muchísimo, y ella le correspondía con trabajo duro. Desde pequeño, Pedro había tenido al doctor Sacbé como médico de cabecera, por cualquier resfriado, o infección o  inflamación acudía al consultorio, así se fue formando el hábito de la salud en él y así fue como ambos, médico y paciente, padrino y ahijado forjaron la relación que tenían hasta el momento. Ángela era un año menor que Pedro, y dadas las constante visitas de éste al médico, los encuentros entre ambos eran inevitables mientras ella se quedaba toda la tarde en la sala de espera y él aguardaba por su consulta. Tenían años de conocerse cuando Pedro la invitó a salir, habían pasado ya siete meses desde su trágico rompimiento con Isabel y creía estra listo para una nueva relación, sabía que no podía acudir a Cristina que en ese tiempo estaba enredada en un noviazgo de estira y afloja con un hombre mucho mayor que ella, y qué mejor que intentarlo con una mujer que conocía desde siempre, que era muy agradable, además de hermosa. Casi tan alta como él, piel amarillenta del tipo oriental pero con los ojos enormes color avellana, el cabello teñido de rubio brillante, el cuerpo moldeado por años de entrenar atletismo y como si fuera una característica que Pedro buscaba en las mujeres, Ángela tenía infinidad de pecas que le asomaban por el discreto escote que siempre usaba y que le cruzaban el rostro por encima del tabique nasal. La primera cita de ambos no fue tan buena pero pudieron sobreponerse al abrupto cambio en su relación, a los silencios incómodos y a las miradas curiosas. En la tercera salida, Pedro decidió llevarla a su departamento, el mismo que le había heredado su padre y en donde vivía desde que salió de la preparatoria para estudiar en la Facultad de Arquitectura. Una vez dentro, Ángela detuvo sus avances eróticos con la confesión de que aún se mantenía virgen. Pedro estaba descontrolado, ella tenía casi veintidós años y no lo creía, pero solamente le dijo que no habría problema, que llegarían hasta donde ella lo permitiera. Y Ángela le permitió hasta la desnudez y los tocamientos profundos, el masturbarse mutuamente, pero en cuanto él se volteó para buscar un condón en el cajón del buró, ella se levantó presa de un ataque de pánico, le había aterrado la idea de perder la virginidad sin estar casada, ni comprometida, sin ni siquiera tener un novio pues Pedro jamás había hablado al respecto. Prefirió ponerse su ropa e irse muy apenada, y ella fue la única mujer que pudo negársele en la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese recuerdo lo llevó inmediatamente a Leticia. No tenía la más mínima idea de si lo había perdonado por lo ocurrido el día anterior, quiso retroceder el tiempo, años de ser posible; miró su reflejo en el aparador de una tienda departamental y quiso con todas sus fuerzas que las cosas hubieran sido diferentes, con gusto cambiaría a todas las mujeres que habían pasado por su cama desde hacía quince años por haber tenido la oportunidad de conocer a Leticia cuando ambos eran jóvenes, más jóvenes, adolescentes si se pudiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El olor de las feromonas estaba presente en el aire mientras recorría mentalmente a todas las mujeres de su vida y no pudo encontrar ninguna razón para guardar consigo recuerdo alguno. Había hecho muchas cosas de las cuales podía, incluso debía de arrepentirse, mucho dolor que sus acciones egoístas de adolescente, incluso ya en los primeros años de su etapa adulta causaron en otras personas, en otras mujeres. Ruth y la primera vez había sido el principio del fin, en algún punto de su vida había dejado que el sexo lo dominara, tal vez todo se remitía a aquella primera vez en la que se sintió como un objeto sin valor, y lo peor de todo es que había permitido, aunque fuera inconscientemente, que su deseo de venganza le nublara el juicio y mujeres inocentes habían pagado ese precio. Por su culpa Jahayra había visto arruinado su más grande sueño de adolescencia sin que a él le importara mayor cosa, no sabía que habría sido de ella eventualmente, pero se descubrió esperando con todo el corazón que el hecho no haya tenido consecuencias graves; era bien sabido que los eventos traumáticos en la juventud podían sin problemas afectar enormemente el desenvolvimiento de la vida adulta de las personas, él lo sabía, lo había entendido ya. Aunque tenía sentimientos profundos para con Nadia, también la había usado y a la distancia ningún pretexto que pudo haber puesto o pensado dar en ese entonces le parecía válido, había sido un verdadero imbécil, un patán de la más baja calaña, y eso solamente había sido el principio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasaba ya del medio día y muchos pensamientos se revolvían dentro de su cabeza llenándolo de sensaciones de culpabilidad. El olor no se desvanecía, al contrario, mientras más avanzaba por la calle era más fuerte y Pedro se había declarado incapaz de poder distinguir si el olor era real o solamente producto de los recuerdos que se agolpaban y pasaban por oleadas frente a sus ojos. Se acordó de Isabel y las sienes le palpitaron, nunca pudo perdonarle la decisión que había tomado, aunque sabía bien que no había sido ella únicamente, sus padres también tuvieron mucho que ver, pero a final de cuentas, ella debería haber tenido la última palabra, y lo había permitido, casi lo cegaba el coraje y el dolor, pero de pronto cayó en la cuenta de que él no era la víctima total; aunque ella no lo supo jamás; él había sido infiel en dos ocasiones, la primera cuando conoció a Laura y se besaron bajo las estrellas, y la segunda en aquel viaje al sureste, cuando compartió cama, ganas y sudor con su mejor amiga de entonces, Gabriela, y con esa chica Karelia que jamás volvió a ver, ni en la universidad ni en ningún otro lado. Con toda la pesadez que se sentía en el aire producto de la bruma que había inundado la mañana, pero para Pedro, sobre todo por el agobiante olor a feromonas, recordó la ausencia de éste en aquel encuentro. Y esa mañana no había tenido oportunidad de compartir ese descubrimiento con el doctor Horacio Sacbé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dio tiempo para pensar en Salvador, su mejor amigo y después de la preparatoria, compañero de conquistas. La mujer que los definía como amigos y casi hermanos se llamaba María Elia. Se sentaba al lado izquierdo de Pedro en el salón cuarenta y dos, en el cuarto piso de la escuela Francisco Ybarra e Hidalgo. Muy inteligente y agradable, llegó a ser una muy buena amiga suya, pero estaba en secreto enamorada de Salvador. Habían pasado dos años desde la fiesta de Jahayra y Pedro no tenía una novia formal, ignoraba que María Elia gustara de su mejor amigo, de haberlo sabido lo más probable es que hubiera actuado diferente, Salvador había quedado ese año en un grupo diferente al de ellos dos, por lo tanto no convivía todo el tiempo con Pedro, como sí lo hacía él con María Elia. Ella se había ofrecido a ayudarlo con sus trabajos de Historia e Investigación a cambio de un favor que le habría de pedir una vez terminados los resúmenes. Pedro fantaseaba con la posibilidad de acostarse con ella después de recibir su ayuda académica, y durante toda esa tarde estuvo seguro de que de eso se trataba el favor que le pediría. Cuando los trabajos estuvieron listos, Pedro se abalanzó sobre ella sin siquiera darle tiempo de hablar, María Elia, sorprendida respondió a sus caricias con presteza, hicieron el amor sobre la alfombra de la sala del departamento y en el momento del orgasmo, ella le confesó que de quien estaba enamorada era de su amigo Salvador. A Pedro no le importó demasiado, sus ganas estaban demasiado satisfechas como para ofenderse por esa revelación. Con la promesa de que la ayudaría, Pedro le pidió que si algo llegara a darse entre ellos, jamás le contarían a Salvador lo que acababa de suceder. Tiempo después, María Elia y su mejor amigo se hicieron novios hasta que ella, en un desliz imperdonable, se embarazó de otro hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Envuelto en sus pensamientos, Pedro no se dio cuenta de que llevaba casi cinco minutos de pie frente a la puerta de la casa de Cristina. La misma casa en donde había vivido desde siempre y que ella había heredado cuando sus padres murieron en un accidente de carretera hacía un par de años. Conocía muy bien la casa, había tenido sexo con Cristina en todas y cada una de las habitaciones, incluso, en el funeral de sus padres, había venido aquí acompañado de Marisol y no pudo evitar excitarse cuando vinieron los recuerdos al recorrer los pasillos de la casa en compañía de su esposa, ambos se metieron a un armario que Pedro conocía se cerraba solamente por dentro y ahí, hicieron el amor suavemente y en silencio, una celebración de lo mejor de la vida en un momento en que los demás, en la planta baja, lloraban la muerte de dos seres humanos increíbles. No había visto, ni hablado, ni sabido nada de Cristina desde el día que se había desmayado por primera vez a causa del tumor. No sabía como iba a reaccionar ella al verlo, ni siquiera sabía si estaba sola o acompañada. Ahora que lo pensaba, debería de haber llamado antes, por teléfono ella jamás se le negaría. Pero era tarde. Estaba ahí, avanzó unos pasos y con el dedo índice casi rígido por el frío presionó el botón del timbre. A través del intercomunicador, la suave y sensual voz de Cristina le respondía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sí ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Soy yo Cristina. Pedro. Disculpa por no haber llamado antes, pero necesito hablarte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro esperó veinte segundos que le parecieron eternos y justo cuando estaba a punto de darse por vencido, dar media vuelta y regresar sobre sus pasos, el sonido inconfundible del portón abriéndose lo hizo levantar la vista. Cristina lo estaba dejando pasar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-6053091360946413421?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/6053091360946413421/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=6053091360946413421' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/6053091360946413421'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/6053091360946413421'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/21.html' title='21.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8162540873945296802</id><published>2008-11-07T23:40:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:55:08.800-05:00</updated><title type='text'>22.</title><content type='html'>El primer impulso que sintió la doctora Leticia Garcés cuando supo de la confesión de la familia de Pedro fue el de huir. Salir corriendo, abrir de un golpe la puerta sin importarle que pudiera lastimar a la señora Lulú, la recepcionista que seguramente escuchaba todo lo que ocurría dentro, encorvada y con el oído pegado a la gruesa madera. Quería irse de ahí de inmediato y ver a Pedro, contárselo todo, él tenía que saberlo, lo que su familia le estaba haciendo no era justo, al menos no para ella. Se imaginó sentada junto a él en el café de chinos que siempre le había encantado, tenía que decirle que Marisol, no lo había abandonado, que él debía buscarla y aclarar su situación con ella, que nada de lo que estaba pasando era su culpa. Pero también tenía celos. Por segunda vez en el día sentía ese coraje interno que le hacía perder la templanza. Hasta ese momento, había sido muy cómodo el pensar que en efecto, su esposa lo había dejado porque no quería saber más de él, lo cual le dejaba a ella el camino libre para permanecer a su lado, sin embargo este secreto cambiaba las cosas. En su interior la confusión reinaba, su compromiso con la verdad y su ética profesional, a los cuales ya había faltado se enfrentaban cara a cara contra sus sentimientos que a cada segundo que pasaba se hacían más grandes y más fuertes hacia Pedro.  - Va a morir. - Pensó. - No puedo ni debo intervenir en las decisiones de la familia aunque ...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- También quiero estar presente. Quiero estar ahí cuando le digan la verdad a Marisol. -&lt;/span&gt; La voz de Leticia era firme y autoritaria. No era una solicitud, era una exigencia y tanto el doctor como la señora Darmand lo entendieron. No así Alejandro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo sigo insistiendo mamá. Esta mujer ya cumplió su papel en este asunto. Lo hizo mal, nos falló y no tiene ningún derecho de exigirte nada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tengo todo el derecho que me ha dado Pedro cuando me eligió para ser su terapeuta. -&lt;/span&gt; Replicó la doctora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Pedro no te eligió! Nosotros lo hicimos, confiamos plenamente en la palabra de Horacio y también nos ha decepcionado. ¡Díselo mamá! ¡Dile que ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro eligió estar bajo mi tratamiento desde el momento en que cruzó el umbral de la puerta de mi consultorio, me eligió para acompañarlo en sus últimos días y yo he tomado mi decisión también. -&lt;/span&gt; Dejó a Alejandro con la palabra en la boca y se dirigía ahora a su madre. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No se lo estoy pidiendo Helena, le aviso, les aviso a los tres que estaré presente, de una o de otra manera. Marisol le ha dicho a su hijo que quería saberlo todo. El todo me incluye a mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sabes bien lo que quieres Leticia, eso me da gusto. Pero es necesario que entiendas que Pedro va a morir y eso es algo que ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo sé Helena, créame que lo sé, lo entiendo y aunque usted no lo haga y piense que mis motivaciones no son lo suficientemente poderosas, eso no las hace menos válidas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro tiene que estar con la mujer que él desee. No con la que pueda merecerlo más ni la que lo quiera más a él. De igual forma, si lo que prefiere es estar solo, no podemos forzarlo a nada. Lo intentamos, quise que se mudara a la casa mientras tomaba la quimioterapia y las radiaciones, acaso lo habré presionado mucho, tanto que lo que decidió fue abandonar el tratamiento e ir a vivir solo a su departamento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Eso es precisamente lo que trato de decirle. Pedro necesita tener toda la información para decidir lo que más le convenga. O lo que más quiera. Yo les prometo que no interferiré para nada en su juicio. Lo único que quiero es que no me excluyan de su vida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Para las cursilerías. Lo único que te pasa es que mi hermano te ha hecho lo que le ha hecho a todas las mujeres que han pasado por su vida. Te engatusa y te hace creer que él es lo único que importa en el mundo, tienes que creerlo, lo conozco como a mí mismo. -&lt;/span&gt; Alejandro comenzaba a elevar el tono de su voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ya entiendo Alejandro. -&lt;/span&gt; Leticia también empezaba a enojarse, pero a diferencia del hombre que estaba de pie frente a ella, debía mantenerse calmada. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Sabes? Por un momento pensé que tenías algo en mi contra, pero lo único que estás haciendo es proyectar tus celos filiales por haberte sentido siempre a la sombra de tu hermano. No te culpo, pero no puedes pretender que Pedro actúe siempre de la manera en la que tú lo ves.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Leticia, por favor. -&lt;/span&gt; El doctor Horacio Sacbé interrumpía con la voz grave pero clara, de nuevo desde atrás del escritorio, pero ahora se levantaba del sillón y su presencia se hacía más intimidante, Alejandro también lo sintió y retrocedió. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ya basta con esta discusión sin sentido. Quiero repetirles que todos los que estamos entre estas cuatro paredes estamos buscando lo mismo. El bienestar de Pedro, por ahora nada más importa. Para empezar, debemos hablar con Marisol. Helena, no sé lo que tú opines, pero yo estoy de acuerdo con Leticia, ambas merecen saberlo todo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Vamos entonces. Marisol nos espera. -&lt;/span&gt; Helena había entendido la discreta mirada que Horacio Sacbé le había dirigido. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Alejandro, busca a tu hermano, dile que necesito verlo urgentemente. -&lt;/span&gt; Se levantó del diván en donde había permanecido todo ese tiempo y se encaminó a la puerta. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Nos vamos, Leticia?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Después de ti Helena.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En silencio, el doctor Horacio Sacbé salió de su despacho tomando a Helena Darmand del brazo, detrás de ellos, Leticia, radiante, caminaba con seguridad y la espalda perfectamente erguida. Por último, Alejandro, alisándose la corbata y manteniendo la mirada fija en las nalgas de la doctora que resaltaban de forma espectacular con el pantalón de mezclilla que llevaba puesto. Doña Lulú los miró pasar a los cuatro, sonrió y calló.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8162540873945296802?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8162540873945296802/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8162540873945296802' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8162540873945296802'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8162540873945296802'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/22.html' title='22.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-8564817825664598189</id><published>2008-11-06T23:13:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:55:01.504-05:00</updated><title type='text'>23.</title><content type='html'>Cuando traspasó la frontera virtual del portón de la casa de Cristina, Pedro pudo darse cuenta que dentro, el olor se hacía más fuerte, si todo el camino lo había percibido, aquí en el jardín frontal el aire estaba completamente impregnado del olor a cloro y con una intensidad que no recordaba haber sentido jamás. Tuvo miedo, si sus teorías eran correctas, eso significaba que Cristina estaba muy excitada, si ya lo estaba y al oírlo llegar su estado se incrementó o si solamente él lo había provocado, tenía que descubrirlo. Si la exposición constante durante quince años de su vida al olor de la humedad femenina había sido la causante de que un tumor se le hubiera desarrollado en el lóbulo frontal del cerebro, el entrar ahora y encontrarse de frente con ella podría suponer un golpe letal del que no podría recuperarse. Aunque también era cierto que en los últimos dos días había comenzado  a dudar de sus propios pensamientos, le había costado casi seis meses el poner todas las piezas juntas, y darse cuenta, previo abandono de la quimioterapia que mantenía su mente adormilada, de la verdad. Sin embargo no tenía ya nada que perder; su esposa lo había abandonado sin decirle adiós y sin explicación alguna y ni siquiera sabía si ella tenía conocimiento de su condición, la primera mujer por la que sintió algo especial yacía en este momento al borde de la muerte en una cama de la habitación número trece del ala de cuidados intensivos del hospital San Jorge de Atanes, sintió un irrefrenable deseo de saber que había sido de la vida de Isabel después de lo que había pasado entre ellos, había arruinado las cosas con la mujer que le atraía ahora o eso creía pues sentía que no iba a volver a ver a Leticia. Nada tenía, la dueña de la casa a la que ahora golpeaba a la puerta era su última esperanza de aferrarse a algo real, a algo de este mundo, de saber que su vida había servido de algo antes de marcharse, de perderse entre la irrelevancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no me llamaste antes? Entra por favor, te estás congelando. -&lt;/span&gt; Cristina, con el mismo cabello negro azabache que brillaba de una manera espectacular, con su nariz pequeña y con unas cuantas pecas colocadas estratégicamente a lo ancho de sus mejillas, le hablaba con la misma suavidad con la que lo había hecho desde siempre, no había en su tono de voz trazo alguno de reproche o de queja. Y Pedro se sintió confortado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias, perdóname, no sabía a donde ir. Toda la mañana estuve pensando en ti, quería verte, hablarte, escucharte quizá por última vez.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué pasa? Ven a la sala, aquí podemos hablar, ¿quieres tomar algo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Refresco de cola, mucho hielo por favor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ya sé, te conozco. &lt;/span&gt;- Le dijo Cristina y dejándolo solo en la sala se dirigió a la cocina, donde el ruido de trastes y hielos lo aturdía, la cabeza había comenzado a dolerle y agradeció que fuera, en la calle la luz natural disminuía y la casa poco a poco quedaba en penumbras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Tienes vasos de plá... - &lt;/span&gt;La petición de Pedro fue interrumpida por el fuerte sonido que hizo Cristina al empujar la puerta de la cocina dando un puntapié. Traía con ella dos vasos, uno de cristal y uno de plástico transparente con hielo hasta el tope y refresco de cola. Se lo extendió y él lo tomó y bebió, no sabía cuán sediento estaba hasta que sus labios probaron el frío y gaseoso líquido. De un solo trago lo terminó mientras Cristina lo miraba con una sonrisa condescendiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pasó mucho tiempo, ¿o no? ¿Por qué tardaste tanto en venir?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo, ah, no sabía si querías verme, la verdad no imagino lo que debiste haber sentido o pensado cuando me desmayé. Quise llamar para disculparme contigo, pero al principio no me dejaron, mientras estuve en tratamiento estaba muy controlado, ni siquiera me dejaban trabajar, perdí a mis clientes y me quedé sin nada más que mis ahorros. Después abandoné los fármacos y las radiaciones y me sentía pésimo, aparte del mes que estuve bajo tratamiento, me pasé otras cuatro semanas sin poder hacer mucho, apenas podía levantarme y no fue sino hasta que el doctor Sacbé me dio de alta que pude volver al gimnasio y a comer normalmente. Pero por favor Cristina, no pienses que me olvidé de ti, de ninguna manera. Si no te busqué fue por vergüenza, sentía remordimiento y no quería que tú te culparas de lo que me pasó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo no supe que hacer. Estaba extasiada y no me di cuenta que te habías desmayado hasta después de que me relajé cuando llegué al orgasmo. Sí me sentí muy culpable, y el ver el gesto acusador de tu hermano Alejandro haciéndome sentir responsable por lo que te había pasado me perturbó. También siento no haberte buscado antes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Espera, ¿Alejandro dices? ¿Él que tiene que ver en esto?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Cuando me di cuenta de que no respondías me asusté muchísimo, me vestí de inmediato y ni siquiera me dio tiempo de limpiarme o bañarme o algo. Le llamé a tu hermano, fue el primero en el que pude pensar, le llamé y en cinco minutos ya estaba en tu departamento acusándome. Le supliqué que te ayudara y que me dejara acompañarlos al hospital o con el doctor. Pero no me hizo caso. Me dijo que él se haría cargo de todo y prácticamente me corrió de tu casa. Por eso me abstuve de llamarte o pasar a buscarte, no quería toparme con él de nuevo y que me tratara de esa manera delante de ti.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No me sorprende de Alejandro, sin embargo no es lo que a mí me dijeron. Yo siempre había creído que simplemente te habías ido de ahí, mi madre me contó que el doctor Horacio llegó al departamento a ver como seguía y que me había encontrado desnudo, sudoroso y tirado en el piso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, perdóname, debí insistir, y no, no te dejé desnudo, te vestí, al menos te puse la ropa interior y los pantalones. ¿Cómo pudiste creer que yo iba a dejarte así?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No lo sabía Cristina, perdóname tú a mí por hacerte pasar por eso. Han pasado muchas cosas desde entonces.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo sé, lo imagino Pedro, hace un par de meses me topé con el doctor Sacbé en el supermercado y hablamos unos minutos. Me contó a grandes rasgos lo que te pasaba y en ese momento una parte de mí se murió, quise saber más e hice una cita con él en su consultorio, hablé con la recepcionista, la señora Lulú porque quería asegurarme de no encontrarme contigo. Ya sé, ya sé Pedro, fue una tontería pero sabía que iba a romperme en el mismo instante en que te viera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Habría querido tenerte cerca hermosa, me habrías hecho todo el bien del mundo. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Sabes? Aún tengo tu olor clavado en mi nariz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No recuerdo que loción estaba usando ese día, tal vez ninguna, estaba más que deprimido y no ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No me refiero a ese olor Pedro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Entonces?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Es un olor peculiar que jamás en la vida había percibido, haciendo memoria lo llegué a sentir un poco cuando estaba contigo, pero esa última vez fue diferente. Parecido al olor del cloro pero muchísimo más penetrante, aunque no era desagradable, se metía hasta dentro de mis sentidos y me excitaba, como nunca antes me había excitado olor alguno. Incluso, lo puedo sentir en este momento. Aquí, contigo.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-8564817825664598189?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/8564817825664598189/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=8564817825664598189' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8564817825664598189'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/8564817825664598189'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/23.html' title='23.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-2697157009220467551</id><published>2008-11-05T23:06:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:54:20.757-05:00</updated><title type='text'>24.</title><content type='html'>El auto negro y lujoso del doctor Horacio Sacbé Laarv se movía con ímpetu entre las calles de la ciudad y el tráfico de las seis treinta y cinco de la tarde, y aceleraba y rebasaba a otros automóviles como nunca antes lo había hecho. Al volante, su dueño se notaba ansioso, las dos manos tensas y apretadas simétricamente colocadas a los lados mantenían las muñecas rígidas, los ojos castaños del doctor fijos en el frente y su ligero encorvamiento habitual era aumentado debido al peso de la responsabilidad que sentía sobre los hombros y que le oprimía los sentidos. En el asiento del copiloto, la señora Helena Darmand Fontanet permanecía prácticamente inmóvil con los dedos de ambas manos entrelazados unos con otros en su regazo, con la mirada traspasaba el cristal de la ventanilla lateral sin concentrarse en lo que pasaba frente a sus ojos, inmóvil salvo por una oscilación de la punta del pié derecho que se balanceaba de un lado para el otro cada vez más rápidamente. En el reducido asiento trasero, la doctora Leticia Garcés Padró, detrás del asiento del conductor, apretaba su cuerpo contra la parte interior de la portezuela trasera, habría querido ir ella misma en su propio auto, sin embargo no podía confiar en que ellos la guiarían por el camino indicado, se sentía bastante incómoda dentro de ese silencio pero no había otra manera, mientras miraba a través del limpio cristal a los demás autos que iban pasando por la calle y mantenía los brazos frente al pecho, cruzaba las piernas alternadamente como síntoma de nerviosismo y acaso de un poco de excitación, posó el muslo derecho sobre la rodilla contraria por décima ocasión sin darse cuenta que a su lado, Alejandro Ortiz Darmand le miraba alternadamente y de reojo las nalgas y los senos. Éste, vestido con traje color café claro de tres piezas, zapatos negros perfectamente boleados con calcetines a tono, camisa blanca impecable que no dejaba ninguna transparencia y corbata de texturas negras con el nudo ancho, visto de perfil tenía un gran parecido con su hermano Pedro, y este hecho hacía que Leticia se mordiera los labios discretamente para evitar voltear y admirarlo. Le rompía el corazón el recuerdo de la voz idéntica denostándola, pero se forzaba a sí misma a mantenerse ecuánime, por mucho que el aroma natural que expedía el hombre que minutos antes la agredía y que ahora estaba a su lado en aparente tregua mutua le recordara a Pedro, Alejandro no era él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanto el conductor como los tres pasajeros sintieron el violento virar del auto hacia la derecha para pasar por el frente de un autobús colectivo que se interponía entre ellos y la calle en la que debían dar vuelta. Horacio Sacbé había descuidado el camino debido a las ideas que se le agolpaban en la cabeza. - ¿Qué iban a decirle a Marisol? - Pensó. - ¿La verdad? Si bien es cierto que jamás hablé con ella del asunto, sí estoy seguro de que Alejandro no le dijo lo que en realidad pasaba, la verdad sonaba como un pretexto barato. Ella jamás hubiera aceptado irse del lado de Pedro aunque lo hubiera visto en el peor de los estados a causa del tratamiento. Y aunque por unos días tuve curiosidad de qué es lo que había hecho Alejandro para alejar a Marisol de su hermano, en ese momento el bienestar de Pedro era mi prioridad. - En verdad no tenía la menor idea de lo que les esperaba en casa de Marisol, pero si estaba plenamente consciente de que había llegado el momento de poner todas las cartas sobre la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por culpa del rápido viraje, Alejandro, que viajaba sin cinturón de seguridad se precipitó con fuerza hacia la izquierda del asiento. Sus manos hicieron contacto con los duros muslos de Leticia y su rostro quedó justo a la altura de sus senos. El frío había hecho que los pezones de la doctora se mantuvieran erectos y notables a pesar de estar cubiertos por el sostén deportivo color carne, la blanca blusa y el chaleco negro. Alejandro podía sentir el roce en cámara lenta de éstos contra su mejilla izquierda, su barba se erizaba y casi era capaz de identificar la sensación eréctil de todos y cada uno de los pelos que la componían. Para Leticia, en cambio, todo pasó muy rápido, el giro provocó que sus piernas se descruzaran, que su cara se embarrara contra el cristal de la ventanilla y que el maquillaje de sus ojos se le corriera por todo el costado de la cabeza hasta llegar al cuello, pudo sentir una hinchazón en la sien que crecía y la pesada humanidad de Alejandro sobre ella, sus manos apretándole el interior de las piernas en el intento de levantarse y si su imaginación no le estaba jugando una broma pesada, estaba segura de que la nariz de Alejandro se asomaba por uno de los espacios entre los botones de su blusa tocando con la punta la tela de su sostén. Con presteza logró deshacerse de él, quitárselo de encima y lanzarle una furiosa mirada de asco y disgusto. Él ni siquiera se disculpó, simplemente le devolvió una sonrisa forzada y se acomodó al otro lado del asiento cruzando los brazos y mirando fijamente a la nuca de su madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El auto se detuvo frente a una portón negro, las paredes que lo escoltaban tenían una textura pétrea y el color variaba entre diferentes tonalidades de gris, una marquesina con las luminarias rotas evitaba que la luz de las farolas de la calle cayera directamente sobre las cerraduras, sin embargo, una rendija iluminada por debajo las indicó que había alguien dentro de la casa. El doctor Horacio Sacbé apagó el motor y se apresuró a rodear el automóvil para abrir la puerta izquierda, así lo hizo y tomando del brazo a la señora Helena Darmand la ayudó a salir. Ella ya blandía el juego de llaves que había sacado de su bolso momentos antes y mientras se apresuraba a introducir la llave de seguridad dentro de la chapa, Alejandro y Leticia bajaban también del auto y se colocaban a sus costados. Horacio se mantuvo un poco al margen detrás de ellos. La llave crujió al entrar y no dio vuelta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Helena reprimió un grito, hizo una extraña mueca y tiró al suelo el llavero, sin perder en apariencia el temple, hizo sonar el timbre. De inmediato el intercomunicador zumbó y una voz dulce, suave y un tanto aniñada respondió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Diga, ¿qué desea?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Marisol, soy Helena, Alejandro me dijo que querías verme y aquí estoy.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Viene sola?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, mi hijo viene conmigo, Alejandro. También me acompañan los médicos de tu esposo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Médicos? ¿De qué se trata todo esto?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo tendría que preguntarte a ti Marisol, ¿por qué has vuelto?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Porque ésta es mi casa y quiero ver a mi esposo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Serías tan amable de dejarnos pasar? Hace frío y en verdad tenemos muchas cosas que discutir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El inconfundible sonido del metal contra metal rompió el incómodo silencio que se sentía afuera de la casa de Marisol, el portó automático se abría y chirriaba evidenciando que no había sido abierto continuamente en meses. Al tiempo que el doctor Horacio Sacbé subía a su auto para meterlo en la cochera, Helena, Leticia y Alejandro, éste tomando del brazo a su madre entraban en la propiedad. Pasaron por un pequeño jardín que lucía el pasto crecido y las flores marchitas, geranios y azucenas, los favoritos de Marisol apuntaban al piso con los pétalos arrugados. Los blancos muebles de la terraza frente a la puerta principal lucían la desgastada herrumbre oxidada. Un foco pelón iluminó el patio justo en el momento en que los tres visitantes habían sido alcanzados por el doctor, el panorama era deprimente, el farol se había caído y los restos de vidrio y metal yacían nada armónicamente en el suelo. Alejandro fue el primero en distinguir detrás del gran ventanal junto a la puerta a una figura pequeña que se alejaba de la entrada después de girar la perilla. Marisol los quería esperar dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leticia entró delante de sus tres acompañantes y tardó cinco segundos en que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad que se extendía frente a ella. Todo el lugar estaba impregnado del aroma de Pedro, aunque hacía ya casi seis meses de que él no ponía pie en este sitio, la doctora respiró profundamente mientras seguía caminando por un pasillo largo en cuyo fondo, una puerta rodeada por un halo luminoso indicaba que la reunión debía de celebrarse ahí. Helena se había soltado del brazo de su hijo Alejandro y ahora había colocado su mano izquierda sobre el hombro derecho de Leticia y la apretaba cada vez más fuerte a medida que se acercaban al umbral de luz. Mientras Alejandro retrocedía atemorizado, el doctor Horacio Sacbé se les adelantó a las dos mujeres y con un movimiento rápido abrió la puerta, un destello de luz les golpeó de lleno en el rostro, a pesar de que habían entrado al oscuro estudio de Pedro, Marisol estaba sentada en el cómodo sillón de piel negra de su esposo detrás del escritorio, junto a ella, otra mujer y dos hombres se habían puesto de pie al momento en que la puerta se abrió y la flanqueaban con las manos en los bolsillos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo sé todo Helena, Alejandro. Ellos, los únicos en los que puedo confiar ahora me lo han contado ya. Sé del cáncer y sé que mi esposo abandonó el tratamiento y fue desahuciado. ¡Quiero una explicación! -&lt;/span&gt; Marisol  había llamado a los amigos más cercanos de Pedro y después de haber soportado fuertes interrogatorios y reproches de su parte, les pidió explicaciones. Se enteró de que su esposo estaba desahuciado desde hacía meses, que había sufrido su abandono y resentido su falta, que su ausencia había sido una de las principales razones por las que dejó el tratamiento y se resignó a su destino mortal. Nunca lo habría imaginado, las mentiras y las presiones de las que había sido objeto por parte de su familia política la habían predispuesto al tono con el que tendría que llevarse esta reunión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Salvador? -&lt;/span&gt; Exclamó con sorpresa Helena Darmand al reconocer al hombre a la izquierda de Marisol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Señora Helena, me da muchísimo gusto verla de nuevo, aunque sea en estas circunstancias. -&lt;/span&gt; Salvador se dirigió cortésmente a la madre de su mejor amigo, aun y que tenía presente la humillación sufrida en  esa misma casa tres años atrás cuando Helena había hecho mofa de su vegetarianismo enfrente de su entonces prometida en la fiesta del cumpleaños número veintisiete de Pedro. Salvador era un hombre rubio y fornido, sufría de calvicie prematura así que llevaba la cabeza prácticamente a rape, lo cual contrastaba con su cerrada barba de tres días, casi tan alto como Pedro, vestía un traje sport azul marino con camisa clara y corbata rosada, había sido su amigo desde la secundaria, compañeros de fiesta y aventuras. A su lado izquierdo y tomándolo del brazo, una mujer pequeña y delgada pero con algunos kilos de más en la zona abdominal que usaba un conjunto de saco y pantalón color rosa con una blusa vaporosa blanca, tenía la piel apiñonada y el cabello negro opaco amarrado en una cola de caballo, sobre la nariz respingada descansaban unos anteojos de montura de carey, la esposa de Salvador, su nombre era Carina. Al extremo opuesto se había colocado Ezequiel, el otro mejor amigo de Pedro al que conocía desde el segundo año de preparatoria, él era gordo y apenas un poco más alto que Marisol, de piel morena, nariz y ojos pequeños y gruesos y grandes lentes, usaba el cabello largo hasta los hombros y barba rala sin bigote, vestía de mezclilla, camisa a cuadros rojos y chaqueta café con forro de lana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Salvador! -&lt;/span&gt; Alejandro salió de entre las sombras y dirigiéndose hacia el escritorio gritó autoritariamente. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No tenías ningún derecho a darle a Marisol información alguna. Si te confié los problemas de salud de mi hermano fue en honor a la amistad que los unía, yo ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Que nos une, Alejandro, que nos une. Aunque no me lo hubieras dicho lo habría averiguado en poco tiempo. ¿Creías que la vida de Pedro giraba sólo alrededor de ti? No eras el único para el cual trabajaba tu hermano, él colaboró durante todo este tiempo conmigo en diferentes proyectos y con otros despachos y constructoras también. ¿Ahora te preguntas el porqué no te dijo nada de eso? Pedro me pidió que tampoco te comentara nada, él quería que tú sintieras que estaba en deuda contigo. Tu hermano siempre te ha cuidado y de esa manera pensó que podría ayudarte cuando lo necesitaras sin que tu conocido orgullo te lo impidiera. Y así le has pagado Alejandro, ¡qué vergüenza!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Basta! -&lt;/span&gt; Marisol hizo sonar su voz desde su lugar y al mismo tiempo golpeaba la superficie del escritorio con el puño izquierdo, después de un momento en el que todos guardaron silencio, ella continuó. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Doctor, ¿quién es esta mujer? - &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Su nombre es Leticia Garcés, es una colega mía que me apoya en el tratamiento de Pedro y ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Se está acostando con él. -&lt;/span&gt; Alejandro chilló haciendo un ademán obsceno con las manos y cruzando los brazos inmediatamente después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Dime Alejandro, ya me mentiste una vez, ¿por qué asumes que te creeré en esta ocasión? -&lt;/span&gt; Marisol levantó la voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Marisol, discúlpame, no nos conocemos y no es una buena manera de comenzar pero quiero decirte que no miente, es decir, técnicamente, tu esposo y yo nunca hemos tenido relaciones sexuales, pero en los últimos días ciertos sentimientos se han involucrado entre nosotros y por eso estoy aquí. Intentando aclararlos. -&lt;/span&gt; Leticia estaba completamente sonrojada pero no dejaba de ver a Marisol a los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Es esto cierto? ¿Es cierto Horacio? Yo sé que no puedo culpar a Pedro, fueron seis meses y estoy segura que pensó que lo había abandonado y que jamás volvería.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Es cierto Marisol. - &lt;/span&gt;Respondió rápidamente el doctor Sacbé.&lt;span style="font-style: italic;"&gt; - Sin embargo lo que haya o no sucedido entre Pedro y Leticia debes considerarlo enteramente mi culpa, yo los presenté y te mentiría si te dijera que no imaginaba que algo así podría pasar, acaso lo deseaba, por el bien de Pedro claro. A pesar de que no sé que fue lo que te dijo Alejandro, si sé que no fue la verdad, como tú lo acabas de confirmar. Me alegro que estemos todos aquí y que aclaremos de una buena vez las cosas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo estaba en una cafetería italiana cerca de la casa de mi mamá. - &lt;/span&gt;Marisol comenzó a hablar mientras caminaba en círculos en el medio del estudio.&lt;span style="font-style: italic;"&gt; - Habíamos bebido ya dos botellas de vino tinto, mi mamá, mi hermana y yo, estaba bastante sensible debido a los problemas que habíamos tenido Pedro y yo recientemente, había estado llorando con ellas cuando Alejandro llegó acompañado de una rubia que dijo llamarse Jimena y me aseguró que era la amante de mi marido. Me mostraron fotos de los dos desnudos, en la cama del departamento del centro, lo reconocí enseguida y eso me destrozó. Peor y mucho más bajo fue el haberlo hecho enfrente de mi familia. De inmediato quise huir, sin venir aquí a recoger nada ni mucho menos. Me fui a casa de mi mamá y les pedí que no contestaran el teléfono. Dos días después, sin ropa limpia y sin mis cosas personales ni documentos ni nada me fui a la casa de mi hermana en la misma ciudad donde trabaja Alejandro. Él me siguió frecuentando y dándome detalles de las supuestas infidelidades de Pedro, yo no quería escucharlo más pero estaba verdaderamente muy mal. Y no habría vuelto si no me hubiera topado con Salvador y Carina un día por la calle, él tenía un proyecto en la ciudad y quiso la casualidad que nos encontráramos. Platicaron conmigo no sin antes culparme de la condición de Pedro, yo no sabía nada y me lo contaron todo. Salvador me dijo también que lo de mi esposo con la tal Jimena esa había pasado hacía más de ocho años, que no tenía de qué preocuparme. Y ahora estoy aquí, frente a ustedes Alejandro, Helena esperando su explicación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No hay mucho que explicar en realidad Marisol. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;La señora Helena Darmand estaba al borde de las lágrimas.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt; - Tal vez no puedas creerme pero lo que hicimos, lo hicimos por el bien de ambos. Con las mejores intenciones de que Pedro no tuviera distracciones en su tratamiento, yo sé lo sensible que eres y soy madre Marisol, conozco a mi hijo y sabía que algo no andaba bien entre ustedes. El cáncer es terrible y no quise que ustedes pasaran por lo mismo que pasamos mi marido y yo, no te miento si te aseguro que llegué a odiarlo por las noches, cuando él dormía plácidamente a causa de los poderosos sedantes que la administraban, mientras yo me encorvaba cada vez más en la dura silla de plástico que era lo único que tenía en el hospital San Jorge de Atanes para descansar. Día y noche velé por él hasta que no me permitieron quedarme más. De verdad no quise eso para Pedro, no quise que llegara a sentir que tú lo odiabas, no quise que tú te sintieras responsable de lo que le pasaba. Me vi reflejada en ti y pretendí ahorrarte ese sufrimiento. Mi visión más optimista fue el que cuando Pedro se recuperara, yo misma iría a buscarte para decirte toda la verdad y lograr que nos perdonaras, pero cuando abandonó el tratamiento y prácticamente se aisló del mundo, excepto por sus visitas periódicas al consultorio de Horacio, todo el plan se vino abajo. Espero, Marisol, que puedas perdonar a una madre preocupada por sus hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Esa era una decisión que no le correspondía Helena, ya se lo había dicho. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Leticia rompió el profundo silencio que se había formado después de unos segundos que parecieron eternos.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Tiene razón! - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Marisol no pudo evitar que sus ojos se humedecieran y que la voz estuviera a punto de quebrársele.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt; - Pero tal vez ya sea demasiado tarde. ¿Dónde tienen a Pedro? ¡Quiero verlo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No sabemos, no sabemos nada de él desde esta mañana cuando Leticia lo vio salir del hospital después de su terapia. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Helena Darmand se acercó a Marisol y la abrazó cariñosamente, ésta le correspondió con reservas.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;Las cuatro mujeres en la habitación derramaban lágrimas en silencio. Solamente sollozos se escuchaban en el oscuro estudio cuyo eco era nulificado por la acción acústica del techo de superficie dispar. La doctora Leticia Garcés Padró sintió que su cintura vibraba y por un segundo no se dio cuenta de que su teléfono celular le avisaba con impaciencia que una llamada estaba entrando.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Marisol, Helena, tengo una llamada de Pedro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-2697157009220467551?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/2697157009220467551/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=2697157009220467551' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/2697157009220467551'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/2697157009220467551'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/24.html' title='24.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-3271669735637788858</id><published>2008-11-04T23:02:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:54:10.297-05:00</updated><title type='text'>25.</title><content type='html'>La mente de Pedro Ortiz Darmand trabajaba a mil por hora. La revelación que Cristina acababa de hacerle le perturbaba, aunque tampoco podía negar que lo había pensado antes. - ¿El olor proviene de mí? ¿Es por eso que Cristina lo percibe también? ¿Esa es la razón del porqué el olor es el mismo aunque esté con mujeres diferentes? - Pensaba. - Y si es un aroma que yo mismo expido, ¿cómo es que no lo sentí la noche en ese viaje al sureste? Es cierto que lo he estado sintiendo todo el camino desde que salí del hospital, pero mis emociones estaban alteradas por completo y no estoy seguro de haber estado pensando claramente, al igual que pudo ser una invención de mis sentidos, bien puede ser cierto que soy yo, no ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teléfono de la casa de Cristina sonó con furia provocando en ella un sobresalto. Se disculpó con Pedro y se perdió entre el pasillo, él la vio alejarse despacio y no pudo evitar excitarse al recordar su sensual caminar, el mismo que había visto tantas veces cuando después de hacer el amor se levantaba de la cama desnuda dirigiéndose al baño. Ese día Cristina llevaba zapatos bajos y una falda blanca a la rodilla con motivos florales cuyo vuelo al andar hacía revelar un par de muslos blancos y duros aun siendo delgados, la blusa sin mangas dejaba ver sus brazos largos terminados en manos suaves y de uñas recortadas perfectamente, el cabello le caía libre sobre los hombros, estaba radiante, se notaba feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro sintió al momento que él no era nadie para arrebatarle la felicidad que sin duda tenía, pensó en irse de ahí pero las sienes le punzaron fuertemente. Vio claramente su imagen flotando por encima de su cabeza, cerca del candelabro italiano que colgaba del techo sobre la mesita de centro, pero él estaba sentado en el sofá de la sala tomándose con fuerza la cabeza, sintió que su boca se abría y que su garganta sufría para emitir sonidos articulados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Así que por fin te has dado cuenta de quien soy en realidad. ¿Por qué tardaste tanto? Todo el tiempo tuviste la respuesta frente a ti, pero estuviste siempre muy ocupado encontrando culpables cuando en el fondo sabías que tú eres el responsable de tu propia desgracia. ¿Crees que yo no sabía lo que en realidad le pasó a don Pedro Ortiz del Prado? Pues lo sabía y de primera mano. Tu padre fue incapaz de soportar la presión de una esposa independiente y controladora y ahí es donde yo entré en escena, le ofrecí una salida a sus problemas y aunque me costó un año convencerlo, cuando los dolores que le causaba fueron sencillamente insoportables, sin dudarlo la tomó. Lo único que pedí a cambio fue su cordura y él sin vacilar me la entregó. Un año en el que todos los síntomas médicos apuntaban a que había desarrollado un tumor descomunal. Todo está en la mente y yo ya me había apoderado por completo de la suya. Cuando ya no había más que gobernar quise irme, explorar otros cuerpos, otras consciencias, lo dejé por un momento y él, al darse cuenta de que lo había perdido todo, que sin mí no sobreviviría y que no podría soportar la vida decidió cortarse la garganta. Yo no sufrí por ese hecho, al contrario, lo había drenado y me había aprovechado de él lo más que pude. Yo fui demasiado para él, en verdad lo rebasé. Tu padre fue un buen hogar durante los casi diez años que viví dentro de él, alimentándome de las feromonas que provocaba a su paso, de las que él mismo emanaba con cada acercamiento de su esposa, tu madre, con cada toque de las jóvenes enfermeras del hospital San Jorge de Atanes, incluso era tal el control que logré ejercer sobre él, que podía hacer que se masturbara mientras le proyectaba las imágenes mentales necesarias para hacer suficiente su excitación. Cuando ‘el Toro’ fue poca cosa para mí, busqué a lo más parecido que había a la mano, qué mejor que su hijo mayor, cuya personalidad fue forjada genéticamente a su imagen y semejanza. Quizá te subestimé Pedro, pensé que serías una presa más fácil a mis artimañas, por mucho tiempo lo fuiste, aunque tú pensabas que eran los fármacos del tratamiento los que mantenían tu mente obnubilada, en realidad era mi presencia la que no te dejaba pensar claramente, los fármacos solamente me hacían estar más y más presente dentro de tu ser. ¿Por qué si no tus médicos se rascaban la cabeza buscando respuestas al porqué todo lo que intentaban por mejorarte fracasaba? Marisol era otra cosa, su mente es mucho más poderosa que la tuya y yo estaba consciente de que era parte fundamental de tu paz y tu bienestar. Por eso te hice ser de esa manera con ella, irla alejando poco a poco hasta que llegara el punto en el que se hartara de ti, de tu pasividad y de tu desidia, de tus constantes depresiones de las que ella no tenía culpa alguna ni tampoco ninguna necesidad de soportar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo la amo. Marisol es la mujer de mi vida. -&lt;/span&gt; Pedro se forzó a abrir la boca para decir esas palabras en un chillido ahogado, insuficiente para que lo escuchara alguien más. Al instante la figura que flotaba por encima suyo se precipitaba hacia el piso como jalado por una cuerda invisible, sin embargo aún se resistía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pero ella no te ama. Es demasiado buena mujer para ti, el haberte abandonado fue lo mejor que ella pudo hacer. Marisol se merece un hombre cabal, no un moribundo que no es capaz ni siquiera de controlar sus propios instintos. ¿Qué fue lo que hiciste? Corriste de inmediato a los brazos de otras mujeres en cuanto te diste cuenta de que se había marchado, Cristina, Laura, Leticia. Mañana será otra y después otra, y cuando haya acabado contigo correrás la misma suerte que tu padre. -&lt;/span&gt; Pedro ya no veía a la figura desde donde la voz provenía, pero escuchaba que el tono de voz ya no era autoritario sino defensivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Marisol me ama. Lo sé, y nada de lo que tu puedas decirme cambiará eso. Tengo que buscarla, tengo que verla antes de irme. -&lt;/span&gt; Dijo Pedro en un susurro pero fue suficiente para que la figura descendiera hasta tocar el piso y se desvaneciera, en ese mismo momento, el ruido de los pasos de Cristina volviendo a la sala lo hicieron levantar la mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Pedro! ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien? -&lt;/span&gt; Dijo ella corriendo a sentarse a su lado, con el dorso de la mano izquierda tocó su frente. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Estás caliente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Estoy bien, no te preocupes, solamente sentí un poco de mareo, eso es todo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Estás seguro? Yo sé cómo hacerte sentir mejor. -&lt;/span&gt; Cristina se acercó a él aún más, recorriendo ahora con la palma de la mano izquierda todo el costado de su cabeza hasta llegar al cuello, mientras con la mano derecha le acariciaba la rodilla y lentamente seguía hasta alcanzar el interior de sus muslos. Cerró los ojos y despacio acercó su cara a la de él, entreabriendo los labios tocó su mejilla con ellos y buscó su boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, Cristina, no por favor. -&lt;/span&gt; Pedro se retiró en el último momento antes de que sus labios hicieran contacto con los de ella, tomándola de ambas muñecas quitó sus manos de su propio cuerpo y mirándola a los ojos explicó. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Perdóname Cristina, por favor. Pero no puedo, necesito buscar a mi esposa. Te agradezco infinitamente todo lo que has hecho por mí, siempre, no sólo esta noche, pero debo irme. Es a Marisol a quien amo y tú lo sabes. No me olvides, ¿quieres?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No lo haría nene, en ese caso, debo decirte algo importante antes de que te vayas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Dime.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ezequiel acaba de llamarme por teléfono, me preguntó por ti.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Le dijiste que estaba aquí contigo? No quiero verlo ahora, quiero decidir a quien ver y a quien no, y en este momento no quiero ver a nadie que no sea mi esposa, ¿me entiendes? Es por eso que he apagado mi teléfono celular.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Perfectamente. Y no te preocupes, le dije que no sabía nada de ti desde hace meses.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias hermosa, sé que siempre puedo confiar en ti. -&lt;/span&gt; Pedro comenzó a levantarse pero Cristina se lo impidió tomándolo con fuerza del brazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Ezequiel no está solo. Está en tu casa, con Marisol. Te están esperando. Me dijo que te buscaron con tus médicos y en el hospital y en tu departamento, pero no pudieron hallarte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro se quedó sin palabras, se levantó y lentamente sacó su teléfono celular del bolsillo derecho del pantalón y lo encendió. Sonrió tiernamente cuando miró que como fondo, aún tenía la foto que se habían tomado Marisol y él cuando viajaron a Grecia en su luna de miel. Pero no era a su esposa a quien quería llamar. Con el dedo pulgar de la mano derecha apretando frenéticamente el mismo botón, buscaba entre sus contactos el nombre deseado. Leticia Garcés. Presionó el botón verde y la llamada estaba entrando. Impaciente, Pedro caminaba por la sala esperando que le respondiera. Cristina solamente lo observaba con compasión y con una sonrisa apenas insinuada en los labios.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-3271669735637788858?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/3271669735637788858/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=3271669735637788858' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/3271669735637788858'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/3271669735637788858'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/25.html' title='25.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-7363698003466870917</id><published>2008-11-03T23:38:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:54:00.621-05:00</updated><title type='text'>26.</title><content type='html'>La doctora Leticia Garcés Padró estaba inmóvil en el medio del estudio, su teléfono celular con la pantalla destellando vibraba en la palma de su mano que se mantenía extendida. No sabía que hacer, había llegado a un estado en el que ya no era dueña de sus decisiones, no sabía si era la situación o el lugar o el hecho de estar en un territorio hostil en donde, si bien Marisol jamás la había acusado directamente de algo, sí sentía que la mirada de todos se dirigía de vez en cuando a ella, la extraña, la otra, la desconocida, la que aparentemente no tenía relación con ninguno de los presentes, excepto con el doctor Horacio Sacbé, pero tampoco eran muy cercanos, por su actividad habían coincidido en muchos congresos y entre ellos había admiración mutua por su trabajo, pero no eran amigos y ella no sabía nada de su vida. A la madre de Pedro la había conocido hacía dos días solamente, y eso fue porque ella insistió en que debía tener información suficiente para llevar a buen cabo el tratamiento terapéutico al que se sometería su hijo, mismo que ahora quedaba completamente descartado. Conocía la historia de Pedro y Marisol por los antecedentes que le había confiado el doctor, pero era la primera vez que la veía, mucho más decidida y autoritaria de lo que se hubiera imaginado. A Alejandro lo había detestado al momento de conocerlo, sin embargo ese extraño parecido con su hermano la inquietaba. De los demás no podía decir mucho. Por estas razones ella sentía que no tenía el poder de decidir sobre esa llamada. - ¿Pero por qué me está llamando a mi? - Pensaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué estás esperando niña? ¡Contesta! -&lt;/span&gt; Le hablaba la señora Helena Darmand con una voz suave, acaso dulcificado por la fuerza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Qué le digo? -&lt;/span&gt; Leticia preguntó en un murmullo apenas audible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Dile que quieres verlo y que tú ... -&lt;/span&gt; Helena tardó en decidirse y le respondió titubeantemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Dile la verdad! -&lt;/span&gt; Marisol levantó la voz interrumpiendo a su suegra. Leticia dio un pequeño salto asustada por el tono con el que la dueña de la casa se dirigía a ella. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Dile que estás aquí, que estás conmigo y que venga, que venga inmediatamente. Ah, y pon el teléfono en modo de altavoz, todos los demás guardaremos silencio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni Leticia ni nadie en ese estudio se habrían atrevido a desobedecer las órdenes de Marisol. La doctora abrió el teléfono, presionó un par de teclas y con la voz pretendiendo parecer calmada dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Pedro?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lety, tengo que hablar contigo, yo ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pedro, por favor escúchame ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Dónde estás? Necesito preguntarte algo, es urgente, dime donde puedo verte en ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No. -&lt;/span&gt; Leticia no se sentía con el temple como para imponerse a Pedro y que dejara de hablar, con temor volteaba a ver a Marisol pero ésta solamente la miraba mientras hacía una mueca de reprobación. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Lo que estoy intentando de...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Lety por Dios! Sólo quiero que me digas si mi esposa, si Marisol ha intentado hablar contigo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos en el estudio se quedaron en silencio. Parecían no estar preparados para ese revire. Marisol no sabía que pensar, si Pedro sabía que había vuelto a casa, ¿entonces por qué no simplemente venía? ¿Por qué la buscaba a ella? Con un gesto y una seña le indicó a Leticia que debía seguir con la conversación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Estoy en tu casa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿En el departamento? ¿Quién te dio las llaves?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No, escúchame Pedro. Estoy en tu casa, en casa de Marisol y tuya. Tu esposa está aquí, conmigo. Tienes que venir por favor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A través del altavoz del teléfono celular de Leticia, todos los que se encontraban reunidos en el oscuro estudio repleto de libros oyeron el inconfundible sonido de una llamada terminada. No sabían qué había pasado, si Pedro había colgado y no tardaba en llegar o si se había molestado. La doctora esperó unos minutos en completo silencio y marcó. Una voz femenina le impedía completar la llamada y la invitaba a intentarlo más tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Apagó el teléfono. -&lt;/span&gt; Dijo resignada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Esperaremos pues. -&lt;/span&gt; Replicó Marisol. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Pero quiero que todos se vayan de mi casa ahora, todos menos tú Leticia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reacción de todos los presentes fue de estupefacción. El primero en salir a grandes zancadas fue Alejandro, abrió con furia la puerta del estudio y se fue azotándola con tanta fuerza que casi golpea la nariz de Carina, que tomada del brazo de Salvador se disponían a ser los siguientes en abandonar el estudio. Marisol les dio la espalda y mirando a través de la ventana esperó a que todos salieran. Leticia, por su parte, había hallado un lugar para sentarse, se sentía disminuida, pensó que quizá se debiera al sentimiento de culpabilidad que la embargaba por haberse enamorado de un hombre casado, y ahora se encontraba en la misma habitación que la esposa, y tenía miedo. Marisol no le parecía una mujer capaz de llegar a la violencia física pero no quería averiguarlo, sin embargo algo le impedía huir de ahí. Una especie de curiosidad morbosa que la impulsaba a saber que era lo que habría de pasar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde el momento que Leticia le había dicho que Marisol estaba de vuelta en su casa, Pedro había corrido sin detenerse. Ni siquiera hizo caso del ofrecimiento de Cristina para llevarlo a donde fuera, se despidió de ella con un movimiento de mano y enfiló hacia la calle. Corrió a la máxima velocidad que pudo y  después de cuatro cuadras se cansó, estaba hiperventilando, le dolía el costado izquierdo y la cabeza no había dejado de dolerle. No sabía silbar aunque de haberlo intentado estaba seguro de que las sienes le habrían estallado, casi tambaleándose, se acercó a la orilla de la banqueta y con el brazo extendido le hizo la parada a un taxi tras otro, ninguno se detuvo. Estaba a punto del deliro cuando un auto se detuvo frente a él, era Cristina que lo había seguido, abrió la puerta y con una seña le pidió que se subiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sabes que siempre voy a cuidar de ti, ¿verdad?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Gracias hermosa, de verdad necesito llegar a mi casa, no sé que ha pasado pero Marisol está ahí. -&lt;/span&gt; Dijo Pedro con la respiración entrecortada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin hablar, Cristina tardó solamente cinco minutos en llegar hasta la fachada pétrea con el portón negro. Pedro intentó bajarse pero ella se lo impidió con el brazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Aquí es donde digo adiós Pedro. -&lt;/span&gt; Los ojos de Cristina se llenaron de lágrimas pero el tono de su voz se mantuvo siempre firme. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Hemos estado juntos desde nuestros tiempos de estudiantes, en verdad me parte el alma el saber que jamás voy a volver a verte, ni siquiera como amigo como los últimos cinco años. Quiero que sepas, que a pesar de todos tus defectos no conozco ni conoceré a un hombre mejor que tú. En todos los sentidos. Perdóname por no acompañarte hasta el final del camino, pero eso ya no me corresponde. Sé feliz el tiempo que te quede, por mí no te preocupes, voy a estar bien, te lo prometo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sé que vas a estar bien. No creo en milagros ni creo en el más allá. Pero así como mucho de lo que he creído a lo largo de mi vida ha sido una mentira, espero con todo el corazón volverte a ver. En este mundo o ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No sigas por favor. Pase lo que pase, éste debe ser nuestro adiós. Te quiero Pedro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin derramar lágrima alguna, pero con la emoción a flor de piel, Pedro Ortiz Darmand se despedía así de la mujer, aparte de su esposa, que mejor lo conocía en el vida. Salió del auto y se forzó a no mirar atrás. Se dio cuenta de que no tenía las llaves de la casa consigo así que tocó el timbre y casi de inmediato el portón se abría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cabeza seguía palpitándole dolorosamente. Aun y cuando jamás se preocupó por el mantenimiento de la casa, sentía un extraño sobrecogimiento en su interior al ver el jardín abandonado, las flores semi marchitas, los muebles sucios y el pasto crecido. La puerta principal estaba entreabierta. Entró y la oscuridad total prácticamente lo cegó, sus ojos ya no podían distinguir bien las formas que se presentaban ante él, siguió por inercia el mismo camino que recorrió todos los días durante casi cinco años, siempre dirigiéndose a su estudio. Al llegar, abrió la puerta con un empujón, su mirada ya no era capaz de diferenciar la luz de la oscuridad debido al dolor, pero al momento, escuchó por primera vez en casi medio año la dulce voz de su esposa y ésta lo envolvió en un abrazo lleno de sensaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marisol respiró el olor de su marido. Ese olor peculiar que a nada olía más que a él y que la hizo verse nuevamente enamorada del hombre de su vida. El abrazo apretado de ambos duró exactamente tres segundos. Después, Marisol sintió el peso de un cuerpo varios centímetros más alto y muchos kilos más pesado que ella desplomarse en sus brazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-&lt;span style="font-style: italic;"&gt; ¿Pedro? ¡Pedro! ¡Contéstame!&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-7363698003466870917?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/7363698003466870917/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=7363698003466870917' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/7363698003466870917'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/7363698003466870917'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/26.html' title='26.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-1933589187321560012</id><published>2008-11-02T23:33:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:50:18.408-05:00</updated><title type='text'>27.</title><content type='html'>El décimo y último piso del hospital San Jorge de Atanes no estaba dedicado a ninguna rama de la medicina en particular. Era el espacio reservado para el reposo de los enfermos terminales, siempre y cuando no tuvieran nada potencialmente contagioso ni que requiriera una movilización médica de extrema urgencia. Las oficinas y los consultorios al final de los pasillos pertenecían a anestesiólogos y algólogos. Los pacientes internados en este piso estaban sedados la mayor parte del tiempo, y sólo con las cada vez más esporádicas visitas de sus familiares se les daba la posibilidad de estar despiertos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la habitación número treinta, reposaba un hombre que había sido trasladado ahí la tarde anterior después de pasar la noche en una sala de cuidados intensivos en el primer piso de urgencias. Había llegado completamente inconsciente y sin respuesta ni reflejos a estímulos externos, su frecuencia cardiaca era débil y en general sus signos vitales estaban disminuidos. Hubo un momento crítico en el que cualquier cosa pudo haber pasado, pero el doctor Horacio Sacbé Laarv, su médico de cabecera, auxiliado por el personal de urgencias y la doctora Laura Velasco Del Río que se encontraba esa noche de guardia en el hospital, habían logrado estabilizarlo; a pesar de que todo indicaba que había sufrido una isquemia cerebral, las tomografías no mostraban secuelas de daño grave.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro Ortiz Darmand había vuelto al hospital menos de doce horas después de haber salido por su propio pie luego de encontrarse con Laura. Aunque estable, su pronóstico era reservado, los especialistas no podían descartar que un nuevo episodio vascular se presentara de nuevo. El riesgo de derrame era enorme, el tumor había crecido y presionaba ambos lóbulos frontales hacia el cráneo. El paciente se mantenía bajo anestesia en un sueño profundo, cuando llegó tenía la cara totalmente roja, síntoma inequívoco de un exceso de sangre en la cabeza a causa del derrame y por el momento, consideraban que el drenar la hemorragia era un riesgo innecesario, debían esperar a que el estado de shock que había provocado en el resto del cuerpo desapareciera. Pedro permanecía conectado a un monitor de ritmo cardiaco y a un modulador de ventilación que le permitía al cerebro continuar oxigenándose. Parecía haber envejecido diez años en pocas horas, sus párpados cerrados estaban teñidos de púrpura y las mejillas se notaban decaídas dentro de los pronunciados pómulos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Haciendo guardia, sentada en una incómoda banca afuera de la habitación privada estaba su esposa, Marisol Villarreal Gilés. Su semblante era el de una mujer devastada que intentaba aparentar fortaleza en los momentos en los que estaba acompañada, pero no bien se quedaba sola y rompía en un llanto silencioso, las lágrimas le brotaban copiosamente y su nariz enrojecía. Su suegra, Helena Darmand Fontanet se había marchado por la tarde a descansar, y aunque la doctora Leticia Garcés Padró se ofreció a quedarse a esperar cualquier novedad, Marisol había decidido no separarse ni un minuto del lado de su esposo, aunque no había conseguido que en el hospital le dieran permiso de permanecer junto a la cama dentro de la habitación. De ahora en adelante y por todo el tiempo que durara la convalecencia de Pedro, esa banca en el pasillo seria su trinchera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Marisol, deberías ir a casa y descansar. No hay nada que puedas hacer por ahora. Tienes mi palabra de que te llamaré de inmediato si es que pasa cualquier cosa. -&lt;/span&gt; El doctor Horacio Sacbé, demacrado y encorvado se acercó a ella y con una voz condescendiente le habló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No doctor, gracias, quiero quedarme junto a él. Quiero estar aquí cuando despierte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No va a despertar Marisol. No está dormido, está anestesiado y es mejor así, de otra manera la pesadez de la consciencia y la complejidad de que el cerebro realice por sí mismo todas las funciones vitales será letal para él. Debemos esperar a que cese la hemorragia para drenar los residuos y entonces poder evaluar el daño que pudo haberse causado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Todo esto es mi culpa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No digas esas cosas, nadie es culpable de esto. Hay millones de casos en la ciencia médica en que los pacientes desarrollan enfermedades reales a partir de supuestas dolencias. Hace días aún dudaba si el tumor había surgido a causa de las fallas eléctricas en el cerebro de Pedro que afectaban su comportamiento, o al revés, el tumor nació sin razón, como suele aparecer ese tipo de cánceres, y esa fue el evento que desencadenó en el cierto grado de esquizofrenia que sufrió en los últimos meses. Hoy ya no tengo más dudas, aunque es cierto, no puedo darte una explicación convincente de lo que le ha pasado a Pedro ni las razones de ello, sólo resta esperar. Por formación no creo en los milagros sino en la ciencia, pero en este caso tengo que creer en contra de mis más profundas convicciones. Tengo que hacerlo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Si tan sólo hubiera permanecido a su lado yo ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Tú no eres responsable de nada y te lo repito Marisol, si alguien habrá de cargar la culpa completa ese soy yo. Mis miedos y traumas que la muerte de mi amigo, de don Pedro me dejó pudieron más que el cariño por mi ahijado y el deseo de su bienestar, yo jamás quise todo esto que ...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un repentino cambio en el ritmo del monitor cardiaco de Pedro hizo que al doctor Horacio Sacbé se le helara la sangre. Sin terminar su frase, se levantó y en tres largas zancadas alcanzó la puerta de la habitación cerrándola tras de sí e impidiendo que Marisol entrara. Ella permaneció afuera mirando aprehensivamente y de forma alternada a su esposo y a su padrino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro había despertado y la frecuencia de sus latidos aumentaba de manera considerable. - No es posible, la anestesia debería haber sido suficiente. - Se dijo a sí mismo el doctor. Con desesperación tomó el intercomunicador y gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¡Necesito morfina, ahora! ¡Habitación treinta del décimo piso!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un enfermero llegaba sin tardar ni siquiera medio minuto con la jeringa preparada. Horacio Sacbé no vaciló y la insertó en el catéter que entraba directamente al torrente sanguíneo de Pedro. El doctor no respiró aliviado sino hasta que el ritmo cardiaco se había estabilizado. Miró a Marisol que reprimía con gran esfuerzo las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Puedes pasar. A partir de ahora Pedro estará consciente, simplemente no puede sentir dolor, pero puede escucharte y hablarte, si quieres platicar con él éste es el momento. Quizá no haya otro después.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-1933589187321560012?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/1933589187321560012/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=1933589187321560012' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/1933589187321560012'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/1933589187321560012'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/27.html' title='27.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9089059014894360790.post-3918660577897071723</id><published>2008-11-01T23:59:00.000-06:00</published><updated>2009-04-09T14:49:57.398-05:00</updated><title type='text'>28.</title><content type='html'>El reloj digital en la pared de la habitación treinta del décimo piso del hospital San Jorge de Atanes marcaba en rojos números las doce cuarenta y siete del medio día. Marisol llevaba más de cincuenta y dos horas despierta pero eso no le importaba. A pesar de que el hombre que yacía en esa cama estaba despierto desde hacía más de diez horas, ella no le había hablado, el doctor Horacio Sacbé le había dicho que a causa de los poderosos sedantes que le estaban siendo administrados, el paciente solamente respondería a preguntas directas, no sería capaz de iniciar por él mismo una conversación. Con tristeza en la mirada y con la vista fija en los ojos verdes inyectados de sangre del enfermo, Marisol recapitulaba los últimos días de su vida. Justo el primer día de noviembre se había topado en la calle a Salvador, el mejor amigo de Pedro, su esposo al que había dejado cansada de los problemas que les ocasionaba con su actitud, la confirmación de su infidelidad había sido la gota que derramó el vaso. Seis meses estuvo alejada de su marido, sin llamarle ni saber nada de él, con excepción de las noticias nada halagadoras que le daba su cuñado Alejandro, quien la frecuentaba pues trabajaba en la misma ciudad a la que ella había huido. Salvador le había confesado que cuando la vio por la calle estuvo a punto de sacarle la vuelta, pero el rencor lo había hecho regresar y enfrentarla, él la culpaba de la enfermedad de Pedro, y en cuanto se lo dijo, ella se sorprendió. No sabía que su esposo estuviera enfermo. Concertaron una cita para el día siguiente en la que las verdades tendrían que salir a flote. Marisol se defendió como pudo, le habló a Salvador de los dichos de Alejandro y juntos descubrieron que no eran más que mentiras. Él le dijo todo lo que sabía del cáncer que Pedro padecía, todo, incluso el episodio de su primer desmayo junto a Cristina, el abandono del tratamiento y su reclusión en el departamento que le había dejado su padre. A Salvador le costó un par de días más el convencerla de volver a la capital y buscar a su esposo, pero ella quería aclarar las cosas con Alejandro antes que otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los párpados de Pedro se abrían y cerraban lentamente pero sin detenerse, aún en ese estado su ojos verdes eran magnéticos, parecía estar viendo el techo aunque a ratos podía voltear la cabeza y mirar a la ventana o a la mujer que permanecía de pie a su lado derecho. Simplemente magnéticos por ese tono verde opaco, Marisol ya no reconocía al hombre que amaba en ellos, pero no podía dejar de verlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto algo se rompió dentro de ella, había llorado en silencio y sin parar por horas pero en un instante sus ojos quedaron secos, el último resquicio de la humedad que emanaba de ellos quedó escurriendo por sus mejillas. Después de mucho tiempo de contemplarlo se decidió a hablarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Pedro? ¿Eres tú? ¿Aún eres tú?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como respuesta obtuvo un débil quejido acompañado de un asentimiento con la cabeza. Marisol se acercó a la cama lo más que pudo y posó sus delicadas manos sobre los ojos de su esposo, dudó por un instante pero se decidió a cerrarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No te esfuerces, sólo escúchame ¿quieres?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro no podía sentir el roce de la piel contra su rostro, pero podía oír y se sentía con la capacidad de responder, lenta pero inexorablemente su consciencia estaba despertando. - Dios, ¡cómo extrañaba esa voz! - Pensaba. La verdad es que el poder que Marisol ejercía sobre él no era únicamente por el amor que se tenían, la voz de su esposa siempre había podido calmarlo aun y cuando estuviera furioso, por eso se le hacía imposible, se le había hecho siempre imposible enojarse con ella. No pudo evitar pensar en la falta que le hizo en los meses más aciagos de su enfermedad, sin duda, ella habría sido capaz de convencerlo de no dejar el tratamiento, ella hubiera tenido las palabras precisas para hacerle entender que todo estaba en su mente, que las feromonas y el olor nada tenían que ver con el tumor que crecía dentro de su cabeza y que en este momento se veía como una fantasía. Nada le dolía, sin embargo tampoco podía sentir su propio cuerpo, estaba consciente de la presión de la mano de Marisol cerrando sus párpados, la había visto posarse ahí pero no identificaba la sensación. Pareciera que su cerebro estaba desconectado de toda acción que no fuera la de permanecer alerta. Dejo de intentarlo, abrió la boca y en un susurro dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Háblame, amor, te escucho.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reacción que provocó en Marisol fue instantánea, ella lo soltó y reprimiendo un grito lastimero comenzó a hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No puedo, ni quiero en este momento reprocharte nada. ¡Dios! ¿Por qué siempre tienes que hacer las cosas tan difíciles? Todo este asunto del tumor y tus cambios de humor y tu extraño comportamiento desde hace un año me tienen sin cuidado. Te amo y lo sabes y sé que me amas, sin embargo nunca quise ni querré perderme, tengo que repetirme a cada momento que te miro así que no es mi culpa, a pesar de todos tus intentos por culparme de tu situación, jamás fue mi intención el deshacer mi vida solamente para que tú te sintieras menos miserable. No hables por favor. Siento ahora mucho coraje contra ti por alejarme de esto, aun y cuando sé bien que no tuviste nada que ver, tampoco hiciste nada para remediarlo. Yo merecía estar contigo todo este tiempo. No te lo digo con ninguna intención, en verdad hubiera querido acompañarte hasta el final, incluso no puedo dejar de pensar que hoy no tendríamos que estar esperando el final de no haber sido las cosas como fueron. ¿Te acuerdas de nuestra boda? Prometimos ante Dios estar juntos en las buenas y en las malas. Yo te perdono por hacer eternas tus malas sin dejarme disfrutar de mis buenas, desde que nos casamos lo supe, lo entendí y lo acepté, sin condiciones, sin afán alguno por hacerte cambiar, así como eres te amé, así como fuiste te amo, aunque ya no sepa quien se esconde detrás de esos ojos que me siguen volviendo loca. Perdóname por fallarte y por no querer quedarme ahora que son las peores, no quiero, pero lo haré en recuerdo del amor que nos tenemos, nos tuvimos, ya no sé.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marisol se había quedado sin palabras, tenía tanto que decir pero el nudo en su garganta se lo impedía, no quería llorar enfrente de Pedro. Despacio le tomó la mano derecha y sintió los fríos dedos que parecían estar sin vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Me molesta en verdad que ni siquiera me dejas odiarte, ¿dime por favor cómo puedo despreciarte y culparte por todo cuando te miro así? ¿Dime cómo puedo no sentir lástima y querer abrazarte? ¿Dime en dónde estás y cómo puedo hacer para no verte? ¿Cómo lucho contra el instinto que me hace quedarme a tu lado hasta el final?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Yo no pedí nada de esto. -&lt;/span&gt; Pedro hablaba bajo pero con claridad. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;- No lo provoqué. ¿De verdad crees que me gusta estar así? Perdimos tanto tiempo amor, y yo tampoco puedo culparte por irte, quiero que te quedes, quiero que estés conmigo hasta el final. Pero quiero el final ya. No soporto la idea de estar postrado aquí, sin moverme, sin poder verte claramente, sin poder abrazarte. ¿Dime tú a mí qué sentido tiene vivir si no es contigo? Si no es contigo y bien, enamorados como lo estuvimos siempre. Simplemente, hoy estás conmigo de nuevo y aunque no te lo pediría, y aunque sé que no lo quieres, yo quiero que nos vayamos a la casa, quiero morir en casa y contigo, igual que la última vez, el último día en que me sentí verdaderamente feliz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El esfuerzo de hablar seguido y sin detenerse lo agotó. Pedro descansó su cabeza en la dura almohada y cerró los ojos. Se aclaró la garganta con un carraspeo y sin levantarse dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Amor, solamente hazme un favor. Busca al doctor Horacio Sacbé y tráelo. Quiero verlo, es urgente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- ¿Pasa algo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Sólo búscalo, por favor. Te espero, no me moveré de aquí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marisol soltó una risita y de inmediato se limpió los ojos. Asintió. Cuando estaba a punto de salir de la habitación, Pedro le habló suavemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;- Si no vuelves, lo entenderé. Pero te espero, siempre te espero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;Sin voltear y agachando la cabeza, Marisol traspasó el umbral de la puerta y la cerró con delicadeza. Pedro ya no dijo nada. Con el sonido del picaporte embonando, levantó la cabeza y se sobresaltó al ver frente a sí a la señora Helena Darmand Fontanet que vistiendo un largo conjunto de pantalón y saco negro le sonreía tímidamente. &lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cómo está? -&lt;/span&gt;&lt;span&gt; Le preguntó casi en un susurro.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Igual que antes, no está mal, pero todos sabemos que todos los indicios apuntan a que ya no abandonará este hospital con vida. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Marisol sintió que el peso inmenso de esa responsabilidad caía sobre ella al pronunciar estas palabras.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Voy a entrar. Necesito ver a mi hijo. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Le dijo la señora Helena.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Él me pidió que buscara al doctor Horacio, no estoy segura de que quiera hablar con alguien, está descansando pero quiere ver a su padrino, dice que es urgente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Horacio está en el quinto piso, en la oficina de la doctora Laura Velasco&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;Marisol asintió y aunque tuvo el impulso de evitar que Helena Darmand entrara a vera  su esposo, sabía que no podía impedirlo, era su hijo. Reprimió su deseo y se dirigió al elevador decidida a encontrar a Horacio Sacbé Laarv lo antes posible para volver al lado de Pedro.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;En la habitación, la mujer vestida de negro se acercaba despacio al hijo, éste como en un reflejo levantó la cabeza para mirar a quien se aproximaba a su lecho. Distinguió a su madre pero de inmediato sus cervicales se agotaron y dejó caer pesadamente la cabeza sobre la almohada. Sonreía. Ella  también con una sonrisa condescendiente le miraba convencida de que el temple no iba a alcanzarle.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te quiero hijo. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Se quebró, la voz le temblaba pero hizo un esfuerzo enorme por continuar.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt; - Perdóname, te prometo que si ahora pudiera volver el tiempo atrás todo sería diferente, actuaría de otra manera, incluso me mantendría al margen si fueran tus deseos. Sólo soy una madre preocupada por el bienestar de su hijo mayor. Lo hice todo mal pero jamás fue con mala intención. Espero que en el fondo de tu corazón logres hallar la capacidad de perdonarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Mamá. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Pedro sonaba tan débil pero el silencio imperante en todo el piso hizo que la señora Darmand no tuviera problemas para entender todo lo que su hijo decía.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt; - A veces yo quisiera haber sido más como mi hermano. Ser el hijo que tú te mereces, no este guiñapo que no tenía voluntad propia. No tener miedo de alejarme de ti, tener la convicción de ser yo mismo sin importar si cumplo o no con tus expectativas. Y aunque ahora ya sea tarde, si pudiera te daría un abrazo. ¿Puedes abrazarme tú a mí? ¿Aunque no lo sienta?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Acuérdate siempre, que yo soy la única persona en el mundo que va a quererte siempre, siempre sin importar lo que pase. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Le dijo mientras se sentaba a un costado de la cama y lo envolvía con sus brazos.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt; - No guardes rencores en contra de tu hermano, él, al igual que yo, solamente estaba interesado en tu bien. Siempre serás la parte más importante de mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;El tiempo en la habitación número treinta parecía haberse detenido. Pedro mantenía los ojos abiertos y miraba la nuca de su madre que se había recargado en su hombro y sollozaba. Percibía su mente más clara de lo que lo había estado los últimos seis meses, la cercanía de Helena siempre había sido una inyección de seguridad para él, aunque al mismo tiempo. Poco a poco sentía la consciencia en su máximo estado de alerta y que sus miembros recuperaban el calor.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;La puerta de la habitación se abrió y la doctora Leticia Garcés Padró, agitada, entró en ella. Vestía también de negro, pantalón con textura de terciopelo ajustado, botas altas y suéter bordado de cuello de tortuga. El cabello castaño recogido en dos coletas que le caían sobre los hombros, los lentes ocultaban sus ojos enrojecidos con el maquillaje un poco corrido.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Perdóneme Helena, me he topado con Marisol en el elevador y me ha dicho que quiere llevarse a Pedro a casa. Ella y usted tienen que firmar algunos papeles en la administración y yo ... - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;La señora Helena Darmand la interrumpió abruptamente.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Leticia, ¿y por qué has venido tú a decir eso? ¿Qué te hace pensar que yo aceptaré que se lleven a mi hijo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Porque yo quiero mamá. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Pedro habló. Al estar completamente inmóvil, las dos mujeres no habían esperado que dijera nada y las tomó por sorpresa. Después de unos minutos de silencio, la señora Helena Darmand se aclaró la garganta y dijo.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Quieres entonces ir a la casa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Quiero ir a mi casa. Con Marisol. Perdóname mamá, pero es con ella con quien quiero estar mis últimas horas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;Helena Darmand se levantó de la cama y frunciendo los labios y sin mirar a su hijo salió despacio de la habitación. Leticia la siguió reprimiendo el impulso de hablar con Pedro, había decidido que por mucho que le doliera, ese ya no era su papel, no podía esperar que la viera como mujer y mucho menos como terapeuta. Lo había arruinado. Aún cuando salió en silencio creyó escuchar su nombre en la voz de Pedro, pero prefirió seguir su camino sin voltear atrás.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;Aunque Pedro sintió el enorme hastío del tiempo a solas, pasaron únicamente diez minutos desde que Leticia había salido, él, aunque completamente despierto, no había sido capaz de detenerla. Había intentado llamarla por su nombre, su mente le ordenó a la garganta gritarle con todas sus fuerzas pero no respondió. Quería despedirse de ella, mirarla a los ojos y preguntarle si había sentido el olor a cloro en su compañía, acaso pedirle perdón por lo que había pasado. Pero su condición lo forzaba a permanecer impávido ante su partida. El sonido de la puerta abriéndose con violencia lo sacó de sus pensamientos, el doctor Horacio Sacbé había llegado acompañado de Marisol, pero por segunda vez, éste le impidió la entrada a su esposa.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Apenas es cinco de noviembre. ¿Aún quieres esperar hasta el treinta? - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;El doctor le habló a Pedro con una sonrisa en los labios.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No, por supuesto que no, por eso quiero verlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me lo imaginaba, aunque debo decirte que admiro tu capacidad, tenías razón desde el principio. La exposición a la cantidad extrema de feromonas que has tenido en los últimos días agravó hasta límites insospechados tu condición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No tiene porqué ser condescendiente doc, ya no. Sé muy bien que no es real. Mis teorías han sido un fiasco, todo fue causado por el tumor, todo pasó dentro de mi mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El que haya pasado dentro de tu mente no lo hace menos real. ¡Mírate! Estás aquí más grave de lo que pudimos imaginar, yo no te creí y hoy tengo que tragarme mis palabras. Sea como sea siempre tuviste razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Quiero irme a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Marisol me lo ha dicho ya. Laura se está encargando de los arreglos necesarios, ¿estás completamente seguro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí doc, lo he pensado todo. Quiero morir esta noche, en mi casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Así será entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;El traslado de Pedro del hospital San Jorge de Atanes a su casa fue doloroso. No para él, que seguía sin poder sentir nada, pero sí para su esposa y su madre, incluso también para el doctor Horacio Sacbé, su padrino y el encargado de ponerle fin a su vida. Había sido poco el tiempo y aunque a él le parecía que había pasado mucho, solamente hacía cinco días que se veía bien y decidido a cumplir con su objetivo. Pedro quería reunirse con treinta mujeres en treinta días, pero la repentina aparición de las más significativas lo agotó. &lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;Mientras era llevado a su habitación en la camilla, recordó a Leticia, su hermoso cabello, sus misteriosos ojos ocultos siempre detrás de los anteojos y el escote revelando un par de senos turgentes; pensó en Nadia, si existían otros mundos después de la muerte quizá por la mañana la volvería a ver, se sorprendió rogando al cielo por la resignación de Iván, su esposo; se acordó de la sensación eléctrica que lo recorrió la primera vez que besó a Cristina, de su cuerpo siempre dispuesto, de la violencia con la que le gustaba ser acariciada y de las últimas palabras que le dedicó y que le habían partido el alma; la imagen de Laura mirándolo con empatía dos días atrás en su consultorio y el gusto que les había dado a ambos el verse, entendió que aunque la noche con Gabriela y Karelia era la fantasía de la mayoría de los hombres, para él no había sido relevante, no había involucrado sus sentimientos, de ahí la ausencia del olor que ahora lo sabía, provenía de él mismo. Pero a final de cuentas en su mente apareció la imagen de Marisol enfundada en el vestido negro y escotado que vestía el día que la conoció, pensó en el paseo bajo los árboles y en sus manos, sus besos, su sexo, sus brazos y su voz, siempre su voz. Ya la extrañaba, aún no se iba y ya la extrañaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E&lt;/span&gt;&lt;span&gt;ntre tres enfermeros del hospital cargaron a Pedro y lo depositaron suavemente en la enorme cama de su habitación y salieron, ahí dentro solamente estaban tres personas mirándolo. Despacio, su madre, Helena Darmand Fontanet se acercó a la cama, con una seña y un movimiento de cabeza le pidió ayuda a Marisol y entre las dos lo arroparon. &lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Estás listo? -&lt;/span&gt;&lt;span&gt; Habló el tercer acompañante. La potente voz del doctor Horacio Sacbé hizo que Pedro entreabriera los ojos y lo vio. Alto e imponente, con el pelo cano resplandeciendo a la luz de techo y la impecable bata blanca deslumbrando sus verdes ojos. Asintió.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;El doctor abrió su maletín y de él extrajo seis frascos de píldoras, una jeringa desechable y una ampolleta de solución. Se puso un par de guantes quirúrgicos y estériles y llenó la jeringa con el contenido de la ampolleta. Algo le susurró al oído a Marisol y ésta salió del cuarto, no tardó ni dos minutos en volver con un vaso de leche fresca, tibia. Con su madre ayudándolo, Pedro bebió hasta la mitad. Horacio se acercó al lado izquierdo de la cama, tomó el brazo más cercano de su ahijado y con mucha habilidad, encontró la vena e inyectó, Pedro cerró los ojos esperando un dolor que nunca llega.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ahora las pastillas. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;El doctor Sacbé con un ademán le indicó a Helena que las acercara. Lentamente vació los frascos en el orden en el que se encontraban. Con la mano se las pasó a Marisol que sin prisa las introdujo una a una en la boca de Pedro, intercalándolas con pequeños sorbos del vaso. Treinta pastillas con su respectivo trago de leche y Pedro las ingirió todas.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;Los ojos color verde agua puerca de Pedro Ortiz Darmand se cerraron por última vez y su cabeza descansó en las tres almohadas que le habían puesto. Instintivamente, Marisol besó sus labios aún sabiendo que su esposo no sentiría el último beso que le diera en vida, tomó su mano derecha y Pedro, con el último esfuerzo del que fue capaz antes de perder la consciencia la apretó fuerte. Las lágrimas salieron de los ojos de Marisol copiosamente pero ella no emitió sonido alguno.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La bolsa. - &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Dijo el doctor Horacio tendiéndole a Helena una bolsa de plástico transparente que ella colocó con delicadeza sobre la cabeza de su hijo envolviéndola.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;Tres fueron las últimas aspiraciones de Pedro que hacían que la superficie plástica se adhiriera a sus fosas nasales, después la bolsa permaneció inmóvil y la mano de Marisol fue liberada de su opresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un olor penetrante, parecido al del cloro, inundó la habitación y así como el recuerdo del ahijado, del esposo y del hijo, no se disipó jamás.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9089059014894360790-3918660577897071723?l=treinta-de-noviembre.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/feeds/3918660577897071723/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=9089059014894360790&amp;postID=3918660577897071723' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/3918660577897071723'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9089059014894360790/posts/default/3918660577897071723'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://treinta-de-noviembre.blogspot.com/2008/11/28.html' title='28.'/><author><name>Luisz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='27' src='http://3.bp.blogspot.com/_G4mFos8s_vY/SgxGc_eVmtI/AAAAAAAAAIg/VGMt0CmDyLg/S220/1.7.+La+Identidad+Nacional.jpg'/></author><thr:total>7</thr:total></entry></feed>
